Fouché, entre lo genial y lo diabólico

Joseph Fouché, apodado por muchos como el genio tenebroso, nació el 31 de mayo de 1759 en la población Le Pellerin, no muy lejos de la gran ciudad portuaria de Nantes, en el oeste de Francia.

Nadie pudo predecir que aquel enigmático profesor de física y matemáticas, voraz lector de famosas obras literarias, religiosas, filosóficas y políticas, se convertiría en uno de los personajes más controversiales de la Historia Universal, por su indiscutible condición de intrigante por antonomasia de la vida pública de su país.

Fouché fue cobijado durante una década en claustros de conventos y seminarios, pero no le interesó tomar los hábitos de sacerdote católico ni su inmundicia espiritual le permitiría llevar una vida monástica; pero aprendió en ese tiempo, entre otras muchas cosas, como luego lo reseñó Zweig: “la técnica de saber callar, el arte magistral de la autoocultación, el magisterio de la observación de las almas y la psicología…”

Fue cuatro veces ministro de Policía de Francia, entre otros cargos, y al morir ya le había sumado a su condición inicial de físico, matemático y político la de diplomático, abogado y escritor.

En el 1809, por acumulación de increíbles acciones en las complejas galerías del poder, el emperador Napoleón Bonaparte le otorgó el título nobiliario y hereditario de duque de Otranto, lienzo de nobleza que hoy sigue vigente en la persona de su descendiente Charles-Louis Fouché de Otranto.

Joseph Fouché,

En el 1792, en plena Revolución francesa, fue electo diputado a la Convención Nacional. A partir de entonces fue labrando con sigilo, sagacidad y sin ningún escrúpulo su papel sobresaliente en la vida pública de Francia, para lo cual tenía un carcaj cargado de flechas con puntas ponzoñosas.

Sólo fue fiel a él hasta la hora de su muerte, la cual le llegó con una larga y siniestra sombra detrás, el 26 de diciembre de 1820, no en su castillo de la Provenza, sino desterrado, aislado, espiado y lleno de amargura, no sólo por “decepciones domésticas”.

Falleció en la ciudad de Trieste, situada en una ribera del mar Adriático, donde llegó un año antes, cuando ya era en términos médicos un desahuciado.

Analizando las acciones de ese personaje, que “olfateaba el viento” antes de inclinarse de un lado u otro, me da la impresión de que estudió a fondo las argucias del astuto e incombustible gobernante chino de la antigüedad Chuko Liang, a quien apodaban Dragón Dormido, “que siempre se guardaba un as en la manga”, para usarlo en el momento oportuno.

Cada paso que Fouché daba en la convulsa etapa en la que ejerció como político lo hacía con la cautela de un ofidio, con una codificación mental que protegía con una coraza blindada por lo cual nadie nunca pudo descifrar.

Napoleón Bonaparte, vale repetir, que firmó el decreto otorgándole el ducado de Otranto, dijo de él, en la prisión de Santa Elena donde murió en el 1821 como prisionero de los ingleses, después de la derrota militar en Waterloo, lo siguiente: “Sólo he conocido a un auténtico y completo traidor: ¡Fouché! Completo traidor…no ocasional, una genial naturaleza de la traición…”

Fouché, con su mente poderosa y su espíritu diabólico, se mantuvo en una suerte de  línea de flotación del poder hasta cinco años antes de morir. Desempeñó elevadas funciones en cinco gobiernos, y a todos traicionó.

Era un experto retorciendo los hechos. Para él ni la verdad jurídica ni ninguna expresión de decencia política tenían importancia si no se ajustaban a sus objetivos personales.

Primero se disfrazó de girondino y luego hizo el papel de jacobino. En ambos casos manipuló a sus compañeros de ocasión.

Fue el summun del camaleonismo en materia política, como se comprueba al examinar sus hechos cargados de malicia.

Le gustaba moverse detrás del telón, gozaba empujando a otros para que se creyeran dueños del poder. Fue un hábil titiritero que movía a su antojo marionetas y papalotes multicolores que se movían en el torbellino político de la Francia del siglo XVIII.

Buscó el apoyo de Maximilien Robespierre, que desconfiaba de él, y luego fue decisivo en la caída de ese jefe jacobino. Contra todo pronóstico, en su condición de diputado votó para que el rey Luis XVI fuera guillotinado, a pesar de que le debía muchos favores.

Para vengar la muerte del líder revolucionario Joseph Chalier (guillotinado el 17 de julio de 1793 por un sector beligerante de la burguesía de Lyon), Fouché fue enviado por el llamado Comité de Salvación Pública ajustar cuenta con la burguesía de aquella gran ciudad, entonces la de mayor desarrollo industrial de Francia.

Allí llegó el 10 de noviembre del referido año. El mandato expreso dado a él, y a otros dos comisionados, era para cumplir un macabro decreto emitido por la Asamblea Nacional, cuyo artículo cuarto decía textualmente así:

“La ciudad de Lyon será destruida. Deberá ser aniquilado todo aquello habitado por gentes con patrimonio, sólo podrán quedar en pie las casas de los pobres, las viviendas de los patriotas asesinados o proscritos, los edificios industriales y aquellos destinados a fines benéficos y educativos”.

El más minucioso de sus biógrafos, Stefan Zweig, en su obra titulada Retrato de un hombre político, dice que: “Fouché, al que han destinado a verdugo de Lyon, no ama la sangre en modo alguno. Este hombre frío e insensible, calculador y jugador intelectual, más zorro que tigre, no necesita el olor de la sangre para excitar sus nervios”.

Pero ese mismo Fouché fue el que en una plaza pública de Lyon, frente a un busto itinerante del aludido Chalier, proclamó ante una multitud sedienta de venganza estas palabras anunciadoras de sangre: “…Criminales te han sacrificado, mártir de la libertad, pero la sangre de esos criminales será la única expiación que pueda calmar a tus indignados manes…Te juramos delante de esta imagen vengar tu martirio, y la sangre de los aristócratas te servirá de incienso”.

La primera matanza ordenada por Fouché en Lyon se produjo en la mañana del día 4 de diciembre del 1793, en una llanura colindante con el río Ródano. Sesenta miembros de la burguesía fueron sacados de una cárcel y utilizando el conocido método de “carnicería masiva” fueron fulminados con cañones, pistolas y sables, y lanzados a fosas recién cavadas.

Horas después los muertos serían doscientos diez, cuyos cadáveres fueron lanzados a la mencionada corriente de agua.

En Tolón, otra ciudad portuaria, en el sur de Francia, Fouché y Collot d’Herbois, principalmente, ordenaron colocar “doscientos rebeldes ante la boca de los fusiles”.

Hubo varias masacres más en Lyon y poblaciones cercanas mientras los referidos comisionados estuvieron cumpliendo gustosos el mandato que les habían dado.

Es pertinente pensar que en esos trágicos momentos Fouché estaba poniendo una vez más en acción su condición de ser tenebroso.

Tal vez recordaba lecturas pasadas en algún refectorio de la ciudad de Nantes para tratar de justificarse a sí mismo por los excesos de sangre que protagonizaba en Lyon, como el texto que escribió el famoso autor de la obra Summa Teológica II: “la vida de algunos hombres pestilentes impide el bien común…”

En medio de esa vorágine de sangre de los jacobinos más radicales Fouché capta un giro favorable a los moderados en la Convención y hacia ellos se inclina, renegando de los otros, a quienes de inmediato tilda de “arena de anarquistas y revoltosos”. Era su manera de salvarse en cada ocasión que intuía algún peligro para él.   

El gran novelista y dramaturgo francés Honorato de Balzac, en su novela con matices de espionaje titulada Un asunto tenebroso, fue cuidadoso al referirse a la figura de Fouché, analizándolo en su secuencia psicológica: “Un genio singular” y “la más poderosa cabeza que he conocido nunca”; agregando que era “acertado en todas sus profecías y de increíble agudeza”.

Su biógrafo por excelencia, Stefan Zweig, calificó a Fouché como un hombre de “ojos fríamente velados, impenetrables…toda su pasión se carga y descarga bajo la impenetrable pared de su frente… hombre con sangre de pez…ama de manera viciosa la aventura, y su pasión es la intriga…el hombre de todos los partidos y convicciones”. (Fouché. Retrato de un hombre político. Editorial Acantilado, edición del 2011. Stefan Zweig).

jpm-am

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Chipa
Chipa
10 meses hace

descendientes familiares de fouché,vivieron en haitÍ cuando era colonia francesa.una dama santiaguence,era fruto del árbol genealógico de los foucheses,esa señora procreó un hijo de muchas habilidades sociales y políticas que lo mantuvieron an altos sectores de poder en nuestro país por muchas décadas.los genes no mienten.

Guaconejo
Guaconejo
10 meses hace

fouche’ , el auténtico retrato de danilo medina.!