Durante años se le ha repetido al pueblo trabajador una misma idea: que el socialismo murió, que la izquierda desapareció y que el capitalismo es el único camino posible. Ese discurso no es inocente. Ha sido construido y difundido por agentes locales del capital —políticos, empresarios, tecnócratas y voceros mediáticos— que han traicionado los intereses del pueblo para preservar sus privilegios.
La contradicción es evidente. Si el socialismo estuviera realmente muerto, ¿por qué se invierten tantos recursos en combatirlo? ¿Por qué tanta propaganda, campañas de miedo, censura y persecución ideológica? Nadie combate lo inexistente. Nadie persigue un cadáver. La intensidad del ataque revela, precisamente, el temor de las élites a que el pueblo vuelva a pensar en alternativas.
El socialismo no es una consigna del pasado ni una idea importada. Nace cada vez que un trabajador se pregunta por qué produce tanto y recibe tan poco. Surge cuando una comunidad se organiza para defender su agua, su tierra o su dignidad. Aparece cuando la juventud se niega a aceptar la precariedad como destino. Es una respuesta social que brota de la experiencia cotidiana de la desigualdad.
Lo que realmente ha muerto no es el socialismo, sino la tranquilidad de los ricos. Murió la certeza de que podían explotar sin ser cuestionados. El capitalismo necesita que el pueblo crea que no hay alternativa. Esa es su mayor mentira. Porque el día en que el trabajador entiende que su pobreza no es culpa individual, sino resultado de un sistema diseñado para concentrar riqueza, nace la conciencia de clase. Y contra eso no hay aparato represivo ni mediático suficiente.
La historia lo confirma. Cuando los pueblos han intentado salirse del libreto del capital, la respuesta ha sido castigo: el golpe en Chile, el bloqueo contra Cuba, la invasión a la República Dominicana en 1965. Hoy los métodos son más sofisticados —sanciones, asfixia financiera, guerra mediática— pero la lógica es la misma: impedir que un ejemplo distinto se consolide.
En países como el nuestro, donde la precariedad laboral, los servicios deficientes y la falta de oportunidades son evidentes, el anticomunismo es más agresivo porque la realidad desmiente el discurso oficial. El socialismo sigue siendo peligroso no porque gobierne, sino porque explica lo que el pueblo vive: salarios que no alcanzan, precios que suben, barrios abandonados y trabajadores explotados.
Por eso dicen que el socialismo murió. Porque temen que el pueblo lo imagine de nuevo. Pero la mentira se agota, el miedo se desgasta y la paciencia popular tiene límites.
El socialismo no está muerto.
Lo que está muriendo es la paciencia del pueblo trabajador.
Y por eso podemos decirlo sin rodeos:
el socialismo “ha muerto”.
¡Larga vida al socialismo!
jpm-am

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