Los curas, sin importar jerarquía, tienen ojos y oídos en todo el país. Conocen como convidados de acero, las penurias de los dominicanos, y en muchos casos, con los sacerdotes de soleta, vive en la misma casa del desamparado. De ahí la importancia de que la Conferencia del Episcopado Dominicano se dé cuenta de los graves problemas que tiene hoy la sociedad, y los exponga con voz de alerta. No son fraccionamientos nuevos, vienen de viejo, pero la Iglesia en ocasiones voltea la vista para no tratarlos. Es difícil para un pastor de almas no hablar y plantear la búsqueda de soluciones a la gran violencia que afecta a la sociedad dominicana. Las iglesias, pero en este caso de referencia la Católica, juega un rol trascendental y fundamental en la iluminación de las soluciones. Los conductores sociales no pueden ser indiferentes frente a la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones. Pero tampoco a los cuadros de miseria, al desempleo, la exclusión social y las falsas promesas. La Iglesia debe ir de frente ante estos males. Aunque trata estos temas, la Carta de la Conferencia del Episcopado luce tímida, demasiado conservadora. En ocasiones, ser conservador, es tomar parte con el dejar las cosas como están. Hay que ir a la raíz de los problemas y presentar soluciones. Hay críticos, dentro de la misma iglesia católica, que plantean que hay una amplia distancia entre el accionar de curas de barrio y la alta jerarquía. Puede ser, pero el pensamiento, el cerebro de esa iglesia, lo dicta la Conferencia, y luego la línea baja a las bases. Ser cristiano hoy, no es tomar la posición de ofrecer la otra mejilla. Demasiadas veces se ha hecho y nada se consigue. Es necesario abrir guerra abierta a la barbarie de la miseria y la mala distribución de las riquezas. Es buscar la unidad, respetando las diferencias políticas, intelectuales y económicas. Plantear justa distribución de las riquezas no significa terminar con los inversionistas, sino hacer más equitativa la relación abundancia y miseria.Con el Papa Francisco hay una nueva iglesia. La dominicana todavía sigue con viejos patrones, aunque a pasitos cortos, va dando brincos hacia adelante. La retórica de ahora, es igual a la de años pasados, se necesita redimir a Cristo con el verbo y la acción. La indiferencia es el peor pecado que puede cometer un cristiano. Estar a un lado de la balanza es un crimen contra ese hombre justo que murió en la cruz por los pecados de la humanidad. Para ser justo, hay que hincar las rodillas ante el desposeído y darle esperanzas.
El Episcopado Dominicano
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