Bailes y Buffet en la Era de Lilís

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EL AUTOR es sociólogo. Reside en Santo Domingo.

EN SU DISCURSO DE ingreso a la Academia Dominicana de la Lengua en 1975, el ilustre historiador domínico venezolano, por demás sancarleño de la 16 de Agosto, don Carlos Larrazábal Blanco –padre de la genealogía en nuestro país con su monumental obra Familias Dominicanas en nueve volúmenes- pondera las bondades de la obra narrativa de Tulio Manuel Cestero. De cuya glosa versa la presente columna dedicada a reseñar los bailes caseros y populares que se verificaban en la vieja urbe y el correspondiente acompañamiento de vituallas, desde el aristocrático buffet del Club Unión hasta la fritanga proletaria de barrio de las alturas suburbanas.

Nos dice certero Larrazábal en su prosa suelta, refiriéndose al tríptico narrativo formado por La SangreCiudad Romántica y Sangre solar. “Da gusto leer las obras cesterianas, cómo se regodea con los recuerdos de cosas que afectaron su niñez, su juventud y su plena adultez. El habla popular se le quedó grabada en sus oídos. La socarronería y marrullería campesinas las sorprende y las fija. Desfilan delante de él el hombre simple del campo y el de los villorrios y ciudades, con sus virtudes y sus defectos. Contempla a la mujer, flor y abeja en sus hogares, dispuesta al sacrificio… Añora Cestero los tiempos coloniales en presencia de los vetustos edificios y las imponentes ruinas, bellas y tristes herencias de piedra. Refiere aconteceres políticos y de la sociedad: las desastrosas guerras civiles con sus hechos salpicados de sangre…”

“Cestero se adentra en los hogares. De la sala, donde suele existir un paso de novios, pasa al comedor; de aquí, olfateando los olores que emergen de los calderos, pasa a la cocina donde quisiera morder una buena pechuga de pollo. En el jardincillo contempla las flores y al fondo del patio advierte un gallinero… Se anda por los ventorrillos de los barrios, contempla a los muchachos en su juego de bolas. Baila aquí y allá, se disfraza en los carnavales, lanza cascarones de huevos llenos de aguas de olor en el juego de San Andrés. En fin, Cestero se sumerge en su tiempo y en su espacio. Pasa por el tamiz del trato con seres vivos y por el de las cosas viejas y muertas, para mostrarse ante su patria como un hombre que acendradamente la amó.”

En uno de los pasajes de su novela La Sangre, Tulio Manuel Cestero retrata magistralmente la escena de la parte gastronómica de la fiesta de disfraces celebrada con motivo del 27 de febrero en el selecto Club Unión, con la asistencia sobresaliente del Presidente Ulises Heureaux, quien prodigaba galantería a su paso por los salones del principal centro social capitalino. Detallando algunas de las exquisiteces a las que estaba habituada la élite de la ciudad de Santo Domingo a finales del siglo XIX.

“El buffet se abre luego de la medianoche. Con el ímpetu con que el ganado se escapa de los corrales tras el ordeño, desbordándose de los potreros, la multitud lo invade, atropellándose. Un viejo, sin desguantarse, para no perder tiempo, traga pastelitos y emparedados; la grasa mancha la cabritilla y con la boca atestada, previene a los vecinos: ‘coman turcos, muchachos, que están número uno’. Los pies aplastan melindres, dulces, aceitunas, caídos de manos impacientes. En la primera embestida, dos tinajones de frutas cristalizadas desaparecen. Por la escalera de servicio, al soslayo va un galán escondiendo bajo las faldas de la levita un pudín de dos libras. Por el balcón, amigos complacientes, arrían a los que están en la calle botellas de champaña. Las mamás olvidadas, se indignan contra los gandíos que no las sirven. En su tiempo, afirman, no era así.”

Fuera de este ambiente, representativo del segmento de clase más elevado de la sociedad urbana, Cestero se ocupa en Ciudad Romántica de ampliar la gama de estilos recreativos correspondientes a otros sectores sociales y a otras situaciones en las cuales el baile también constituía la actividad por excelencia. Durante las fiestas patronales –luego de las alboradas, de las competencias de palo ensebado, de pollo enterrado, de carreras de sacos y lidias de toros-, “el baile es la fiesta exclusiva, y rara es la reunión que no termine dándose vueltas al compás del piano. A los sones del güiro y el pandero, excitados por el clarinete, olvidan los dominicanos penas y peligros.”

En estas oportunidades, se desarrollaban dos tipos de bailes: los caseros y los públicos. De los primeros nos dice Cestero lo siguiente:

“La casa escogida, se distingue por la abundancia de luz. El entarimado ha sido pulido por la escoba y regado con estearina rallada. Las sillas se alinean a lo largo de las paredes. En aposento contiguo acampan las mamás, ocupadas en enredar la madeja de la murmuración. En los intervalos, las muchachas se pasean en torno de la sala, del brazo de los galanes. Pequeñas, pálidas, vestidas con sencillez no desprovista de elegancia, en las pupilas el fuego de las pasiones que las uncen al esposo como esclavas voluntarias o les permiten esperar años y años el cumplimiento de una promesa matrimonial. Sal, flor de la tierra. Virtuosas, sentimentales, incansables en las faenas del hogar, guardan en las entrañas promesas de venturas y maceran con zumos exquisitos los caracteres masculinos. Cuando la danza desgrana sus notas voluptuosas, las manos se oprimen, los cuerpos se acercan, pero la honestidad femenil y el recato de caballero velan las brasas, imprimiéndole a los giros cierta languidez graciosa.”

“Mas el cuadro es otro en los bailes públicos extramuros, donde se ayuntan parejas ebrias de licor y lujuria, y los cuerpos se mueven con sabios ritmos de prostíbulos; y en la linde del monte, en la colina de Galindo, el baile indígena es adulterado por maneras importadas, y al son del cuatro, y del acordeón y de tambor hecho de tronco hueco cubierto en uno de los extremos de una piel de chivo tensa, sobre la cual manos expertas golpean; en atmósfera infame, cual en los claros de las selvas africanas, la danza quema las carnes, hace frenéticos los movimientos, las parejas se enlazan y separan, zapatean sobre el piso de hormigón, treman los pechos de las hembras y remolineando los vientres se unen con sacudimientos epilépticos.”

Nuestro autor se detiene en el relato del avituallamiento de tanto cuerpo sudoroso por el fragor del baile, hambriento y sediento. Describe con precisión que me devuelve a la cocina amable de mi querida abuela Emilia Sardá Piantini cuando hacía pastelitos o empanaditas de catibía para la cena, en el San Carlos parroquial que se nos fue.

“Frente a las casas en fiesta, la industria abre tienda, a veces al aire libre. El caldero de hierro chirría la grasa de cerdo; en tabla a manera de mostrador, se asocian botellas de cerveza y de ron, vasos, pan, queso y confituras. Inclinada sobre la mesa pulcra de pino, las mangas recogidas en los molleros, una mujer blanca, mulata o negra, extiende con un bolillo masa hecha de harina de trigo o de yuca y luego la corta en hojas, bordeando un platillo invertido. En una de estas, pone una cucharada de relleno de carne picada, huevos, aceituna y pasas, que cubre con otra repulgándolas, y uno a uno, sumerge los pastelitos en la hirviente grasa hasta que se doran e inflan. Las doce es la hora de los sancochos, el santo más popular entre los dominicanos: en la amplia olla cuecen hasta formar caldo espeso, gallina o pavos (hurtados en los patios vecinos), trozos de plátanos, de ñame, yuca, ahuyama, batatas y mazorcas de maíz; plato rico, que los señores académicos de la lengua, no han saboreado nunca.”

Como decía Juan Antonio Alix, en una de sus salerosas décimas, al referirse a los llamados “bailes de empresa”, organizados en salones de fiesta propios o rentados por los denominados “empresarios”, en el Santiago de finales del siglo XIX e inicios del XX: “El que llega con dinero/ y sabe de cosa buena/ la barriga se la llena/ de licores sabrositos/ los dulces más exquisitos/ y una magnífica cena.”

De esta forma, la afición por el baile como forma meritoria de interacción social –tan arraigada en la sociedad dominicana- se combinaba felizmente con una esmerada atención a los placeres de la gula. ¡Válgame Dios! ¡Cuánta felicidad!

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