Epidemia
En el hospital, la tienda, la oficina pública, el supermercado, la pulpería de la esquina o ante el guardián que duerme a la puerta de la instalación que debe custodiar, todos, varones y hembras, jóvenes y viejos, día y noche tararean la música, siguen la letra o se balancean al ritmo, cualquiera que sea, que tocan en la radio y que invariablemente está encendida.
Y no importa que durante horas nadie la escuche, que el local esté vacío o que el único cliente pida que bajen esa música, el volumen ha de estar alto. No se trata de agradar el recién llegado sino de distraer al empleado. Antes pensé que la gente buscaba la compañía de esos sonidos y voces para no sentirse sola. Ahora entiendo que se trata de desalojar cualquier idea de la cabeza, o impedir que penetre en ella algún pensamiento.
Parecería que cada empleado, a fuerza de escuchar todo el santo día, ha llegado a memorizar la letra, el comentario y hasta los anuncios que con frecuencia resultan explícitamente eróticos.
De alguna manera, esas letras cuentan, con pasión o sin ella, dulce o grotescamente, franca o subliminal el drama, los amores o el desamor que viven otros; cada cual escapa de su propia vida de mierda para vivir las mentiras ajenas de gente que no conoce, de vidas que tampoco existen. Las redes sociales hacen el resto arrastrando a hombres y mujeres a seguir historias de trivialidad, mentiras y truculencias.
De cual otra manera puede entenderse que, donde quiera que usted vaya, a cualquier hora, cualquier día y ya casi en cualquier país, la recepcionista, el guardián, el empleado de turno a quien le toca recibirlo tenga en la boca y en su vida entera una canción que sigue y disfruta mientras usted espera ser atendido porque de hecho, está uno interrumpiendo su disfrute.
La gente está tan alienada, tan harta de su cotidianeidad que necesita refugiarse en las letras de esas canciones para vivir esas otras vidas, asumir esos otros dramas y de cualquier manera escapar tanto de su trabajo como de esa vida que odian pues, ¿quien quiere regresar a una realidad odiosa cuando es posible vivir un sueño ajeno? Conozco el caso de tres esposas que tras vivir tan bien como era posible culparon a sus maridos de haberlas hecho una inútiles, de atrofiarlas y en esencia de haberles impedido –con su presencia- vivir esas otras aventuras de las que difunde cualquier telenovela.

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