La intervención militar de Estados Unidos del 3 de enero de 2026 y las decisiones adoptadas posteriormente por el gobierno de Delcy Rodríguez han abierto una controversia política de gran alcance sobre el rumbo de Venezuela. En el centro del debate confrontan dos interpretaciones opuestas: si la estrategia responde a una maniobra de supervivencia política o si, por el contrario, constituye una capitulación ante el imperialismo.
Como punto de referencia histórico las partes evocan el Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918, uno de los acuerdos de paz más controvertidos de la historia moderna. Dicho tratado puso fin a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial y permitió al gobierno bolchevique retirarse del conflicto, aunque a un costo territorial, económico y político extremadamente elevado.
Ante el peligro inminente de colapso del poder soviético, Lenin impuso su criterio y defendió aceptar condiciones profundamente desfavorables como un mal necesario para preservar el nuevo régimen. Se trataba, en sus palabras, de una paz “increíblemente dura, rapaz y humillante”, asumida en un contexto de agotamiento social y ausencia de capacidad militar, lo que condicionó de manera decisiva la decisión adoptada.
El dilema venezolano en perspectiva histórica

Este antecedente ilumina el dilema actual venezolano y permite establecer un paralelo analítico, aunque no mecánico, entre contextos históricos distintos. En el caso presente, también se enfrentan dos posiciones claramente diferenciadas: una que interpreta las decisiones como un repliegue estratégico condicionado por la correlación de fuerzas y otra que las considera expresión de una lógica de claudicación frente a la presión externa.
Desde la primera perspectiva, un análisis centrado en la correlación real de fuerzas sugiere que no estamos ante una capitulación, sino ante una maniobra de supervivencia política en condiciones adversas. Se trataría de la adopción de medidas excepcionales en una coyuntura límite, donde la preservación del proyecto bolivariano se impone como prioridad frente a debates doctrinarios o consideraciones de coherencia ideológica.
Por el contrario, otra lectura sostiene que los acontecimientos recientes deben interpretarse como expresión de una “lógica de la claudicación”. Desde este enfoque, Venezuela atravesaría una fase de entrega nacional sin precedentes, caracterizada por una creciente subordinación a los intereses de Estados Unidos y por la pérdida de control sobre sectores estratégicos, lo que apuntaría hacia una reconfiguración más profunda del modelo político.
Reconfiguración del escenario y lecturas en disputa
La intervención militar estadounidense y el abrupto cambio en la conducción política de Venezuela han reconfigurado el escenario regional, desplazando el debate en la izquierda mundial. Ya no se trata únicamente de defender o criticar el proceso, sino de interpretar el sentido de las decisiones adoptadas en este nuevo contexto, marcado por negociaciones con Washington y por una redefinición de las prioridades políticas inmediatas.
En ese marco, el levantamiento de sanciones, los acuerdos energéticos y las medidas de amnistía han sido leídos de manera divergente por distintos actores políticos y académicos. Para algunos constituyen una adaptación pragmática a una correlación de fuerzas adversa, mientras que para otros representan un giro que altera el sentido original del proyecto, lo que intensifica la discusión a medida que avanzan los acontecimientos.
El debate, sin embargo, trasciende el ámbito venezolano y se proyecta sobre América Latina y otras regiones, convirtiendo la coyuntura en un punto de referencia para analizar la relación entre soberanía, intervención externa y viabilidad de proyectos políticos bajo presión internacional. En ese sentido, la experiencia venezolana adquiere una dimensión que excede su propio contexto nacional.
Tensiones estratégicas en la izquierda internacional
Una corriente de análisis interpreta las decisiones adoptadas como un repliegue táctico frente a una correlación de fuerzas desfavorable, situando como prioridad evitar la desarticulación total del Estado. Desde esta perspectiva, las concesiones serían instrumentos temporales orientados a preservar capacidades estratégicas, reducir la presión externa y generar condiciones para una eventual recomposición de fuerzas en escenarios posteriores.
Otra corriente sostiene, en cambio, que no se trata de una maniobra táctica sino de una transformación del carácter del proyecto político. La apertura a capitales externos, el acercamiento a Washington y la cesión en sectores estratégicos serían indicios de una reconfiguración estructural, lo que podría debilitar los fundamentos ideológicos del proceso y afectar su capacidad de sostener una política autónoma en el largo plazo.
El intercambio de posiciones revela una tensión histórica en la izquierda mundial respecto a cómo enfrentar contextos de presión externa sin sacrificar principios ni perder viabilidad política.
La coyuntura venezolana actúa como catalizador de esa tensión y obliga a replantear la relación entre realismo político y coherencia ideológica, en un debate que permanece abierto y en evolución.
jpm-am

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