El derecho a transitar con mis gomas lisas

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EL AUTOR es escritor de temas cristianos.

Vivimos en un agitado y pendular movimiento que nos lleva veloz y constantemente a extremos que van de lo sublime a lo ridículo.  Un país donde las cosas más inverosímiles aparecen de repente ante nuestros ojos como si un genio del mal quisiera matarnos repentinamente de espanto o de asombro, y casi nos mata, pero no de esto, sino de la risa.

En pleno siglo XXI, a la sombra de las imponentes edificaciones de una metrópolis esplendorosa, en Santo Domingo, capital de este país caribeño, como si fuera una escena narrativa de nuestro celebrado realismo mágico, aparece un grupo de personas defendiendo de forma ardiente y militante su derecho a transitar por las calles y carreteras con las gomas de sus vehículos lisas.

Algunos podrían llegar a pensar que se trata de un absurdo alegato que busca la preservación del pavimento, proclive a la erosión y al desgaste como resultado del roce brusco de las capas estriadas que traen los neumáticos nuevos para lograr mayor agarre al momento de detener su rodaje.

No hay dudas que si los automóviles anduvieran sobre vejigas de cumpleaños el pavimento tendría mayor duración. Naturalmente, la duración y conservación de las personas que utilizan los vehículos sería menor, pero eso no importa, pertenecemos al top 5 en el ranking mundial de los países que pierden más vidas, tienen más lesionados y pierden más recursos en accidentes de tránsito, a consecuencia de los cuales hemos recogido más de 17 mil muertos en un período que va desde   el 2011 hasta esta fecha.

Es que los protestantes (no me refiero a los religiosos) no se dan cuenta de que se trata de un asunto   de sentido ciudadano, de riesgo colectivo y sentido común que, al final de cuenta, lo que se propone es implementar una de las medidas   preventivas que, junto a otras, busca reducir las cifras de muertes, lesionados y las cuantiosas pérdidas que en todo sentido genera esta gran cantidad accidentes de tránsito que tenemos a diario.

Qué país más folclórico, más insólito, más inexplicable. Reclamamos derechos que son risibles e inverosímiles. “El derecho a transitar con gamos lisas”, equivalente al “derecho a poner en riesgo la vida humana en calles y carreteras”. No sé en qué lugar pondrán los historiadores el contenido y el sentido de esta “lucha”, de esta caricatura ridícula.

Ya en la práctica hemos impuesto a conveniencia propia nuestras muy particulares reglas de conducir. Así, vías indicadas para circular en una sola dirección son utilizadas para transitar en ambos sentidos, mayormente por los conductores de motocicletas que no respetan la señal roja del semáforo, ni las demás normas viales que tenemos.  No sería extraño que, si al poner todo el rigor en la aplicación de la ley que esto requiere, tengamos protestas motorizadas en todas nuestras calles.

La sociedad dominicana se caracteriza por la violación a las normas o por incumplimiento a ellas. En este país no solo se viola la ley, sino que también hemos creado una cultura, hemos elaborado un marco de justificación e incentivado unos espacios de afirmación y protesta colectiva para desconocer la ley; incluso, hemos desarrollado algunos términos para esto. El calificativo “padre de familia” ha pasado a ser un argumento para justificar y desconocer las más elementales normas de orden colectivo.

El problema de esta manifestación, de esta marcha, es que releva y le da carácter al desconocimiento de toda autoridad, de toda medida regulatoria, de todo control, de toda norma de orden social. Las instituciones las concebimos para simplemente maquillar el caos, no para que regulen y contribuyan a organizar la vida en sociedad.

El derecho que queremos que prevalezca no es el derecho para construir el bien colectivo, es el derecho para deshacer, para destruir, para depredar y desconocerlo todo. Vivimos la vieja confusión de la libertad con el libertinaje. Estamos hablando del derecho a andar sin casco protector, el derecho a andar sin cinturón de seguridad, el derecho andar en las calles y carreteras del país con gomas lisas, sin importar el riesgo que esto implique.

Salir a protestar por el derecho a poner en riesgo su vida y la de los demás, no importa lo que se alegue, se trata de un absurdo, de un síntoma de una especie de locura colectiva, de una endemia social que da un mal indicio, de un cierto descalabro de la conciencia de conjunto que no puede explicarse de manera aislada y sucinta.

No me extrañaría si un grupo de juristas “notables” estuvieran encaminando una instancia al Tribunal Constitución para que legitime y se le dé carácter de aplicación inmediata, sin que nadie pueda evitarlo, al sagrado derecho de transitar en nuestras calles y carreteras con gomas lisas.

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