El demagogo y el estafador

Ridiculizados por un jovencito de veinte años, la sociedad española y, especialmente, la comunidad política y los organismos de seguridad del Estado, no consiguen explicarse como fue posible que, entrando por sus puertas desde la nada, el pequeño estafador Nicolás, lograra burlar la seguridad de los eventos más exclusivos de la élite del reino, incluido, por supuesto, el correspondiente a la proclamación, reciente, del Rey Felipe VI, a quien tuvo el privilegio de felicitar, personalmente, en ocasión del magno acontecimiento. Impecablemente vestido y utilizando, siempre, vehículos que sintonizaban con su falso cargo de asesor de la vicepresidenta del Gobierno y miembro de la juventud del gobernante Partido Popular (PP), dotado de las palabras encantadoras que adornan a los vendedores de ilusiones, antes de ser imputado la pasada semana por los delitos de falsedad documental, estafa y usurpación de funciones públicas, Francisco Nicolás se paseaba por los círculos empresariales y políticos, con la naturalidad de quien ha sido durante toda su vida parte de ellos. Sin embargo, después de leer la crónica de este precoz estafador y su irrupción en los salones de la alta alcurnia española se puede llegar a la conclusión de que, en lugar de escandalizarse, hipócritamente, la sociedad debería preguntarse: ¿quién hace más daño, este tipo de estafador que con su falsa posición afecta directamente a una cantidad limitada de personas, o el demagogo político que con su práctica engañosa estafa a toda la sociedad? En la antigua Grecia se consideraba como demagogo al hombre de estado o gran orador que tenía la habilidad para poder conducir al pueblo. Pero esta valoración positiva cambio a partir de que Aristóteles, por el contrario, calificara la demagogia como “la forma corrupta o degenerada de la democracia que lleva a la institución de un gobierno despótico de las clases inferiores o de muchos que gobiernan en nombre de la multitud” , al tiempo que definió al demagogo como “adulador del pueblo”. Para Giampaolo Zucchini “la demagogia no es propiamente una forma de gobierno y no constituye un régimen político sino que es una práctica política que se apoya en el sostén de las masas favoreciendo y estimulando sus aspiraciones irracionales y elementales y desviándolas de la real y consciente participación activa en la vida política”. A lo largo de la historia, demagogos como Adolfo Hitler, aprovechándose de situaciones históricas de sus pueblos, mediante el uso de la oratoria y de medios psicológicos instintivos, han provocado guerras absurdas que han llenado de sangre y dolor a la humanidad. Otros como Rafael Leónidas Trujillo, han sometido y tiranizado a sus pueblos, por largo tiempo, después de haberles prometido, para conquistar su apoyo, libertad y prosperidad. Como se ha podido apreciar, en el pasado el demagogo tenía que ser un buen orador para cautivar a las masas, mientras que en la actualidad con una adecuada estrategia de marketing, mediante el uso eficiente de los medios de comunicación, un gobernante puede ser un gran demagogo sin tener que pronunciar un solo discurso. La relación, muchas veces masoquista, existente entre el gobernante demagogo de hoy y la masa, es la consecuencia de la aplicación de nuevas técnicas de persuasión y manipulación que adormecen a la sociedad.

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