Algo va mal…, o la oportunidad que perdimos
El respetado historiador británico Tony Judt, antes de dejar este mundo -2010- y en plena lucha contra una esclerosis o parálisis progresiva-degenerativa, escribió dos ensayos-testimonios de sumo valor documental y reflexión política, pues el primero, Algo va mal, nos pone en la perspectiva critica de cómo Europa pasó del predominio de la socialdemocracia (1945-1980) al conservadurismo neoliberal; y el segundo, El refugio de la memoria, una recapitulación magistral de todo aquello, su enfermedad y vida intelectual-familiar, que entendió debió dejar como legado-testimonio y reflexión a veces nostálgica, laberíntica; y otras, de puro dolor y de escape existencial.
Y traigo la doble reflexión de estos dos ensayos políticos y de testimonio del historiador británico, porque estoy convencido de que, efectivamente, Algo va mal en nuestro país y que tenemos que reflexionar sobre el país que queremos: a) uno institucionalizado que trascienda lo político-coyuntural (es decir, a nuestra generación o momento actual); o b) uno centrado –y que ya lo vivimos-sufrimos (1966-1996)- en la gravitación omnímoda política-electoral de dos o tres liderazgos que se suceden en el poder en medio de crecimiento económico y desarrollo social desigual, pero también, de rezagos y de posposiciones de reformas políticas que empiecen a desmontar la arraigada cultural del presidencialismo, sistema de partidos políticos de gerentes-líderes vitalicios y de la pertenencia –política-burocrática, y actores o figuras públicas caducas que hace rato sus nietos reclaman- de los puestos o cargos públicos (y aquí no me refiero a simples servidores públicos, llámese técnicos o burócratas, sino, a altos cargos en la administración pública, el poder judicial, el poder legislativo; y, por supuesto, en instituciones centralizadas y descentralizadas del Estado).
Sin embargo, en un breve lapso de tiempo –un cuarto de siglo- y casi imperceptiblemente, el país pasó de una gerontocracia política –ilustrada, humanística y de oratoria, aunque también, caudillista o patriarcal, y en el caso de Joaquín Balaguer, autoritaria- a una conservadora y de vocación continuista, quizás como herencia, consciente o inconsciente, de una recurrencia histórica o de un caudillismo histórico-estructural que ha sido de difícil despojo político-ideológico, y que habrá que examinar desde otras disciplinas o ciencias.
Porque lo mandatorio era que, desaparecido los grandes liderazgos nacionales (1961-1996), el relevo político-generacional asumiera una suerte de ruptura y de ajuste de los paradigmas políticos-ideológicos y culturales de esos liderazgos y, en consecuencia, planificara y diseñara otra arquitectura social y política de país –y luego, del gobierno y del Estado- donde lo institucional fuera el centro, y de ahí haber articulado una agenda nacional o Pacto Político -consensuado- que, aunque a medias se tanteó con la Constitución de 2010 (a pesar de que corta en contenido social con relación a la de 1963), que fijara metas y proyecciones hacia una determinada sociedad. Por supuesto, superior a la que dejamos –pero, ¿la habremos dejado?- atrás. Pero no ha sucedido así (y lo que ha primado es un conservadurismo político-ideológico inconcebible).
Y precisamente, ese Algo va mal al que me refiero guarda una estrecha relación –especie de sabor amargo- con saber de que no hemos realizado, o tan siquiera intentado, con voluntad política inequívoca, las reformas políticas e institucionales que el país demandaba, a pesar de El gran cambio y de la transformación socio-económica que el país ha experimentado –post dictadura trujillista y con énfasis desde 1994-96 hasta la fecha, agregaría- como bien lo ha registrado-documentado el historiador Frank Moya Pons.
Hace falta pues, eso: pensar y planificar el país (o lo que es lo mismo: la sociedad dominicana), pero no desde lo político-coyuntural, sino, desde y para lo institucional. Para que la Historia –dentro de cincuenta o cien años- reporte otros resultados, otras preeminencias menos personalizadas…

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