El dulce sueño de gaviota

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santiago de los Caballeros.

 

Ella estaba allí parada como una Venus frente a aquellas olas encrespadas que besaban dulce y reverentemente sus hermosos pies color de diana. Estaba allí precisamente para contarle sus secretos a la infinitud. Estaba ella vestida toda con su traje diáfano de negligé enseñándoles su belleza a los capitanes y a la marinería de las naos que cruzaban cautivados por aquellas aguas melodiosas de un color azulino, olor a alquitrán.

Era ella de mediana estatura, de cintura curva como aquel cuadro de la Venus del espejo que dibujó Diego Velázquez, el pintor más soberbio y grandioso del Siglo de Oro español. Con sus verdes ojos podía penetrar la profundidad del océano y ver las algas y apreciar el misterio de la evolución de los mejillones y la fuerza subacuática del mar y la furia de las olas desde que nacen en el fondo de la inmensidad hasta que caen fatigadas en las orillas.

Estaba ella parada con sus pies descalzos sobre la arena plateada de la playa, la que con el reflejo de la luz y los rayos del sol lucía tan hermosa que cuando se maridaba con el color azul del mar hacía que nacieran las más grandes emociones que humano alguno pueda imaginar.

Después de contemplar plácidamente el horizonte lejano y las naos que surcaban premiosas el inmenso mar comenzó a caminar por toda la orilla de aquel atractivo litoral muy abstraída, con su preciosa cabeza inclinada hacia abajo, como si mirara sus propias pisadas. Luego alzó su cabeza y fijó su vista en dirección a un infinito desconocido.

De pronto se detiene, colocándose sus dos manos en su curvilínea cintura de mujer sensual, observa detenidamente una bandada de pelícanos adultos con el cuerpo color café y sus plumas superiores con un lustre plateado montados sobre unas aguas azules las que asocia con el Caribe fantaseador.

Mientras camina moviendo rítmicamente su hermoso cuerpo y dándoles pataditas juguetonas a la arena plateada algo agradable la detiene. Gaviota inclina su cuerpo lentamente y recoge un caracol  o caparazón marino grande, se lo lleva a su oído derecho y oye el sonido agradable de unas olas. Sin embargo, ella recuerda haber leído sobre el simbolismo del caracol, al cual se le vincula con la alegoría de la luna y con las constantes transformaciones y evoluciones y con los dioses de los vientos, entre los que se cuenta Céfiros, dios del viento del oeste y mensajero de la primavera.

De los labios color carmín de la bella Gaviota brota espontánea una maliciosa y misteriosa sonrisa de mujer, como si dentro de esa monería se ocultase alguna ilusión amorosa de la que solo quedaron algunos radiantes recuerdos. En ese momento una brisa suave venida del mar toca su bronceada piel como si alguien a quien su memoria recuerda dulcemente  le susurrara al oído las letras de una hermosa canción de Abel Pintos que dices así:

«Sabrás que aún cuento los días y como estéis, donde estéis, estás en mi vida. Que soy cruel con mis errores eso lo sabes muy bien, muy bien me conoces. Pero nunca sabrás lo que duele tu nombre. No pierdo la fe y te sigo esperando. Me siento así, como un niño perdido que soñar no aprendió, no quiere jugar, soñar o llorar, ni sonreír sin ti».

Esos trozos generosos llegaron al alma fascinada de Gaviota como si fueran la representación mística de los versos de aquella recordada canción de Sandro, la que me permito transfigurar de Rosa envuelta en la Gaviota.

Su pensamiento de mujer romántica y soñadora, cuando se le veía vagar tan abstraída y además tan bella con sus pies descalzos sobre arenas blanquecinas, uno podía ponerle alas a la imaginación y volar como el poeta del deseo a lo incalculable de esas aguas ribereñas que encubren su enigma como si se tratara de aquella idea del eterno retorno de Nietzsche.

Gaviota mecía su cuerpo de un lado a otro como un balancín, mientras aireaba su cautivante figura golpeada por la brisa del poder de esas aguas que van y vienen como si aparecieran de otro mundo o de un lugar misterioso, como suponían los celtas. Camina unos pasos más y alcanza a ver una tortuga gigante que sale del mar e inmediatamente, siendo una joven mujer muy leída, su imaginación asciende rápidamente y encuentra el atributo de la tortuga en los pueblos africanos vinculado con lo irresistible y sensual.

Después que la bella Gaviota observa el paso lento de la tortuga decide sentarse sobre la plateada arena a contemplar el misterio del mar y las olas como queriendo algo desde lo profundo de su corazón. Luego recuesta su cuerpo sobre su espalda y sus ojos verdes quedan mirando fijamente el cosmos, como si en su fantasía quisiera descifrar la compleja asociación de lo físico con lo espiritual.

Mientras descansaba recostada sobre la arena con su pelo suelto Gaviota cierra sus ojos hermosos como si estuviera expresando dentro de sí sentimientos de un amor que si no está presente lo está en su alma. Dentro de esa estela de ensueño Gaviota crea una formulación de una figura varonil que la envuelve en un frenesí de un candor idílico embrujado y lleno de ternura. Ella siente que el cuerpo de aquel hombre viene a satisfacer sus ansias sobre su cuerpo y Gaviota se entrega de una manera sumisa y agradable, como llenada de placer hasta el supremo disfrute de la culminación de un amor subyugante y arrebatador, frente a capitanes deseosos que navegan en una nao febril.

Gaviota, en sus sueños, recostada sobre las arenas de aquel litoral se le ocurre evocar el sentido de lo febril que navega en las naos y musita en aquel casi celestial arrobamiento unas estrofas de un verso de la poetisa Stella Maris Taboro, como una maravillosa manera de llegar a la consumación de  su ensueño: «Los  días bailan, giran, escapan, sutiles, como las alas de una libélula que en su veloz vuelo no sabe adónde va. Los días se abren como una flor y yo aprendí a beber su néctar»

jpm

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