Anécdotas políticas de aquí y de allá (I) 

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EL AUTOR es abogado e historiador. Reside en Santo Domingo.

América Latina, y particularmente el Caribe insular, han sido a través del tiempo una fértil cantera de anécdotas generadas por las actividades políticas o sus colindancias. 

Tal vez la acumulación de hechos extraños en esta parte del mundo viene desde antes de que causara estupor una mano cercenada del conquistador español Lope de Aguirre, consumado criminal que cometió inmensas matanzas en búsqueda de un lugar legendario que desde el siglo 16 hasta la centuria del 19 se creía que estaba repleto de oro. Lo ubicaban en la inmensa sabana de Bogotá y zonas aledañas. 

A ese sitio mágico se le llamó en los relatos de españoles e indígenas como El Dorado. Lope de Aguirre luego se rebeló contra los jefes coloniales. Ellos  ordenaron su muerte y descuartizamiento. 

El gran escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, en su relato “El Camino de El Dorado”, hace una radiografía amplia de ese personaje.  

Algunos autores han narrado la biografía de Lope Aguirre de manera tan variada que pueden llevar a los lectores desprevenidos a la más absoluta confusión. 

Pasado el tiempo varios escritores lo han descrito como uno de los precursores de la independencia de Iberoamérica, entre ellos Simón Bolívar y Miguel Otero Silva. Otros, en cambio, dicen que era el prototipo del criminal despiadado. 

Fuera lo que fuera, el caso es que ha quedado como parte del anecdotario latinoamericano una de las manos desgajadas del cuerpo de ese controversial individuo. 

En ese sentido es oportuno decir que el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez describe en un formidable relato lo siguiente: 

“La mano cortada de Lope de Aguirre navegó río abajo durante varios días, y quienes la veían pasar se estremecían de horror, pensando que aun en aquel estado aquella mano asesina podía blandir un puñal.”  

Otro de esos hechos curiosos, con categoría de anécdota, que encajan en lo absurdo, o en lo que se ha dado en llamar desde 100 años para acá el surrealismo, fue la solemne segunda sepultura de la pierna izquierda del presidente mexicano Antonio López de Santa Anna. 

Se trata de la misma persona que exigió que le dieran el trato de Alteza Serenísima al mismo tiempo que cobraba impuestos por la cantidad de puertas y ventanas que tuviera una casa y, además, obligó a los dueños de perros y gatos pagar tributos al Estado por la posesión de los mismos. 

El férreo veracruzano perdió su pierna izquierda el 4 de diciembre de 1838, en un enfrentamiento con unos invasores franceses que llegaron en son de guerra al puerto de Veracruz, con motivo de un lío de pasteles consumidos y no pagados a un pequeño comerciante francés avecindado en la zona. 

Casi 4 años después, el 27 de septiembre de 1842, lo que quedaba de la referida pierna fue desenterrada, puesta en una vitrina de vidrio, paseada por las principales avenidas de la ciudad de México y enterrada de nuevo con honores militares, discursos rimbombantes y loas al cojo que gobernó 6 veces su inmenso y poblado país. 

Ulises Heureaux.

Ulises Heureaux, alias Lilís  

 Del sátrapa dominicano Ulises Heureaux, alias Lilís, se puede decir que fue un hombre ingenioso, socarrón, inteligente, calculador, frío y con una malicia capaz de romper cualquier barrera. 

Cuando a sus oídos llegaba una información impactante, que para cualquier otra persona provocaba gran preocupación, él sin mucha expresividad sólo atinaba a decir “¡Ay Santa Bárbara!” 

A veces, cuando surgían problemas nacionales mayúsculos que parecían desbordar su condición de gobernante, Lilís buscaba consejos de algunos de los considerados sabios de la capital dominicana.  

Cuando sus opiniones no se ajustaban a lo que en realidad él quería, les decía a sus asistentes más cercanos que esos hombres de levita y leontina: “saben de todo, pero no entienden de nada.”  

Ulises Heureaux era un ser cuyas acciones de gobierno surcaban el terreno fangoso del mal, pero también se le deben atribuir hechos chocantes con su práctica malsana, siendo el ejemplo más claro de eso sus sentimientos de solidaridad antillanista. 

Como una prueba elocuente de su capacidad de desdoblamiento figura en los registros de su itinerario como gobernante que en el 1895 colaboró para que Máximo Gómez y José Martí pudieran realizar a Cuba su viaje de lucha independentista, aunque les advirtió a Federico Henríquez y Carvajal y a Jaime Vidal que no podían revelar a nadie su ayuda. 

Así surgió esta anécdota de amplitud caribeña: “El General Heureaux acaba de atenderles y complacerles en todo, pero procuren que esto no lo sepa el Presidente de la República.” 

Al duro gobernante nacido en Puerto Plata y muerto en Moca se le atribuye haber dicho que no leería su historia, insinuando con ello que no le importaba de cara al futuro lo que se dijera sobre sus hechos de gobierno. 

El escritor costumbrista sanjuanero Emigdio Osvaldo Garrido Puello, en su obra titulada Narraciones y Tradiciones, narra una anécdota protagonizada por Lilís, centrada en dos amigos suyos del llamado “sur profundo.” 

 Nombró a su cúmbila el general Andón de Nova como jefe comunal de Las Matas de Farfán y a su también seguidor el general Victoriano Alcántara, alias Ampallé, en calidad de jefe militar de Bánica. 

Ambos generales eran enemigos entre sí. Nova era un hombre valiente, pero tenía un dejo de ingenuidad que finalmente marcó su trágico destino. 

Al enterarse Lilís que el referido Ampallé estaba organizando una trama criminal contra su rival  alertó a este de lo que se fraguaba en su contra, pero Nova no tomó ninguna medida de precaución y poco después cayó fulminado en una emboscada. 

Al recibir la información de que Alcántara mató con alevosía a Nova Lilís, en una suprema demostración de su extraña personalidad, dijo con su sorna característica: “Se perdió un amigo; hay que conservar el otro.” 

 

Francois Duvalier

Francois Duvalier-Papa Doc 

Francois Duvalier, mejor conocido como Papa Doc, fue un terrible tirano que desde el 22 de octubre de 1957 hasta el 21 de abril del 1971, cuando la parca lo voló de la tierra, sometió al pueblo haitiano a un terror permanente. 

 El sanguinario gobernante haitiano fue un hombre muy supersticioso, a pesar de su formación científica de médico. Era hijo de dos martiniqueños establecidos en Haití, dedicados a la agricultura de subsistencia. Su número favorito era el 22. Por eso procuraba que sus actos de gobierno más importantes coincidieran con ese día del calendario gregoriano. 

El periodista neozelandés Bernard Diederich, en su obra Papa Doc y los Tontons Macoutes, un clásico para entender un tramo importante de la historia de Haití, señala que: “Duvalier pulsa también otra cuerda, especialmente entre las clases bajas, para apuntalar su imagen pública: el vudú.” 

Hay una y mil anécdotas sobre ese hombre rencoroso y despiadado que convirtió el suelo haitiano en un cementerio. Mató decenas de miles de seres humanos, sin importarles si eran o no sus adversarios políticos. 

Papa Doc consideraba que mientras más gente mataba, encarcelaba o deportaba más terror infundía en el pueblo y que esa perversión apuntalaba su régimen despótico. 

Un socorrido relato de la política de Haití resalta la orden dada por el primer Duvalier para que mataran a todos los perros negros de ese país, porque en la víspera de tan macabra decisión un houngan o sacerdote vudú, colega suyo, le había revelado  que uno de sus enemigos se había transformado en un perro con la pelambre del color de la noche para asesinarlo. 

jpm-am

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