El gran peso de Golda Meir

Este artículo recoge las huellas marcadas por Golda Meir en su paso por la vida. No defiendo la causa de los judíos ni el destino histórico de Israel, interpreto personalidades con la imparcialidad del tiempo, pues hasta los que combatieron a Yasser Arafat en su lucha por rescatar el espacio que para él fue usurpado a Palestina, hoy no ignoran su estatura. Se adelanta que este trabajo sobre Golda Meir pudiera ser “la biografía de un desafío”, o “la radiografía de un supremo esfuerzo”. Ella siempre supo hacia donde iba, nunca encontró oscuridad en su trayecto porque hizo de la fe el potente sol que derrotó miles de noches. Solo hemos querido poner su espejo, quizás para dar oportunidades de mirarse en él, a veces nos hace falta sentirnos igualmente grande como Golda Meir`. Aquellos que vistieron con túnica, toga y modernamente en saco y corbata son quienes escribieron la historia de la humanidad. Ellos inclinan la balanza a su favor sin pensar que las acciones de las mujeres son tan contundentes que equilibran los platillos. No son muchas pero la fuerza de sus faenas se compara con las de los hombres. Entre esas mujeres de gran tonelaje surge el nombre de Golda Meir (1898-1978), líder del género femenino sin cuya contribución el Estado de Israel fuese una ilusión. En cada éxito hay una voluntad inquebrantable, veo en una mujer vencedora el doble esfuerzo, por la razón de que debe imponerse a la discriminación de su género y a las dificultades que le impiden avanzar. Golda Meir es sin embargo, una triple triunfadora, posee tres medallas de or campeona en la política, primer lugar en la competencia por la superación personal y digna finalista en el certamen por la igualdad de los derechos entre el hombre y la mujer. LA MISERIA DE LA POBREZA Quienes como la señora Meir vivieron en su infancia la miseria de la pobreza saben lo que significa perder la esperanza de agarrar un pedazo de pan. El triunfo de ciertas vidas es una respuesta sin rencor a la extrema necesidad que el infortunio hace padecer a muchas personas. Golda Mabovitch, nació el 3 de mayo de 1898 en Kiev, Ucrania, que en ese momento formaba parte del Imperio Ruso. En Kiev el verano era un ave de paso porque los diez meses de invierno odiaban su presencia. Entonces en Ucrania el frío era una amenaza como los huracanes en el Caribe para quienes tienen techo de zinc. Un buen abrigo valía una vida y muchas veces ni dando la vida se compraba un buen abrigo. Había que comprender que la lucha por la existencia tenía tanto riesgos como una guerra, con la diferencia de que en esta última los enemigos se conocen por el uniforme. En cambio el frío y el hambre andan vestidos de aparente candidez y matan sin compasión hasta los niños inocentes. Golda es una sobreviviente de la extrema miseria y de los termómetros bajo cero. Nació igualmente en un hogar de recursos bajo cero. No he dicho de “bajos recursos”, acabo de escribir de “recursos bajo cero” porque nada había para comer, quizás algunas escarchas de nieve o algún mugroso pan tirado al camino desde las residencias de la abundancia. Golda era la séptima de ocho hijos de una familia de origen judío. Mas para los que piensan que es exagerada la imagen de sus penurias y falta de alimentos, cinco de sus pequeños hermanos murieron por la pobreza y las enfermedades provocadas por la desnutrición. Como judía la pequeña también fue testigo de los “pogromos” o asaltos y linchamientos de las personas en los barrios judíos en Europa y que marcaron su vida. El panorama parecía tener dos alternativas: morir o fallecer. Pero su padre se inventó una tercera opción, “prefiero emigrar hacia los Estados Unidos”, dijo con voz de angustia. La hija del carpintero tenía diez años cuando pisó el suelo de Milwaukee, Wisconsin. Llegó como arriban casi todos los emigrantes, sin dinero y con el corazón lleno de sueños. Por lo visto comenzó venciendo el reto de una pobreza que sería parte de los duros recuerdos de una Ucrania que ya era parte de un corto pasado. Nada impulsa más el esfuerzo que el miedo a volver a un ayer de miseria, ese temor convierte ese esfuerzo en supremo, en profunda determinación de emprender una lucha en contra de todos los obstáculos, la vida de la niña judía se vistió de eterno desafío. La fotografía del rostro de Golda a los 12 años de edad anticipaba lo que sería su temperament ojos con mirada aguerrida y discreta. Boca de labios endurecidos pero de sonrisa cándida. Pómulos sagaces y resistentes como queriendo decir, “paciencia, tolerancia y paz si las circunstancias del juego lo permite, porque sino, habrá resistencia, combate y energía. De caminar pausado y fuertes pisadas. Ademanes militares de esos que impone la constante disciplina. Sin practicar deportes es una atleta, las interminables tareas del sustento eran agotadoras como una partida de fútbol. Del sueño a la realidad En Estados Unidos la jovencita de dieciséis años se puso en contacto con los líderes judíos del sionismo, pensamiento que propugnaba por juntar en un territorio específico los millares de judíos que estaban diseminados en todo el mundo formando una diáspora significativa y cuyo exilio al perder las tierras prometidas había durado más de tres mil años desde los tiempos bíblicos. Se planteaba que para hacer realidad ese sueño se debía abandonar las comodidades que se disfrutaba en los diversos países y retornar al espacio que en la segunda década del siglo XX era ocupado por el Imperio Otomano y que luego de la Primera Guerra Mundial pasó a ser una posesión inglesa bajo el título de Mandato Palestino Británico. Emigrar al espacio prometido de las Sagradas Escrituras era un reto, porque implicaba romper aquello que está hecho, deshacer lo establecido o sepultar la comodidad para resucitar la aventura. La decisión de marcharse al corazón del Cercano Oriente tenía la dimensión de una provocación a la voluntad y al espíritu de un emprendedor que debía abrirle espacio a lo incierto, a lo indefinido, a la duda para iniciar un destino nuevo sin saber que el fracaso es un factor determinante en el sendero de los exploradores del éxito. Golda decidió dejar atrás a Estados Unidos como quien corre de su sombra. No resulta fácil olvidar la comodidad brindada por la civilización para remontarse a la era del hierro, cambiar la amplia avenida por una estrecha vereda cubierta por la maleza significaba coraje del corazón. Esta acción implicaba para algunos -ya “acomodados”-, como descender del cielo al infierno. Sin embargo, solo la firmeza de una convicción posibilita esta hazaña. Pero no de una simple convicción sino de una anclada en lo más hondo de una conciencia de profundidad infinita. Lo que partió de Norteamérica hacia Jerusalén no fue una mujer en busca de un sueño sino una semidiosa empuñando la antorcha de una segura victoria. Y con esa voluntad como insignia ninguna lucha se pierde. Al llegar al centro de Jerusalén en 1924 acompañada de sus padres y su esposo Morris Myerson (sintetizado como Meir, así firma y se apellida Golda desde que se casó en 1919). Con esta planificada mudanza a Palestina la realidad se volvió un sueño y el sueño comenzó a trillar el dificilísimo camino de la realidad. Así lo testimonia en su interesante autobiografía “Mi vida”. Ciertamente, se sumaron dificultades e inconvenientes que al pasar de los días se volvieron amarguras que crecían igual que la yerba mala y la grieta por regresar nuevamente a Estados Unidos abrió espacio a la inseguridad. No obstante, Golda había templado su carácter en la fragua de una determinación sin retroceso. En su mente no había aviones ni trasatlánticos para girar a Norteamérica su inconmovible brío. “En la tierra de mis sueños se triunfa o se muere por los ideales”, sugestivamente expresaba Golda Meir para quién no existía el Muro de las Lamentaciones”, como tampoco existía en su ánimo boletas pre-pagadas para un cobarde viaje de retorno. La suerte estaba más que echada aunque el río Jordán no fuese tan profundo como el Rubicón. Centenares de judíos habían llegado al Mandato Palestino Británico en las primeras cuatro décadas de siglo XX, se asociaron en una federación de obreros, campesinos, profesionales, empresarios, comerciantes, mujeres y estudiantes, todos de origen hebreos. Buscan o esperaban la oportunidad para formar lo que el sionismo planteaba como meta sagrada, “constituir el Estado de Israel”. Golda Meir se convirtió en una de los máximos líderes de ese movimiento llegando a ser la primera mujer que dirigió esa federación. El nacimiento de Israel Ante el asombro del mundo árabe y el espanto de los palestinos, en el año de 1948 nace el Estado de Israel. En junio de ese año Golda Meir fue nombrada Embajadora de Israel en la Unión Soviética. Había abandonado hacía cerca de cuarenta años el país de su nacimiento para evitar morir de hambre. La vida le daba una lección positiva a ella y a todos los esforzados del mundo. Se nombró embajadora a la indoblegable voluntad y a la convicción de lucha de esta mujer ya con prestigio y fama continental, la ahora diplomática Golda Meir. Por su experiencia política, su dominio de varios idiomas (ruso, árabe, inglés, francés) y su activa inteligencia se desempeñó por una década (1956-1966) como ministra de Relaciones Exteriores. La diplomacia internacional abonó páginas sorprendentes en sus libros. Numerosos jefes de estados de los países más poderosos expresaron su admiración por la señora Meir, cuyas ejecutorias describían una verdadera maestra del arte elegante de la diplomacia. “Tras la muerte del Primer Ministro Leví Eshkol, en 1969, Golda Meir se convirtió en la «candidata de consenso» y fue electa para sucederle. En las elecciones de octubre de 1969, condujo a su partido a la victoria. Se convirtió en la primera mujer de Israel que llega a la máxima posición del Estado como Primer Ministro”, siendo la tercera mujer en el mundo en alcanzar tan alto cargo. Fuentes periodísticas subrayan que durante su gestión como Primer Ministro concentró gran parte de sus energías en el frente diplomático mezclando diestramente la diplomacia personal con el hábil dominio de los medios de comunicación. De su periodo de gobierno se recuerdan los ataques terroristas palestinos de 1972: el secuestro del avión Sabena el 9 de mayo, célebre porque en su liberación participaron dos jóvenes militares, futuros Primeros Ministros de Israel, Ehud Barak y Benjamin Netanyahu (este último lo es en los momentos actuales); la masacre del Ejército Rojo Japonés en el aeropuerto internacional el 30 de mayo, con un saldo de 25 víctimas; entre los cuales figura un turista dominicano. Y el asesinato de los once atletas israelíes que participaban en los Juegos Olímpicos de Munich, Alemania, el 5 de septiembre del referido año. En este último caso, Golda Meir ordenó a los Servicios de Inteligencia israelíes dar alcance a todos los involucrados en la «Masacre de Munich», en un operativo que dio en llamarse “Cólera Divina”, también se conoce como “Operativo Bayoneta” https://www.youtube.com/watch?v=eVcCU3xf904; la cual durante 20 años fue ejecutando en diversos países a los responsables del brutal hecho, y que fue llevado en el año 2005 a la gran pantalla de la mano del director Steven Spielberg, en la película “Munich”. Ante el aluvión de la crítica internacional la señora Meir respondió, “La paz llegará, cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Y añadió, “No nos regocijamos con las guerras. Nos regocijamos cuando desarrollamos un nuevo tipo de algodón, o cuando las fresas florecen en Israel”. ¿Quién pudiera negar que para los de Israel y otros que la admiraron, la memoria de Golda Meir igualmente florece como sus más dulces fresas?

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