El conflicto dominico-haitiano que surgió con motivo de la construcción de un canal en el vecino país que desviará el caudal del río Masacre, el cual nace en territorio dominicano y luego se hace limítrofe con Haití, ha tomado unos ribetes insospechables.
Lamentablemente, las acciones vistas hasta ahora en ambas partes envueltas en el conflicto no generan mucho optimismo de que las cosas pudieran solucionarse, por lo menos, a corto plazo.
Pareciera como si cada quien estuviera, de manera cónsona, extendiendo las diferencias hasta el año entrante que están llamados, ambos países, a celebrar elecciones para elegir el nuevo Presidente, o Primer Ministro.
Conscientes, en ambos países, de que el tema de la nacionalidad y la soberanía unifica y envalentona a la población, tanto haitiana como dominicana, los políticos de ambas naciones han estado interesado, más que en resolver el conflicto, en sacar provecho político, procurando posicionarse con decisiones muchas veces desacertadas e improvisadas, pero que ellos entienden que les pudiera generar simpatías.
Por una parte, los líderes políticos de Haití han enarbolado el nacionalismo mediante el apoyo, casi a unanimidad, de la construcción del canal que desvía el río masacre cinco kilómetros hacia el territorio haitiano.
Han mantenido firme su posición, incluso, hasta en la OEA cuando el pasado día 11 de octubre en una reunión en la sede de dicha organización se procuraba una salida amigable al conflicto.
Luego de haber dispuesto el gobierno dominicano la apertura de la frontera, las autoridades haitianas han decidido mantener la suya cerrada, bajo el pretexto de que, entre otras cosas, los productos dominicanos deben presentar certificaciones de calidad de algún organismo internacional.
Igualmente, exigen que la apertura de la frontera no sea parcial, sino que abarque el intercambio de la totalidad de productos que se venían dando antes del cierre.
Todos los políticos haitianos, los del oficialismo y la oposición, entienden que el no pronunciarse a favor del mantenimiento de la construcción del canal, les podría generar impopularidad y eso se podría reflejar en su posicionamiento electoral para el próximo certamen.
Ocurre igual del lado de la República Dominicana. Con el agravante de que ciertos sectores, incluyendo el Gobierno, han venido realizando, incluso, marketing político con el tema.
Esos niveles de emotividad e improvisación con el que se ha manejado el tema, pretendiendo lograr posicionamiento en el electorado para las próximas elecciones, han sido las causantes de que las cosas hayan tomado el giro que hasta el momento muestra.
Por lo visto, no hay la menor intención de resolver el conflicto por la vía diplomática, y así lo ha manifestado el Canciller, quizás porque ello no genera ruido, y lo importante para ambos países es simplemente eso, mantener una especie de circo electorero hasta las próximas elecciones.
He tenido la oportunidad, incluso, de escuchar a los promotores de la candidatura del Presidente Abinader celebrar con júbilo el hecho incierto de que después del conflicto con Haití, éste ha aumentado en la preferencia del electorado.
Las acciones un tanto desbordantes y desproporcionadas llevadas a cabo de parte del gobierno dominicano militarizando excesivamente y cerrando la frontera, fueron apresuradas y populistas, debiendo previo a ello agotarse las vías diplomáticas para solucionar la crisis, si verdaderamente se tuviera interés de solucionarlo.
Partidos políticos de distintos signos ideológicos, en ambos países, han rivalizado en presentarse como los auténticos defensores del patrimonio y la soberanía nacional.
Hasta el presidente dominicano ha estado enarbolando como uno de sus logros el hecho de haber logrado “seguridad” en la frontera. Vaya usted a ver.
Incluso, ha llegado a asumir un discurso agresivo y amenazante contra los haitianos, lo cual entiendo, no contribuye en nada a la solución del conflicto mediante el diálogo, por el contrario, envalentona y unifica aún más al pueblo haitiano. La prudencia debe imponerse siempre en una diplomacia moderna.
Me atrevo a asegurar que el interés del gobierno por hacer paralizar la construcción del canal en Haití, más que procurar dar una solución seria y responsable a la crisis, es el de presentar ese hecho como un trofeo para mostrarlo en el próximo torneo electoral de 2024.
Debemos apostar, en ambos lados, por dejar a un lado la politiquería y asumir el tema con mayor nivel de responsabilidad y sensatez, si en verdad queremos darle feliz término a la crisis.
jpm-am


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