¿Debate en TV, para qué?

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El autor es comunicador y diplomático. Reside en Honduras.

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        Primero fue el verbo, dice la Biblia. Pero nunca el teoricismo   o la simple estrategia electorera, agrego yo.

 

Con el discurrir del tiempo, las elecciones casi a nivel mundial tienen  un libreto por el cual se manejan los estrategas de campañas. Hay tan poca creatividad que en casi  todos los lugares se acude con  las mismas monsergas, teniendo solo como producto el empobrecimiento en  la confrontación de ideas.

 

Luego del aburrido guion electoral que resulta en la práctica  ser el debate en televisión, los estrategas electorales partidarios  únicamente logran la vigencia del candidato o candidata por el cual o la cual trabajan,  e imponerle su  agenda al contrario.  Regularmente, ante coyunturas desfavorables a la candidatura, las oficinas proselitistas hacen denodados esfuerzos en polarizar las principales fuerzas electorales  con absurdas estrategias, todo eso luego de convencerse de que  las frías estadísticas le desfavorecen.

 

Muchas discusiones televisivas están en crisis total. Un ejemplo de esto lo representa  el penoso debate del bipartidismo  antes de las últimas elecciones en España, el cual   no pudo contener la irrupción de nuevos actores y actrices en la  actual coyuntura política ibérica. En Inglaterra por igual. En Estados Unidos los actuales debates entre candidatos republicanos y demócratas son un gran negocio para las cadenas televisivas que los transmiten, al extremo de que una cuña o comercial  en esos careos  preelectorales norteamericano  cuesta 200 mil dólares.

 

Nuestro país no debe tomar muy en serio  esta “moda” que en nada aporta  al desarrollo de la democracia. En este momento la nación es espectadora de un gran debate en donde cada aspirante está  en su esquina dentro del cuadrilátero exponiendo en los medios de comunicación sus pareceres sobre la forma de gobernar para el bien común. El pueblo pondera las discusiones de ideas, programas y realizaciones de los candidatos y candidatas sin la tediosa y excluyente  necesidad de acudir a un plató a someterse a las preelaboradas preguntas que han sido respondidas hasta el hartazgo en el día a día de la campaña  y con mucha antelación.

 

¿Quién en su sano juicio concibe que un debate solo es realidad cuando los candidatos y candidatas se ven la cara en televisión? Si solo a eso se le puede llamar debate, pues entonces hay que ir en rescate de la verdadera y rica  acepción de debate.  Y es que  realmente el debate está en curso en los actuales momentos. El debate es una categoría dialéctica, en constante movimiento, percibida por la población a cada instante.

 

El debate entre los candidatos Danilo Medina y Luis Abinader se está realizando. El pueblo le da seguimiento pie juntilla. No es necesario escenario alguno. El contexto en que se desarrolla la confrontación de ideas de los y las aspirantes  es la cotidianeidad.

Si se le pregunta a alguien sobre  las ideas y programas a ejecutar por Danilo Medina, ipso facto respondería su  visión desarrollista y reformadora, con una praxis tangible de realizaciones estatales insoslayables. Sobre Luis Abinader, el debate diario lo sitúa como carente de programa, y también un candidato   quien no ha podido esbozar conceptos gubernamentales que les  permita convertirse en una real opción de poder.

 

De ahí es que todo el que propugne por un insulso careo de cuarto frío entre candidatos y candidatas, solo tiene como propósito salir de la debacle que hasta el momento le presentan los inequívocos  números estadísticos que le adversan.

 

Los sectores que azuzan por el susodicho y famélico  debate  pasan  por alto el verdadero debate que se desarrolla actualmente, en donde ejecutorias y conceptos se conjugan para someterse a la consideración de la gente que a la postre será la que decidirá con su voto en las urnas el próximo domingo 15 de mayo.

jpm

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