El mal de la corrupción acumulada ha llegado a un estado de explosión social tan grave que pasa por la presencia escandalosa de la delincuencia de abajo, la de cuello blanco y como si nada, la descomposición del Poder Judicial.
La fiesta de la corrupción ha desbordado en la calle de abajo la delincuencia y ha creado en pequeños círculos grandes prebendas y raciones para osos y otras fieras.
Tomando en consideración la crisis que abate la sociedad dominicana, la actuación del Embajador James Brewster, de los EE.UU., es correcta, toda vez a que está entre sus funciones la de salvaguardar, proteger y vigilar los intereses de las inversiones de tienen los ciudadanos norteamericanos en el territorio dominicano.
La crítica del embajador Brewster es moralmente validas, toda vez a que si no se denuncian estos estados de corrupción y de inseguridad que vive la sociedad dominicana, el país podría sufrir graves deterioros de sus inversiones extranjeras.
No hay intromisión en los pronunciamientos del embajador. No cabe duda que al hacer estas denuncias el embajador está demostrando su amor por la Republica Dominicana y por su bienestar social y económico futuro, tanto de los propios dominicanos como de los ciudadanos americanos que viven en suelo dominicano.
Ahora bien, para algunos dominicanos seria mejor si el embajador Brewster se hiciera de la vista gorda y, en cambio, contemporizara con la corrupción. Pero todo parece indicar que ese no es el carácter de nuestro embajador en el país.
Los poderes fácticos no pueden lavarse las manos y cualquier embajador, independientemente del país que fuere, asume su responsabilidad cuando levanta la voz frente a un desorden que no queremos ver, pero que existe desde grandes torres, memorias de tierras cañeras, regalos perfumados aduaneros y cuantas cosas en la viña del Señor.
Algo es cierto, el embajador James Brewster no quiere ir a rezar ahora.


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