POR LUISANA LORA PERELLO
Hay palabras que ya no suenan igual. “Brote”, “transmisión”, “casos confirmados”… Desde marzo de 2020, el vocabulario de la epidemiología entró en la vida cotidiana de los dominicanos y del mundo entero con una fuerza que no ha terminado de disiparse. Por eso, cuando esta semana los titulares comenzaron a circular sobre un nuevo virus que se propaga entre países y cobra vidas, algo en el cuerpo reaccionó antes que la razón: el miedo.
El hantavirus no es nuevo. Existe desde hace décadas, circula principalmente entre roedores y, en su forma más grave, puede causar un síndrome pulmonar severo con alta mortalidad. Lo que sí es nuevo es el contexto en que lo recibimos.
La cepa identificada es el llamado hantavirus andino, el único tipo conocido que presenta cierta transmisión limitada de persona a persona, lo que explica la preocupación de los organismos sanitarios internacionales. Aun así, la OMS señala que el brote representa un riesgo bajo para el público en general.
Pero el riesgo epidemiológico y el riesgo emocional son dos cosas distintas.

Quienes vivieron el COVID-19 y todos lo vivimos cargamos ahora con una memoria corporal del peligro invisible. Aprendimos que un virus puede cruzar océanos en el bolsillo de un turista, que los hospitales se pueden desbordar, que la vida cotidiana puede detenerse de un día para otro.
La República Dominicana sabe lo que es que el miedo llegue antes que las respuestas. Aquel marzo de 2020 quedó grabado en la memoria colectiva no solo como una fecha, sino como una sensación: la de descubrir, de golpe, que la normalidad es más frágil de lo que creíamos. Esa herida no ha cerrado del todo, y cada nueva alerta sanitaria la roza.
Esto no es irracionalidad. Es aprendizaje. El problema surge cuando ese aprendizaje legítimo se convierte en pánico sin información, en desinformación que viaja más rápido que el propio virus, en reacciones desproporcionadas que paralizan en vez de proteger.
Hoy, frente al hantavirus, la responsabilidad es doble: de las autoridades, que deben comunicar con claridad y sin minimizar ni alarmar; y de la ciudadanía, que debe informarse en fuentes confiables y resistir la tentación del alarmismo viral. El miedo colectivo, cuando se gestiona bien, puede ser un motor de prevención. Cuando se abandona a los rumores, se convierte en otro tipo de epidemia.
No todo brote se convierte en pandemia. Pero ningún brote merece ser ignorado. Entre esos dos extremos vive la salud pública y también el buen periodismo.


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