El tiempo en economía

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EL AUTOR es economista. Reside en Santo Domingo.

En el largo plazo todos estaremos muertos.”

John M. Keynes

En general (no sólo en economía), el tiempo se tiene como una cuarta dimensión, la que sigue a las tres dimensiones del espacio físico. Un punto –cualquier objeto- se localiza según un sistema de tres coordenadas: hacia los lados, hacia adelante (atrás), hacia arriba (abajo). Así se define exhaustivamente todo lo que se halla en el mundo físico. Pero ahora necesitamos el movimiento, para lo que es imprescindible el tiempo. En algún lugar dice Hawkins que el tiempo es el elemento que permite que las cosas sucedan. Es decir, que no se queden en el mismo lugar aún estándolo.

Como muchas otras (una de principalísima importancia: el equilibrio), la economía tomó de la física la idea del tiempo: un eje perfectamente definido, homogéneo, adicional a los otros tres, como hemos dicho. Sin embargo, no es el mismo tiempo. No son iguales sus características. Ni su propósito. O su utilidad.

Tiempo. ¿Cuánto tiempo? “Mucho” tiempo es el “largo” plazo. “Poco” tiempo es plazo “corto”. Y así por el estilo. ¿Cuánto tiempo es “mucho” tiempo? Pues infinito, un concepto importante en la física, pero no en la economía. Mucho tiempo puede ser hasta que haya vida inteligente en el planeta. Hasta que el daño ecológico empiece a diezmar la especie humana. Hasta que el país sea viable. O hasta que cada quien, en lo personal, muera.

El tiempo de vida real, concreto, de cada quien –independientemente de la esperanza de vida- tiene una importancia suprema, en cada quien. Para decirlo en menos palabras, si yo mismo no tuviese la expectativa –fundamentada en la experiencia- de que el día de mañana no voy a estar vivo, muy seguramente no estaría escribiendo estas cosas. Más probablemente un testamento.

El tiempo de vida es el intervalo en el que hacemos lo que vayamos a hacer. Bien o mal. Consciente o inconscientemente. De prisa o con la mayor parsimonia. No importa. Una característica importante del tiempo personal es que indefectiblemente se acaba. Algo que sabemos pero de lo que no somos conscientes. Que es mejor no pensar mucho. Empezar a gastar después de muertos, pues simplemente no es posible. (Seguro es que otros –queriendo nosotros o no, de acuerdo nosotros o no- van a gastar lo que dejemos.)

A los plazos se les puede asignar una duración convencionalmente, en función a la práctica y la experiencia. Corto plazo es hasta un año. Largo plazo es cinco o más años. Y plazo medio o mediano es, por supuesto, entre uno y cinco años. Esto sirve para entendernos, pero es una simple nomenclatura. Por ejemplo, desde una perspectiva histórica, doscientos años no es mucho tiempo. Mientras que si esperamos a alguien a la intemperie un día de mucho sol y calor, media hora es algo así como el tiempo que le tomó a la vida salir del medio líquido. Pero de alguna manera tenemos que entendernos y en términos prácticos la división anterior funciona bastante bien.

Un tipo de economistas, los denominados neoclásicos (y muchos otros que no saben lo que son sino que repiten lo que han escuchado) han encontrado en el “largo” plazo su santo grial, la vara mágica que resuelve por encanto todos los problemas (es decir, todos): “en el largo plazo la competencia elimina las ganancias monopólicas…” Un largo plazo que es tan largo (e indefinido) que nunca llega.

Operativamente, los plazos se definen acorde a la fijeza de uno o más insumos productivos. En el corto plazo, por lo menos un insumo (el capital, digamos) está fijo, no puede ser aumentado (lo que activa el principio de los rendimientos decrecientes). En el largo plazo todos los insumos son variables. Consecuentemente, el sistema adquiere la elasticidad y optimalidad soñadas. El largo plazo es la utopía neoclásica donde todos los recursos fluyen suave, ágilmente, reaccionando a los estímulos de precio. Todos los recursos se utilizan eficientemente en su totalidad. Por su parte, el corto plazo es un período de restricciones y estrecheces, de ajustes y correcciones. De saltos y sobresaltos, de corridas y carreras para evitar pérdidas repentinas o estacionales, o para aprovechar oportunidades únicas. Esto es, en el corto plazo, la vida comercial cotidiana tal cual es, material, amoral y prosaica; en el largo, el mundo de los sueños.

Pero, ¿hay en realidad alguna conexión funcional, operativa, entre la realidad y los sueños? Recordemos que esto no es psicología sino economía, ¿realmente la extensión temporal concreta del corto plazo lleva al largo? Es decir, si nos situamos en un primer momento cero y dejamos pasar suficiente tiempo, ¿llegamos a algún lugar con las características del largo plazo? Definitivamente no es así por una razón elemental: si erradicamos del largo plazo su presente cotidiano, los diferentes corto plazos a lo largo de los que transcurre, se constituye en una construcción idealizada sin ninguna capacidad operativa. Resulta un largo plazo que no es en la realidad: no hay manera de desalojar el corto plazo del largo.

La clave está en el supuesto de caeteris paribus tan caro a los economistas: “todo lo demás sin variación”. Analíticamente válido en la medida en que se revisen sus premisas de realidad. Un recurso tomado prestado, una vez más, de la física: para comprender una trayectoria, la tenemos que descomponer en sus vectores elementales. Uno a la vez. Si todo nos cambia simultáneamente, entonces no podemos discernir quién, cómo se genera el movimiento. Necesitamos ir paso a paso.

Pero lo que es perfectamente comprensible en el mundo físico, en el que es posible detener el tiempo analíticamente, no lo es en el mundo económico en el que una de sus características inherentes es justamente que no se detiene nunca. Es continuo. De hecho, las características del tiempo real son las siguientes: a) Es continuo, no sólo topológicamente sino que nunca se detiene. Por grande que sea nuestro apuro o nuestro deseo, no hay posibilidad de parar el carro del tiempo. b) Es unidireccional: el tiempo discurre desde lo pasado hacia lo futuro. No hay posibilidad de revertir su dirección. c) Es homogéneo: como tal, como tiempo, un minuto cualquiera es idénticamente igual a otro minuto cualquiera. Es el mismo segmento. d) La actuación sólo puede tener lugar en un presente que avanza a una velocidad fija, por supuesto, teniendo en cuenta la experiencia del pasado, remoto y cercano. Y hacia propósitos en el futuro. Pero no podemos operar en el pasado ni en el futuro, ni siquiera visitar. No tenemos experiencia sobre el futuro, como no podemos hacer planes para el pasado. Esta es la naturaleza del tiempo a la que se tiene que plegar el análisis, y no a la inversa, el tiempo plegarse a los requerimientos del análisis. Esto es, si el análisis ha de tener alguna utilidad.

Por sí mismo, el tiempo no resuelve nada, como tampoco trae ningún problema. El tiempo es simplemente el eje en que suceden las cosas. Al respecto me gusta mucho donde Scorza dice, en  Redoble por Rancas: “… en el Perú, los problemas se resuelven solos, o no se resuelven nunca.” Una muestra auténtica de lo que sucede en todas y por todas partes.

Lo que no disminuye su importancia: necesitamos tiempo para curar las heridas y para olvidar las malas experiencias. El tiempo es buen aliado. Aún más, en tiempos de enorme velocidad, recordemos que velocidad es la distancia recorrida en un tiempo determinado. Como no podemos cambiar el tiempo, lo sabio es disminuir la distancia. Vivimos en una época de un exceso enorme de estímulos para un sistema humano muy limitado. Y las consecuencias están a la vista: queriéndole ganar al tiempo, no hacemos sino perderlo.

De manera, pues, que cuando hablemos del tiempo, cuando incorporemos los plazos en el análisis, es imprescindible precisar a qué tiempo nos referimos: si a aquel tiempo pasado en el que todo fue mejor, o al tiempo futuro donde a veces habita la esperanza. Sin olvidar que sólo en el tiempo presente existe vida. Si a cuando llevamos prisa o a cuando lo queremos tomar con calma. Si al tiempo de este mundo o al mundo donde no existe el tiempo.

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