¿Cuál es mi órbita?
Por EDWIN PANIAGUA
Siempre se nos ha explicado que la órbita es la curva que describe un cuerpo alrededor de otro en el espacio, especialmente un planeta, cometa, satélite etc., como consecuencia de la acción de la fuerza de gravedad.
Dicho de otra manera, órbita y gravedad son dos conceptos vinculados: la órbita es el movimiento; la gravedad, la atracción. Nosotros, como humanos, con frecuencia giramos en torno a sí mismos.
La Academia indica que el egoísmo es un ‘amor exagerado a sí mismo’. Es inevitable pensar aquí en Narciso. En la mitología griega, Narciso era un joven muy hermoso. Las doncellas se enamoraban de él, pero eran rechazadas. Entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco (castigada con repetir las últimas palabras de otro).
Un día, Eco se acercó pensando en conquistarlo, pero él la despreció porque ella no superaba la hermosura de él. Devastada se ocultó en una cueva y allí se consumió, hasta que sólo quedó su voz. Para castigar a Narciso, Némesis (la diosa de la venganza), hizo que se enamorara de su propia imagen, reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde cayó su cuerpo, creció una hermosa flor.
Jesús propuso: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». En esta simple sentencia está inmersa toda la profundidad del ser humano. El amor que es la aspiración más sublime y, de manera simultánea, la necesidad más recurrente: parte de mí, pero va hacia otros. Tan sencillo como eso. Somos en la medida en que nos damos. Existimos mientras nos gastamos; como la vela, iluminamos mientras nos consumimos.
El hombre que solo piensa en sí mismo, en la relación sexual, será impotente: es incapaz de proporcionar placer a su pareja porque solo está pensando en el suyo. Similar a Narciso, se ahogará en su placer. Ninguna amistad se fortalece por los beneficios unilaterales recibidos, sino por lo opuesto: los brindados.
Vivimos en la Era de la Depresión. Nos sentimos inútiles y no es para menos. Los celulares y las tabletas son microgalaxias en las cuales gravitamos: mi grupo, la selfie (la foto mía, tomada por mí), mi Facebook, mi Twitter, mi correo, mi carro, mi casa, mi… Nos sentimos inútiles porque vivimos para sí mismos. Primero yo; luego, yo y si sobra espacio: yo, otra vez.
Felicidad proviene del latín felix ‘feliz’ e īcis ‘que tiene o que causa’. Nos deprimimos porque la felicidad no se cultiva hacia dentro, sino a la inversa. Es feliz el que hace feliz. El egoísmo, el culto al yo, es una ruta equivocada. Como dice un amigo: «La palabra lo explica: si seguimos la pronunciación, será “feliz si da”». Se decía que un árbol era felix, si estaba cargado de frutos. ¿Los frutos son para el árbol?
Como recoge la espiritualidad china, el Infierno es una montaña de arroz, ante la cual las personas se pasan la eternidad hambrientos: tienen palitos gigantes y, por ello, no pueden llevarse la comida a la boca. El Cielo es la misma montaña de arroz, con palitos gigantes, pero en este caso, las personas están saciadas: como los palitos son tan grandes, se alimentan mutuamente. Que Dios nos conceda la gracia de escapar del maleficio de Narciso: el egoísmo, y encontrar la verdadera felicidad: el servicio.

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