Así con ese título –“El retiro”- el periodista Aristófanes Urbaéz, el pasado jueves en el Listín Diario, anunciaba su retiro de la vida pública con una lacónica columna llena de desencanto y pavorosa desilusión: “La falta de palabras de algunos que creí con devoción como buenos, empollaran puros basiliscos; y de otros, deplorables seres humanos devenidos en ahuizotes que tras cualquier paso bien intencionado, aparecen cual pared, me impulsan hoy a dejar la vida pública”. Y agregaba con innegable dignidad, “No arrastraré mi humanidad ante nadie. Aprendí teatro y leo teatro, pero no sirvo para “teatrero”.
Si digo que he conocido o que conozco al periodista Aristófanes Urbaéz, hablo mentira, pues solo lo divisé una vez –creo en el 2006-07, no preciso- en el antedespacho del hoy Presidente Danilo Medina cuando era ministro de la presidencia. Sin embargo, a través de su columna –y por más de diez años- he mantenido una suerte de diálogo-encuentro con él; claro, unas veces de lectura-identificación plena y comprensiva, y otras, lo admito, filosófica-laberínticas, en donde no lograba descifrarlo, entre otras cosas, porque para leerlo, y casi siempre, hay que agenciarse algo de semiótica, pero sobretodo, de gramática y lectura comprensiva, disciplinas estas últimas en las que no soy siquiera aprendiz, digo, si se trata de seguir su vuelo e impecable prosa.
En el 2011, publiqué un garabato-libro “Oficio de loco” en el que inserté un artículo sobre nuestros columnistas nacionales, según mi opinión, de obligatoria lectura, y entre ellos estaba, por supuesto, Aristófanes Urbaéz a quien resaltaba-definía en estos términos: “…por su agudeza, profundidad y su interés de no mezclar a los mansos con los cimarrones”. Algo que sigo sosteniendo.
Desconozco –aunque quedan explícitas en su columna del pasado jueves- las razones últimas que hayan desencadenado tan triste y doloroso anuncio (que no es la primera vez, si mal recuerdo); pero quizás este otro párrafo suyo nos oriente en otra dimensión-razón más mística y confesional de su retiro, oigámosle: “Traté de ser una fuente de agua mansa con todo el que se me acercaba, familiar o no. Lo sabía, por el arsenal de adagios de mi santa madre Emperatriz”.
Finalmente, no soy quien –más que un simple lector suyo- para pedírselo, pero ojalá que el Roedor reconsidere este “retiro”, y retome su fusil-pluma hasta que Dios y su “santa madre Emperatriz” les llamen. Y no cuando toque o esté tocando “…la probable ingratitud…” humana.

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