POR YANET GIRON
La paralización del Metro de Santo Domingo el pasado lunes dejó algo más que retrasos: dejó una pregunta ciudadana que se repetía en estaciones y andenes, ¿van a mandar las OMSA? No era una inquietud improvisada. Era la expectativa de usuarios que recuerdan esos apoyos activados en otras contingencias. Por eso su ausencia visible llamó la atención. Y por eso el tema merece discutirse.
Durante horas, miles de pasajeros permanecieron en espera mientras el servicio no se restablecía. En medio de esa incertidumbre, muchos aguardaban la activación de autobuses de soporte como respuesta de contingencia. No ocurrió de forma perceptible para los usuarios. Y esa realidad abrió un debate legítimo: si ese mecanismo ha funcionado antes, ¿por qué no se vio el pasado lunes? Esa pregunta merece respuestas.
No se trata de desconocer que una falla eléctrica puede alterar cualquier operación. Se trata de preguntarse si, ante una interrupción prolongada, debió activarse un protocolo de alivio para los ciudadanos afectados. Porque un sistema masivo no solo se evalúa cuando opera normalmente. También se mide por cómo responde en crisis. Y ahí la contingencia es parte del servicio.

Las llamadas OMSA de apoyo han sido recordadas por muchos usuarios como recurso útil en momentos excepcionales. No son rutas ordinarias ni deben confundirse con corredores regulares. Su valor está precisamente en servir de respaldo cuando el Metro enfrenta interrupciones. Por eso sorprendió que tantos ciudadanos las esperaron … y no las vieran llegar. Ese detalle no es menor.
Más que una crítica, este episodio plantea una reflexión sobre gestión pública. ¿Se activó algún protocolo que no fue visible? ¿No aplicaba para esa contingencia? ¿Hace falta revisar los mecanismos de respaldo? Son preguntas válidas. Porque cuando miles de personas quedan varadas durante horas, el debate sobre respuesta institucional es inevitable.
La discusión no es si hubo una falla; eso está claro. La discusión es si el ciudadano contó con el alivio esperado mientras esa falla persistía. En una ciudad cada vez más dependiente del Metro, la previsión no puede verse como accesorio. Debe ser parte esencial del sistema. Y eso incluye respuestas para emergencias.
Lo ocurrido el pasado lunes deja una reflexión simple pero poderosa: cuando el Metro se detiene, la respuesta no debería detenerse también. Si los usuarios preguntaban por las OMSA, es porque reconocen en ellas una solución posible. Quizás por eso la pregunta sigue en el aire. Y merece respuesta pública: ¿dónde estuvieron las OMSA alimentadoras del Metro cuando los usuarios las esperaban?
jpm-am

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