Los procesos sociales y políticos tienden a definir su curso y marcar el rumbo por donde una nación quiere marchar, y es casi imposible que se les pueda detener.
En la República Dominicana hemos vivido etapas en las cuales, electoralmente hablando, más o menos, se ha perfilado anticipadamente lo que pudiera suceder.
En 1978 nuestro país venía de una etapa de grandes con convulsiones sociales y políticas, marcada con un Gobierno cuyo sello distintivo era el autoritarismo, violaciones de los derechos humanos y las libertades públicas, producto de los cuales—hay que decirlo responsablemente—estaba en el constante asedio de grupos revolucionarios.
La Guerra Fría, en su esplendor más desgarrador, trazaba las pautas y la conducta de los Gobiernos latinoamericanos, entre los cuales destacaba la administración del doctor Joaquín Balaguer.
Sin embargo, en las elecciones de aquel año, con un país económicamente estable y en crecimiento, con menor represión que los 12 años previos, estalló la ola contra el doctor Balaguer, y a pesar de contar con todo el poder, utilizar a los militares y policías en campaña abierta, aquella marea se lo llevó.
“Le cogemos la fundida y no somos reformistas”, fue la consigna que terminó con doce años de Gobierno de uno de los dominicanos, hay que decirlo, más ilustres en toda su historia.
“Cambiamos La Sorbona del presidente Balaguer por el bachillerato incierto y lejano de Antonio Guzmán”, se lamentó en algún momento de aquellos aciagos días el doctor Marino Vinicio Castillo. Pero ya la ola había hecho su trabajo.
Años después, en 2004, el país se montó en la ola del “E’pa fuera que van”, capitalizada por el Partido de la Liberación Dominicana cuyo candidato presidencial, Leonel Fernández, era el rostro de un clamor popular sin fin.
La nación estaba patas arriba en materia económica con la ruina de casi todos los sectores productivos y la mayoría de la población, literalmente, con una soga al cuello. ¿Qué daba aquella consigna? La salida sin alterativa posible del Gobierno de Hipólito Mejía.
¿A qué viene todo lo anterior? A que estamos viendo un comportamiento parecido frente al PLD. Los movimientos que están surgiendo—arreglados o espontáneos, eso no importa al fin y al cabo—en espacios de concurrencia masiva como estadios, conciertos o fiestas, guardan mucha similitud con las dos olas reseñadas anteriormente.
Que la cúpula peledeísta lo quiera minimizar partiendo de que la fractura en el PLD no es importante, es cosa de ellos, pero la realidad cotidiana evidencia otra cosa.
Se pierden en la bruma al calcular del PLD “sólo se ha ido un 10%”, sin analizar el hecho social en sí y que sus posibilidades disminuyen cada día.
JPM


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