Juan Bosch y sus discípulos

El 16 agosto de 1963, en Santiago de los Caballeros, y para conmemorar el primer centenario de la Restauración de la República, Juan Bosch, pronunció un hermoso, significativo y sustancioso discurso. En esa pieza literaria poco conocida, entre otros tópicos de la misma, el entonces presidente de la República, resaltó, cit «Hay leyes, todavía misteriosas, porque el ser humano no ha alcanzado a estudiarlas, que parecen identificar de una manera constante a las criaturas de Dios con el lugar en que han nacido. Digo criaturas de Dios y no me refiero só1o a los hombres. Algo difícil de conocer obliga a la alegre foca que recorre los mares del Japón a retornar a las más frías costas de Alaska para tener allí sus crías; una fuerza incontenible hace que los salmones retornen, cruzando el Atlántico y trepando por las cascadas de los ríos del Canadá a desovar en los sitios donde nacieron; un mandato que no pueden desobedecer trae a las anguilas de los ríos de Europa a dejar sus huevos en el Mar de los Sargazos; igual mandato conduce las bandadas de golondrinas y de palomas que desafían la distancia de millares de kilómetros y van sin un desvío a tener sus crías en el sitio donde las madres las tuvieron a ellas. Si el instinto conduce a los animales- continua Bosch- para renovar la especie al punto donde comenzaron su vida, resulta lógico, que el apego del hombre al pedazo de tierra que le vio nacer sea tan fuerte, y sea tan ciego, que le lleva a sacrificar su existencia, si es necesario, para vivir ahí, para tener ahí sus hijos, para que ahí esté su sepultura. Nadie puede explicar dónde está el origen de ese amor delirante que la humanidad ha llamado patriotismo. Pero es un hecho que el ser humano prefiere su patria, aun cuando sea pobre y desdichada, a la patria de otros hombres, aunque ésta sea rica y venturosa, como es un hecho real que la foca y el salmón y la anguila y el ave migratoria prefieren para perpetuar la especie y quizá para morir, el sitio donde nacieron. ¿Tiene tal vez cada pedazo de tierra una frecuencia magnética oculta que conforma al que nace en ella sin que él se dé cuenta? ¿Qué relación desconocida hay entre el grosor del aire, la dulzura del agua, el color de los árboles de un lugar determinado y los sentimientos de la criatura de Dios que nace allí? No lo sabemos -acota Bosch, una vez más- y acaso la humanidad tarde mucho en saberlo. Pero la historia, que es el espejo de los actos colectivos, nos enseña que el amor a la patria es un valor constante en todos los pueblos; que el esquimal ama su rudo paisaje de nieves eternas; que el tibetano ama la extraordinaria soledad de sus montañas; que el africano ama sus selvas pobladas de leones, de culebras y caimanes; que el norteamericano ama su continente de rascacielos y automóviles. Nosotros los dominicanos amamos hasta la muerte este pedazo de isla en el cual nos tocó nacer, en el cual hemos luchado y en el cual esperamos morir. Los dominicanos de hace un siglo no podían ser menos que nosotros. Fueron mucho más y por eso estamos hoy en esta ciudad de Santiago de los Caballeros rindiéndoles el homenaje de nuestra gratitud, de nuestra admiración. El jefe de armas que batalla para hacer libre a su tierra no busca popularidad ni esconde el pecho al plomo que puede quitarle la vida; no ve la acción libertadora como una asociación de batallas victoriosas, sino como un combate incesante en el cual la victoria de hoy puede ser seguida por la derrota de mañana. Para ese jefe de armas lo importante es que su pueblo logre la libertad aunque él haya caído en la acción. En el acaecer político de cada día, el líder oposicionista desde la calle y el gobernante desde el poder deben luchar por el país, por la libertad del pueblo. Las armas de la política no son las armas de la guerra, pero la conquista de la libertad del pueblo requiere tanto tesón en el campo político como en el campo de batalla. Como el caudillo de la guerra, el gobernante de la paz, y el líder político, si tienen que crear una vida de libertad sobre escombros de tiranías, deben trabajar por la victoria final, y solo alcanzada la victoria llegará el momento de rememorar a los caídos y de condecorar los pechos y los héroes. Para ser dignos de ese acto y de este momento histórico, debemos luchar juntos con el propósito inquebrantable de dar a los dominicanos no sólo la libertad nacional que conquistaron los trinitarios y consagrados restauradores, sino la profunda y real libertad que tal vez de manera inconsciente alentaba en el seno de la revolución que era el alma del movimiento trinitaria, y de la revolución que fue el alma del movimiento restaurador. En la lengua actual esa revolución quiere decir la agraria, quiere decir justicia social, quiere decir cultura para todos, quiere decir salud para el pueblo, quiere decir presencia de la masa dominicana en el escenario de la República como actora del drama colectivo y no como espectadora que lo ve a distancia. El patriotismo es un instinto, pero su ejercicio sólo se justifica cuando conduce al bienestar de las mayorías. Al pueblo nos debemos todos. Y así como al pueblo de un siglo atrás se consagraron los héroes de la Restauración, todos unidos en un mismo propósito de libertad primero, y de progreso después, así a este pueblo de hoy nos debemos todos y todos le debemos la unión para afirmar las libertades públicas y la justicia social. La libertad sirve para edificar, pero también sirve para destruir; y en medio de la libertad los hombres que han nacido para destruir destruyen libremente mientras que los que han nacido para edificar edifican con trabajo, con lentitud y cercados por las pasiones, a veces por las pasiones más bajas. Un pueblo que no está hecho a la vida democrática puede ser confundido hasta el punto de que sólo vea de la democracia el lado malo. Toda obra digna pasa a menudo bajo las sombras de la infamia; el que combate, sin embargo, no puede detenerse ante la infamia. Hay un camino a seguir, en la guerra como en la política: el camino que desembocará un día en la unión de todos para asegurar el bienestar de todos bajo un sol de libertad. Seguir ese camino, en el taller, ante el altar, en el conuco, en la escuela, en el cuartel, en la oficina pública, es el único homenaje real, el verdadero homenaje digno que los dominicanos de hoy pueden rendir a los que iniciaron la restauración de la patria, hace ahora cien años. (Fin de la cita). Permítame el lector traer a colación otra cita de Juan Bosch, pues la conjunción de esta con la anterior, estructuran el parámetro de referencia con el cual se puede calibrar la conducta de los «discípulos» de ese gran hombre, quienes a la muerte de él, por lo visto, no solo enterraron su cuerpo físico, sino, también sus ideales tan profusamente predicados y dados con el ejemplo personal. Don Juan, dijo en un discurso de campaña en el 1982, refiriéndose a como actuarían sus «discípulos» cuando estos llegaran al poder, lo siguiente: «Los dominicanos saben muy bien que si tomamos el poder no habrá un peledeísta que se haga rico con los fondos públicos; no habrá un peledeísta que abuse de su autoridad en perjuicio de un dominicano; no habrá un peledeísta que le oculte al país un hecho incorrecto o sucio o inmoral». Pues bien…estas dos citas, tomadas como referencias para juzgar principalmente la conducta de los altos dirigentes peledeistas, así como también la de sus socios reformistas y de otros entes actuando desde el poder, arrojan resultados espeluznantes, inverosímiles, absurdos, insólitos…que no se corresponden en nada con las prédicas de Bosch. En el «reinado» de esta gente, hemos visto, que todo ha sido lo contrario de lo que Bosch y ellos prometían. La honradez y el amor a la patria que corresponde al patriotismo descrito anteriormente por Bosch, han sido una constante vergonzosamente ausente en los gobiernos peledeistas. Para confirmar esta premisa, tenemos, no un árbol de corrupción, sino, toda una inmensa maraña de perversidades, conformada por una serie de robos y traiciones a la patria, que dejan perplejos a los más indiferentes, cuando a estas perversidades le sumamos, el auge de la droga, la delincuencia, el tráfico de influencias, el lavado de dinero, la impunidad, el entreguismo, y el descaro de esta gente para delinquir. Nadie podía pensar que en un gobierno del PLD se pudiera dar un contrato como el otorgado por Leonel a la Barrick Gold, ni que se diera un Sund Land, ni que se firmara un contrato con peaje sombra como el suscrito para la construcción de la carretera Sto. Dgo-Samaná, ni que fuera posible, firmar un contrato de capacidad instalada con las compañías eléctricas. Pero tampoco, nadie creía que en un gobierno del PLD, se iban a dar las privatizaciones de las empresas estratégicas del Estado, ni que el Territorio Nacional, iba a ser vendido a extranjeros como si fuese, yardas de telas de macario. Nadie podía imaginarse, que estos peledeistas junto a los reformistas, iban a ser los verdugos de la patria, al punto de hacerse todos millonarios, robando al erario descaradamente y otorgándose pensiones, superiores a las asignaciones mensuales de varios hospitales provinciales. Nadie podía creer, que los diputados y senadores de todas las parcelas políticas, iban a volverse una asociación de malhechores, ni que se dieran casos como el de Félix Bautista, Víctor de la Rúa y otros. Nadie podía creer que esta gente hiciera de los Recursos Públicos y del Presupuesto Nacional, un botín para beneficios particulares y personales. Nadie podía creer, que esta gente fuera capaz de hipotecar el país, de enajenar la Soberanía Nacional, endeudándolo, como vilmente lo han hecho. Nadie podía creer, que en un gobierno peledeistas, se iba a abandonar el campo, como estrategia para aumentar las importaciones de rublos, que permitían el enriquecimiento a unos cuantos de ellos, en desmedro de una mayoría campesina y de todo el pueblo, que sufre cuando el campo no está en producción. Nadie podía creer, que ellos pudieran crear un déficit fiscal de 200 mil millones buscando perpetuarse en el poder, ni que aprovecharan toda negociación de contrato y compras, para procurarse lucro, por medio de las llamadas mordidas. Nadie podía creer, que en un gobierno del PLD la justicia se iba a convertir en algo semejante a un mercado de pulgas, y que nuestro país se llenaría de inmigrantes indeseables, especialmente de haitianos, porque precisamente, al Dr. José Francisco Peña Gómez se le obstaculizó llegar al poder mediante la famosa alianza de balaguerista y peledeistas, para según ellos, impedir que el país fuera gobernado por un prohaitiano, que propiciaría la inmigración haitiana y la fusión de la isla. Nadie pensó, que en un gobierno del PLD la vida se iba a tornar tan difícil, y que nuestro pueblo iba a ser tan infeliz y desdichado. En fin, nadie en su sano juicio podía creer, que aquellos peledeistas pobres, que recolectaban dinero con un jarrito casa por casa vendiendo el periódico Vanguardia y que predicaban ser los más honestos, de llegar al poder, se declarasen balaguerista y vinchistas y que se convertirían los más descarados ladrones y traidores a la patria.Tal como testimonia la historia, por obra del traidor Pedro Santana, nuestra media isla fue anexada a España y hubo que hacer una guerra a muerte, para Restaurar la República. Desgraciadamente, 151 años después, de nuevo, estamos prácticamente anexados por obra y gracia del traidor Leonel Fernández y sus acólitos y lacayos, con la agravante, de que en 1863, la Restauración, fue solo contra España, y hoy tiene que librarse contra los Estados Unidos, Canadá, Haití, la misma España y otras naciones, con las cuales los peledeistas nos han endeudado y vendido nuestras empresas estratégicas y gran parte del Territorio Nacional, y hasta le han regalado nuestros recursos mineros, como ha sucedido con Canadá con el asunto de la Barrick Gold. Ante las perversidades develadas, las razones de luchar para una nueva Restauración son tan evidentes, que abundar sobre ellas, sería como redundar sobre un tema que exige sin más demoras, de guerras Restauradoras y otras acciones complementarias, que den al traste con la infamia de los que han usado la libertad para destruir, burlarse y envilecer a todo un pueblo. En este contexto, los Restauradores, los Trinitarios, todos los revolucionarios y mártires que han entregado sus vidas y bienes en aras de la libertad y soberanía de nuestra tierra, también Bosch, nuestro país y las circunstancias reclaman y demandan Restaurar la República, y hacer justicia a los jerarcas del PLD y sus socios reformistas, y contra los perredeistas miguelistas y empresarios neoliberales nativos y foráneos, que se han beneficiado en grande del ladrocinio y traición a la patria aludidos, a quienes además, está demostrado, no les importa el porvenir de la República, ni la suerte de sus congéneres, porque para ellos la vida se resume simple y llanamente, en obtener dinero y poder para el goce egoísta, sin importar para ello, pisotear o destruir cualquier cosa, sea un individuo, una sociedad o toda una nación, incluyendo el Medio Ambiente y la vida material y espiritual de los pueblos. Visto mi ponencia sobre Bosch y sus discípulos, al lector, dejo la palabra.

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