Alejo Carpentier y «El reino de este mundo»

Cuando «El reino de este mundo» era grande y ya había habitado toda la Tierra me encontré por una contingencia con Alejo Carpentier en el histórico restaurante La Tour d’Argent, en la Quai de la Tournelle, cerca de Notre Dame/Marais, en París, donde me invitó a compartir un pato a la sangre. El gran novelista latinoamericano estaba acompañado de una hermosa mujer belga. Estábamos sentados en una mesa estratégicamente colocada desde la cual teníamos una vista panorámica de París y como era la hora del crepúsculo podíamos disfrutar de la iluminación de la torre Eiffel. Luego el afamado escritor cubano pide la carte des vins y los tres coincidimos en escoger un vino Chateau Margaux de Burdeos. La preciosa mujer belga me pregunta: «¿Dónde se conocieron usted y Carpentier?» «Le conocí mientras viajaba en un tren de San Petersburgo a Moscú, pero ya le conocía a través de sus magníficas obras literarias», le respondí. En un instante de jocosidad le pregunto al afamado novelista: «¿Maestro, cómo es que en este restaurante con tantos comensales no veo a algún personaje de su novela El reino de este mundo, como sería un almirante o un embajador francés, recibido de negro, rodeado de abanicos de plumas, adornado de figuras de monos y de lagarto?» «Sabrás», dijo sonriente, «es que estamos en París, lejos del imperio de los mandingas, de la etnia de los fulás, en el África Occidental». Y, seguidamente, me pregunta: «¿Qué tal te parece París desde este hermoso lugar?» «Maravilloso», le contesté. Permítanme decirles, he estado otras veces en París, pero nunca había visto un anochecer tan esplendoroso como éste que esta frente a nuestra vista; el panorama desde este lugar me trae a la memoria la novela de ciencia ficción «Anochecer», de los escritores estadounidenses Isaac Asimov y Robert Silverberg. «Lo único que aquí en París no estamos frente Kalgash, el planeta ficticio semejante a la Tierra, que pese a su igualdad, disfruta de la luz perpetua gracias a sus seis soles». «Antes de irnos» dice Carpentier, «debo de ir al baño, de regreso te diré algo». «Quiero que nos acompañe a dar un paseo nocturno por Les Champs-Elysées», me dice Carpentier, con cierto dejo de entusiasmo, mientras rodea su brazo derecho alrededor de la cintura de la bella mujer belga. De pronto le digo a mis anfitriones que «Los Campos Elíseos significa en la mitología griega la morada de los muertos que estaba reservada a las almas virtuosas, equivale al Jardín del Edén», a lo que el escritor me contesta con un movimiento de cabeza, en señal de aceptación de mi comentario. Al final del paseo por Les Champs Elysées Carpentier me pregunta: «¿Cuándo piensas regresarte a los Estados Unidos?» A lo que le contest «Bueno, apreciado amigo, prefiero visitar primero el país de Markandal, aunque no hablo créole, donde se desarrolla la novela «El reino de este mundo» y donde monsieur Lenormand de Mezy anda con perros cazando negros para venderlos a los negreros de Sierra Leona y donde los mozos oyen las campanas sonar en los campanarios de Cabo Francés. En esta estupenda obra Alejo Carpentier hace un trazado de sueños semejante a aquellos pensamientos que les vinieron al rey Nabucodonosor por saber lo que debía de ser en lo por venir y que para ser interpretados convocó a magos y astrólogos para que le explicaran sus visiones. Pero en la novela de Carpentier esos sueños se circunscriben a ilustrar lo real y maravilloso en la primera revolución de América Latina, en Haití, que concluyó con la abolición de la esclavitud en la colonia de Saint Domingue. En esta excelente novela se impone el genio literario de Alejo Carpentier para estudiar desde la filosofía la cultura de América, el segundo continente más grande del planeta, haciendo que la critica literaria mundial reciba «El reino de este mundo» con suma complacencia y mayor alborozo. No sé si en su trajinar novelesco el galardonado con el Premio Miguel de Cervantes (1977) pudo encontrar al profeta Daniel para que le descifrara lo real y maravillo y el realismo mágico, cuando, según lo narrado, el autor «pisaba una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos u hombres lobos de Mackandal, presentes en la cultura haitiana, produjeran un milagro el día de su ejecución». Los ladridos de los perros de los blancos negreros, encadenados unos a otros, rabiando tratando de morder a sus guardias, corriendo detrás del negro esclavo Markandal, el crujir de la nave de los perros ante el embate de los fuertes oleajes en el puerto de Santiago de Cuba aguardando para embarcar negros, Ti Noel gritándole a un marino mulato quien le responde en créole «¡A comer negros!» y Ti Noel, siendo él negro, se asusta y corre despavorido huyéndole a la cacería de negros esclavos y se mete a la iglesia catedral a rezar, encontrándose en el zaguán con la familia Dufrené, que había perdido su tierra tras la captura de Markendal. Carpentier, en esta gran novela, describe como ningún otro narrador, la cacería del negro Markandal, lo terrible que significó la esclavitud en Cuba y en la Española contra los primeros esclavos que llegaron de África en 1501. Estaba sustentada en la bula menor Inter caetera otorgada por el papa Alejandro VI en 1493 a favor de Fernando e Isabel, reyes de Castilla y Aragón, y establecía que todas «las tierras halladas y por hallar» en el meridiano oeste pertenecerían a los reyes Fernando e Isabel. Hay que distinguir la creatividad de Alejo Carpentier en esta novela cuando introduce la magnífica obra escrita por Miguel de Cervantes y Saavedra titulada «Los trabajos de Persiles y Segismunda», en cuya novela bizantina se narra la aventura llevada a cabo por dos príncipes nórdicos (Persiles y Segismunda), pues él emprende un viaje similar desde París a Haití tratando de desempolvar la tragedia de la esclavitud y la huida de la bella Paulina a la isla Tortuga y, luego, el reencuentro de ésta con Leclerc, padeciendo de cólera y el lúgubre espectáculo que dan los ataúdes saliendo de las casas en hombros de negros. La seductora mujer belga, de rubia cabellera y ojos verde mar que acompañaba a Carpentier, me cuestiona con una fingida ingenuidad: «¿Qué parte de la obra le conmueve después de la cacería?» «El momento en que Paulina se reencuentra con Leclerc en estado casi agónico y éste al verla, fascinado, entra en un estado de fantasía recordando aquella belleza de mujer en momento en que la francesa se desnuda en la cubierta de la «nave de los perros», dejando al descubierto toda su sensualidad a flor de piel», respondo. «Debo decirte», continúo, «que la otra parte que me impactó en la novela fue la piedad de Paulina frente a la agonía de Leclerc cuando fracasan los médicos y ésta recurre a los consejos del negro Solimán y deja lavar la casa con plantas aromáticas y deshecho de tabaco, hinca clavos en cruz en el tronco de un limonero y se arrodilla a los pies de un crucifijo, gritando con el negro, al final de cada rezo». Aunque Alejo Carpentier pretende en esta novela desligarse del surrealismo, una corriente cultural y artística dadaísta surgida en 1916 en Zurich, Suiza, en el Cabaret Voltaire, en este texto el autor no logra este deseo porque en todos los capítulos de la obra aparece el hombre que se rebela contra las convenciones literarias y estilística positivista promovida en la primera mitad del siglo XIX por la escuela filosófica de Comte, Saint Simón y Stuart Mill, cuya corriente trata de legitimar el estudio científico naturalista del ser humano a nivel individual y colectivo. La fuerza surrealista de Carpentier es evidente en todo el trayecto de la obra. Por razones de tiempo y de espacio me veo forzado, sin quererlo, a dejar hasta aquí este trabajo ofreciendo en él a mis lectores sutiles observaciones sobre la magnífica obra «El reino de este mundo».

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