El misterioso regreso de Elizabeth Montgomery (cuento)

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santiago de los Caballeros.

 

Era por allá por el año 1900 el cementerio Old Burying Point en Salem, Massachusetts, se había convertido en el camposanto donde ocurrían historias increíbles de apariciones de mujeres preciosas que salían a vagar de noche vestidas elegantemente. Fue una de esas ocasiones raras en que un taxista de raza negra, llamado William Simón, recibió una llamada de su base para que recogiera una dama en la calle Charter.

A pesar de que la dirección conducía al cementerio, el chofer, que no había atendido la primera llamada de la noche, encogió sus hombros como queriendo decir: «Qué importa la dirección, es mi primera llamada de la noche».

Cuando llega al lugar nota una dama vestida de blanco, calada su cabeza en un sombrero alas anchas color amarillo haciéndole señas. La preciosa dama aborda el taxi amarillo placa T2355-666.

A todo esto el taxista cortésmente le da las buenas noches a la misteriosa dama y al mismo tiempo le dice:  «Señora, dígame, ¿a dónde le llevo?» «Quiero dar un paseo por la ciudad, hace tiempo que no salgo de mi lúgubre mansión, a donde me han llevado a vivir en contra de mi voluntad», responde con una voz sumamente preciosa.

El chofer miraba constantemente por el espejo retrovisor tratando de mantener contacto visual con la hermosa dama. 

La noche estaba envuelta en una espesa tiniebla con olor a azufre, dificultando el desplazamiento rápido del vehículo por las calles de Salem. La dama había mantenido un silencio sospechoso todo el trayecto a pesar de que el taxista trataba de sacarle alguna palabras a la dama.

De pronto el chofer oye una voz como de ultratumba que le dice: «Por favor, lléveme por la calle Essex y cuando llegue al 310 se detiene allí por un momento, que me voy a bajar del vehículo para saludar unas viejas amigas a quienes hace tiempo no veo». El chofer le dice a la dama: «Excúseme señora, creo que usted debe estar equivocada, el 310 pertenece a la Casa de las Brujas y a estas horas de la noche ese lugar está cerrado a los turistas».

«Usted no se preocupe, espéreme aquí, solamente voy a saludar algunas viejas amigas», expresó la dama con la seguridad de una difunta.

El chofer observa que su misteriosa pasajera toca la puerta de aquella casa pintada de gris y alguien le abre. Sin embargo, para sorpresa suya este alcanza a ver que la persona que le abre la puerta a su pasajera tiene una pañoleta blanca cubriéndole su cabeza, no obstante a él le pareció ver la figura de una mujer sin rostro, pero no estaba bien seguro de lo que vio, realmente.

Volvió a encogerse de hombros y al mismo tiempo expresó: «Al carajo, en definitiva mi trabajo es llevar pasajeros donde me indiquen y cobrar el pasaje». Recostó su cabeza en el espaldar de su asiento y puso a descansar sus ojos y casi automáticamente extendió su brazo derecho con sus ojos cerrados, encendió el radio de su vehículo Chevrolet amarillo y puso música de Little Richard mientras esperaba por su pasajera con las puertas de su automóvil cerradas herméticamente.

La espera se hizo larga. Al cabo de unas cuantas horas el chofer se espanta y casi se rompe la cabeza con el techo del vehículo al sentir que alguien con un perfume con olor a muerto se había sentado en el asiento trasero y le dice con una voz de seda: «Podemos marcharnos. Me divertí muchísimo con esas brujas, como si fuesen aquellos viejos tiempos».

El chofer, con los pelos encrespados y con palabras entrecortadas como el que gaguea del susto, le pregunta: «Pero señora, ¿cómo es eso que usted se ha divertido en la Casa de las Brujas a esta hora tan tarde? ¡Usted no se está dando cuenta que son las diez de la noche! Según se cuenta todas esas mujeres fueron condenadas falsamente en el llamado “Juicio de Salem” de 1692 por la denuncia de contacto satánicos hecha por puritanos, los cuales eran una facción radical del protestantismo inglés y lo hicieron por cuestiones meramente de agitación religiosas».

—Lléveme a un bar de los más antiguos en Salem que quiero tomarme un trago y divertirme un rato, ya que debo regresar a mi mansion ante de la doce de la medianoche —le advirtió con seriedad.

—Señora, el único lugar que está abierto a esta hora es el Witch’s Brew Café, pero no sé si el tiempo nos dé para usted tomarse ese trago y regresar a tiempo a su casa. Como usted ha dicho que desea regresar antes de la doce de la medianoche —le aclara el chofer.

—Trate de hacer el trayecto lo más rápido que se pueda, puesto a que del lugar donde estamos ahora a la calle Derby donde está el Witch’s Brew son unos minutos nada más —le contesta la tenebrosa dama.

Llegan al café en tiempo record. Todavía las luces del lugar están encendidas y desde afuera se alcanzan a oír voces de mujeres y hombres cantando y divirtiéndose alegremente.

El amable taxista le dice a su pasajera señalándole el lugar: «Mire, ahí está el Witch’s Brew café. Llegamos justamente a tiempo. Creo que le alcanzará para  tomarse más de un trago».

La dama se desmonta del taxi y mientras camina hacia el bar tongoneando su hermoso cuerpo se devuelve bruscamente a mitad de camino y le dice al chofer de tez negra: 

—¿Desea acompañarme?  

—No, no señora, no sé si es cierto o no que en ese lugar no le sirven a negros. Prefiero esperar en el carro.

El taxista aparcó su vehículo en un lugar desde el cual podía observar lo que estaba pasando adentro del negocio. Para no aburrirse, nuevamente enciende el radio del carro, esta vez pone música de Ray Charles mientras espera calladamente dentro de su taxi. La música le agrada tanto que se le nota alegre moviendo la cabeza como si estuviera viviendo aquel pegajoso ritmo de soul blues.

En un momento lanza una mirada hacia adentro del bar y ve bailando su pasajera muy acaramelada. Sin embargo, fue en uno de esos momentos que ve aquella mujer con su cabeza recostada sobre los hombros de aquel hombre. Por un instante le pareció ver que ella no tenía rostro, lo que le hizo cerrar sus ojos varias veces de dudas. El sudor le corría copiosamente por su cara, no se sabe si era de miedo o por otro motivo oculto en su mente.

Exactamente, a la doce menos cuarto la dama sale corriendo del lugar. Esta vez las puertas del vehículo estaban sin el seguro puesto. Se sienta rápidamente e inmediatamente le dice al chofer: 

—Dese usted prisa chofer. Ya casi van a ser la doce y no tengo llaves de la mansió          n.

—No se preocupe mi dama que usted anda con el taxista más veloz de Salem —le garantiza aquel negro a la pasajera.

A todo esto el chofer va pensando que ha hecho su noche, pues lleva cerca de tres horas con la pasajera a bordo y el meter del vehículo no ha dejado de girar. Además, según la impresión que tiene de la bella pasajera, le ha ganado buen dinero y de seguro, siendo una mujer blanca de piel y de cartera, piensa que la propina podría ser jugosa esta vez.

Cuando el carro va aproximando su marcha al lugar donde el chofer recogió su pasajera por primera vez frente al cementerio Old Point Burying, el taxista, dirigiéndose a la bella dama, sin voltear su cabeza hacia atrás creyendo que su pasajera está aun sentada en el asiento trasero del vehículo, en tono complaciente se le oye decir: «Bueno, querida dama, a pesar de que este no es lugar para desmontar un pasajero el valor del tour son setenta dólares».

Como el taxista no recibe respuesta de su pasajera se desmonta de su vehículo pensando que ella espera por él para que le abra la puerta a manera de cortesía. Al notar que la dama no sale del carro mira hacia dentro y luego a los lados y observa que la hermosa mujer va entrando al cementerio y desde la distancia ella mueve el esqueleto de sus manos diciéndole adiós.

El chofer quedó inmóvil por lo que le ha acontecido. En ese mismo instante tres cosas suceden ante su vista: el chirrido de dos puertas oxidadas que se cierran, el campaneo misterioso del viejo reloj del cementerio Old Burying Point dando la doce de la medianoche y los aleteos tenebrosos producidos por una bandada de murciélagos que salen volando inesperadamente desde aquella necrópolis sobre la cabeza del atemorizado taxista, lo que parece significar un mensaje no de miedo sino que hay que cuidar la vida para no vagar después de la muerte. 

jpm

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