Gabo y su vicio favorito la música

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La Habana, 19 abr (PL) De cantar en un club nocturno para sobrevivir en París a escribir obras que inspiraron a estrellas mundiales del pop, Gabriel García Márquez movía su vida al son de mil músicas.
El Gabo, cuya reciente muerte consternó al mundo y desató un sinfín de semblanzas recordándolo en mil y una facetas, afirmaba que su vicio favorito era la música, vicio que deslizó en su prosa.
Para el ensayista César Coca, el Premio Nobel de Literatura fue un «crítico musical enmascarado», poniendo sus juicios sobre todo tipo de géneros en boca de sus personajes maravillosos.
Según le confesó al periodista Armando López, en París le pagaban 500 francos por noche por cantar junto al pintor venezolano Rafael Soto canciones mexicanas, y hasta se grabó en un cassete perdido.
Quizás su género preferido fue el vallenato, al punto que cierta vez llegó a decir que Cien años de soledad no era más que un vallenato de 450 páginas.
Sentía gran admiración por los compositores musicales, y quizás cierta envidia sana por cómo ellos podían sintetizar en cinco o seis líneas tanta historia, filosofía, pasión.
Por ejemplo, cierta vez confesó sin ironías que nada le hubiera gustado tanto en este mundo como «escribir la historia hermosa y terrible de Pedro Navajas», el gran clásico de Rubén Blades.
Además, en su biografía Vivir para contarla confesó que escuchaba los preludios de Claude Debussy y el «A Hard Dayâ€Ös Night» de The Beatles cuando se sentaba a escribir Cien años de soledad.
A su vez, su obra inspiró a muchos autores, y no solo aquellos más cercanos a su contexto y cultura, sino algunos insospechados, como el estadounidense Michael Atipes, de R.E.M.
De hecho, en el video del clásico Losing my religion se incluyen escenas inspiradas en el relato Un señor muy viejo con unas alas enormes, y Stipes se confesaba un amante del Realismo Mágico.
El propio Blades también se inspiró en Gabo al escribir Ojos de Perro Azul, basado en un cuento homónimo, e Isabel, a partir del relato Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955).
Con su muerte, la literatura perdió no solo a un imprescindible, sino que la música a un entusiasta defensor, y los mensajes de sus compatriotas Shakira, Carlos Vives y Juanes lo corroboraron.
Y mientras Juanes se despedía «del más grande de todos», Vives auguraba una parranda de acordeones en el cielo para recibir al padre de Cien años de soledad, el vallenato más largo.
Por eso quienes lo admiraron lo recuerdan hoy con cualquier música menos la luctuosa, porque eso sería hacerle poco honor a quien tanta felicidad y alegría repartió con su literatura.
acl/cmv
PL-92

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