La desgracia es joven, el tesón también

La mayorías de las personas afectadas por la violencia y la delincuencia común son jóvenes (en este renglón incluyo a víctimas y victimarios). Las estadísticas oficiales que arrojan ese dato también consignan que el 75% de los que caen por las balas policiales tienen menos de 35 años. Esos números gélidos son confirmados de forma lamentable día tras día por los medios de comunicación que recogen las desgracias que ya no nos asombran. Tan cotidianas se han vuelto, que su ausencia extraña a tal punto que la propia Policía se sorprende de los días en los que no hay muertos y eso es noticia, por eso envía notas para hacerlo constar. Según los reportes, jóvenes hay implicados en el atentado al Metro de Santo Domingo, en el asalto a la cárcel de Najayo, definido como “frustrado” por los autoridades, pero que llena de frustración a la sociedad y sobre todo, a los parientes de los caídos, y los hay en otros hechos desgarradores. Parece que todo ese cuadro de espantos, de surrealismo, pretendiera dar la razón a los que afirman que la juventud ahora está en otra cosa. Que navega en asuntos distintos a los de otras generaciones “más sanas”. Son los muchachos los más proclives a delinquir, de acuerdo con las detenciones que hace la Policía, es cierto. Pero también son jóvenes la mayoría de los que buscan trabajo donde sea y en lo que sea para continuar sus estudios, los que salen de sus hogares antes que el sol y regresan avanzada la noche. Son gente de poca edad la gran cantidad de personas que copan el mercado informal con las más variopintas mercancías y sin importarles que el inclemente sol les ase las espaldas. También lo son, por ejemplo, los que machete en mano van por casa por casa de un barrio cualquiera a ofrecer sus servicios de desyerbe y las que están dispuestas a asear casas y ropas ajenas o a ser empleadas en cualquier otro oficio doméstico. Es sin dudas una situación que envuelve dos realidades, dos mundos y un mismo segmento.

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