POR RAFAEL PASIAN
Hay libros que describen una época, y otros que, sin proponérselo del todo, la delatan. El trabajo de Omar Furment –“Donald Trump: Empresario disfrazado de político”– pertenece a ambos.
Furment no escribe desde la ingenuidad. Su mirada reconoce en Donald Trump no una anomalía, sino un síntoma: el triunfo de la lógica del mercado sobre el lenguaje de la democracia. Trump, en su lectura, no es un error del sistema; es su consecuencia más cruda, su versión sin maquillaje institucional.
Y ahí radica uno de los grandes méritos del libro: entender la política como espectáculo corporativo, como extensión de la marca personal, como una sala de juntas donde las decisiones no se votan, se imponen. Furment descifra ese código con claridad, con pulso periodístico, con una prosa que no le teme a la simplificación cuando es necesaria para llegar al lector común.
Pero toda luz proyecta su sombra.

Desde una óptica progresista, el libro roza —y a veces evita— una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la política deja de ser un contrato social y se convierte en una transacción? ¿Quién paga el precio de esa eficiencia empresarial trasladada al Estado?
Porque si el poder se gestiona como una empresa, entonces inevitablemente habrá “costos operativos”, y esos costos suelen tener nombre y rostro: migrantes, trabajadores precarizados, comunidades históricamente marginadas.
Furment nos muestra el mecanismo, pero podría adentrarse más en sus víctimas.
No basta con entender cómo funciona el poder; hay que interrogar a quién sirve. Y ahí el libro, por momentos, parece quedarse en la sala de control, observando las palancas, sin bajar del todo al terreno donde esas decisiones se convierten en vidas concretas.
También se echa de menos una confrontación más abierta con otras tradiciones de pensamiento: la socialdemocracia, el progresismo latinoamericano, incluso las críticas internas al capitalismo contemporáneo. No para diluir su tesis, sino para tensarla, para obligarla a dialogar con quienes ven en Trump no solo un empresario eficaz, sino un riesgo estructural para la democracia misma.
Y, sin embargo, el libro cumple una función importante: incomoda. Nos recuerda que la política del siglo XXI ya no se libra únicamente en parlamentos, sino en narrativas, en branding, en percepciones moldeadas como productos de consumo.
Furment escribe sobre Trump, sí. Pero en el fondo escribe sobre todos nosotros: sobre una sociedad que aprendió a admirar al vendedor antes que al servidor público, al ganador antes que al justo.
Quizás la crítica más honesta que se le puede hacer al libro es también su mayor oportunidad: ir más allá del diagnóstico y atreverse a proponer una alternativa. Porque describir el poder es necesario, pero imaginar un poder distinto es urgente.
En tiempos donde la política se disfraza de negocio, hace falta algo más que desenmascararla: hace falta reconstruirla.
jpm-am

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