Esclavización silenciosa

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo

POR E. MARGARITA EVE

Ya casi nos alcanza el 2026, pero la verdadera urgencia no es el cambio de calendario sino el cambio de conciencia. Estamos corriendo demasiado, viviendo a una velocidad que no nos pertenece, atrapados en una presión silenciosa que desgasta el cuerpo, el corazón y la estabilidad emocional de la sociedad.

En las últimas semanas hemos visto hechos alarmantes: muertes súbitas en bancos, personas jóvenes colapsando sin aviso, corazones agotados antes de tiempo. No son simples noticias, son señales. La vida nos está hablando y, si no escuchamos, el costo será cada vez más alto.

Lo que enfrentamos es una esclavización moderna y silenciosa. No usa cadenas ni barrotes; se manifiesta en exigencias ilimitadas, en la obsesión por producir, en el miedo a detenernos. Una sociedad que corre detrás de lo material mientras deja atrás la esencia humana termina rompiéndose por dentro.

La tecnología llegó prometiendo alivio, pero en muchos casos ha sumado carga. El celular invade, interrumpe, roba descanso, secuestra la mente y condiciona emociones. Vivimos hiperconectados, pero desconectados de nosotros mismos y del equilibrio que necesitamos.

Si miramos nuestras calles nos vemos reflejados. El desorden vial, la desesperación al volante, la imprudencia y la congestión vehicular constante no son solo asuntos de tránsito; son el espejo de una sociedad acelerada, ansiosa y emocionalmente saturada, donde el camino se vuelve tan tenso como la mente.

Es justo reconocer que República Dominicana ha intentado actuar. El cambio de horario en el sector público fue un paso responsable y humano; sin embargo, si queremos aliviar el peso social, ese esfuerzo debe ampliarse. El sector privado también debe sumarse. El bienestar, la salud mental y la vida no pueden depender del tipo de empleo.

Necesitamos políticas públicas sostenidas y no solo gestos aislados. Políticas de salud emocional accesibles, educación vial permanente, control del tránsito e infraestructura pensada para la vida; una cultura donde el ser humano esté por encima de la productividad. El Estado debe guiar, pero toda la sociedad debe acompañar.

La congestión vehicular no solo detiene los automóviles. Detiene la serenidad, aumenta el estrés, roba energía y deteriora la calidad de vida. Muchas personas salen de casa con esperanza y regresan agotadas emocionalmente, atrapadas entre el cansancio físico y la presión de un sistema que no les permite respirar.

Otros países ya entendieron esta urgencia. Japón limita los excesos laborales; España y Canadá fortalecen la salud mental y el equilibrio entre vida y trabajo. Han comprendido que el progreso sin humanidad termina destruyendo a quienes debería servir.

República Dominicana también puede lograrlo. Las instituciones deben recordar que detrás de cada empleado hay vida, historia, familia y corazón. No se trata solo de producir; se trata de cuidar, equilibrar y dignificar.

Como sociedad también tenemos tarea. No podemos seguir glorificando el cansancio ni celebrando la prisa como símbolo de éxito. La ansiedad no puede dictar nuestro ritmo ni la tecnología puede gobernar nuestra esencia.

El 2026 no debe encontrarnos esclavos del estrés, sino conscientes, equilibrados y vivos de verdad. Porque la modernidad sin alma no sirve, el desarrollo sin compasión no construye y la verdadera libertad no está en correr más, sino en aprender a vivir mejor, protegiendo la mente, cuidando el corazón y honrando la vida.

emargaritaeve@gmail.com

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