La calma desafiante de Donald Trump

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El autor es escritor y periodista. Reside en Estados Unidos

La ambición por el control absoluto parece haber devorado los cimientos de la democracia participativa de los Estados Unidos, sobre todo, en un mundo donde los intereses personales y económicos de los líderes superan el bienestar colectivo de las naciones que alguna vez creyeron en el sufragio colectivo como herramientas de libertad y justicia social. Hoy los ciudadanos y residentes en este país transitan por las calles con el temor de recibir un bombazo o un disparo inesperadamente.

El escenario de la Cena de Corresponsales el pasado sábado, donde se encontraban miles de personas, se transformó en un campo de batalla cuando el estruendo de la violencia interrumpió la gala en el Washington Hilton, un recordatorio de que ni siquiera en los eventos más blindados existe una garantía real de supervivencia frente al caos que hoy define la política estadounidense.

Resulta hasta sospechoso que antes de iniciarse el encuentro de corresponsales, el joven identificado como Cole Tomas Allen, residente en California, haya logrado burlar los anillos de seguridad del gobierno para hospedarse previamente en el hotel, portando un arsenal compuesto por armas de fuego y cuchillos, con el objetivo de atacar al presidente Trump, a pesar de que el escenario no era el más adecuado por tratarse de un encuentro entre periodistas de la Casa Blanca donde el presidente y su esposa eran sus invitados.

A pesar del caos y de tener a un agente del Servicio Secreto herido por un proyectil el presidente Donald Trump mostró una tranquilidad que muchos califican de gélida al presentarse ante los medios pocas horas después para proyectar una imagen de invulnerabilidad casi mesiánica ante el peligro, lo que significa que cuando los intereses se interponen ante la solidaridad, sin dudas, el corazón destila odio.

Este optimismo desafiante; sin embargo, oculta una realidad amarga para los periodistas de la Casa Blanca, quienes ahora se encuentran en el centro de una diana debido a la retórica hostil que los señala como enemigos, mientras el discurso oficial se vuelve cada vez más represivo, con el aislamiento de un mandatario que prioriza sus intereses y cambia su luz por el rastro amargo del odio.

La actitud descompuesta de Donald Trump no solo afecta el clima interno de EE. UU., también se extiende hacia una política exterior de confrontación directa contra potencias como Irán, tras colocar a periodistas de su propio entorno en una posición de vulnerabilidad extrema ante posibles represalias de grupos extranjeros radicalizados.

Trump.

Antecedentes

La historia de los Estados Unidos está marcada por atentados sangrientos contra figuras como Abraham Lincoln o John F. Kennedy, los cuales cambiaron el rumbo del país; sin embargo, la frecuencia actual de este último incidente nos deja bien claro de que la protección institucional en este país está siendo superada por la polarización de la sociedad.

Recordamos también el ataque contra Ronald Reagan en este mismo hotel, perpetrado en mil novecientos ochenta (1980), además del más reciente intento de magnicidio en Pensilvania, contra Trump, eventos que parecen alimentar la narrativa de un presidente que se victimiza para fortalecer su base electoral mientras el país se fractura a causa de la inflación.

Existe un antes y un después de los mandatos de Trump en la estructura de los Estados Unidos, pues la nación ha pasado de ser un referente de estabilidad institucional a un tablero de ajedrez, donde la confrontación civil y el lenguaje de guerra son la norma diaria y el referente de la anarquía.

Las consecuencias de este tiroteo en el Hilton podrían desencadenar una amnistía sangrienta o una represión sin precedentes bajo el pretexto de la seguridad nacional, lo que pone en riesgo la independencia de los países que hoy se consideran víctimas de las decisiones unilaterales de Washington.

El desenlace de este sábado pudo haber terminado en un lamento nacional de proporciones históricas con cientos de muertos si el atacante hubiese logrado entrar al salón principal donde se concentraba la élite política y mediática que hoy respira con un alivio cargado de miedo.

Estados Unidos no puede bajo ninguna circunstancia pretender ser amo y señor del mundo entero, pues las naciones de América Latina nacieron con un grado de independencia institucional que exige respeto frente a cualquier intento de dominación externa. Estamos ante un presidente derrotado por el beneficio de la empatía, que se aparta de la protección a la vida para segregar hostilidad.

La soberanía de los pueblos debe prevalecer sobre cualquier ambición de control global que ignore la identidad propia de cada nación. El respeto mutuo es el único camino posible para garantizar la paz duradera frente a la prepotencia del imperio norteamericano.

jpm-am

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