Abinader avanza

De los presidenciables del partido blanco, el único que exhibe crecimiento –¡y sostenido!– es Luis Abinader. No lo digo porque todos los estudios de opinión coinciden en atribuirle la condición de puntero, sino porque líderes regionales, provinciales y municipales que deciden regularmente engrosar las filas del denominado PRD mayoritario lo hacen a través del economista y empresario.
Inclusive, en las últimas semanas, diputados, síndicos y regidores de diferentes demarcaciones nacionales se han adherido al proyecto de un hombre que no tiene tasa de rechazo, de imagen transparente y que muestra dominio de los temas de la agenda nacional. Además, es prudente y ecuánime, al punto que todavía no se le atribuye la comisión de un error político.
Tiene el perfil de un estadista y en torno a él se puede aglutinar un conjunto de fuerzas políticas con el empuje y la capacidad de hacer una mayoría electoral. Mi tesis descansa en lo que observo en el espectro nacional. Y también en lo que ha sido una constante en la política dominicana de las últimas décadas: los comicios se disputan entre el partido oficialista y la organización que el electorado percibe como opositora.
(Tanto al PRD de Miguel Vargas como al Partido Reformista la población los observa como aliados del PLD y del gobierno. Y es lógico que los oficialistas sufraguen por sus entidades originales y no se vislumbra espacio para una tercera opción).
No hay ninguna duda de que la oposición estará representada en lo que se llama hoy PRD mayoritario y la convergencia de fuerzas políticas y de la sociedad civil. Y todo el opositor que no se sume ahora a ese proyecto, lo haría de aquí al 2016. Algunos darían el paso en plena campaña y habría negociaciones de última hora para cambios en la boleta municipal y congresual.
Es factible construir una mayoría electoral en torno a Luis Abinader. Pero amor no quita conocimiento. Para ese torneo se requiere una alerta internacional en torno al peligro que representan los órganos electorales, cuyos miembros no sólo tienen bien definida (y de forma pública) su simpatía política, sino que han demostrado de sobra capacidad para dar fallos al margen de la expresión de la voluntad popular.
El principal ensayo de los órganos electorales lo constituye la crisis del PRD, donde todos sus fallos resultan favorables a Miguel Vargas, quien evidentemente tiene una alianza con Leonel Fernández, Danilo Medina y el PLD. ¿Qué no harían esos órganos, pues, en un proceso electoral donde esté en juego el poder?
La comunidad internacional tiene que meterse de cabeza para el certamen del 2016, independientemente de lo que digan los patrioteros corruptos, cuyos líderes no sólo están en el PLD y el mal llamado Frente Progresista, están también en la Iglesia Católica.
Luis Abinader es –en estos momentos– la principal opción electoral opositora. Hay que reconocer que está creciendo y las posibilidades de convertirse en el candidato rival del PLD son elevadas, pero mal haría en permitir el acostumbrado uso y abuso de los recursos del Estado en la forma en que sabe hacerlo el oficialismo. Y peor haría en confiar su destino político, con miras a los comicios del 2016, en la JCE y el Tribunal Superior Electoral.
Su trabajo político, en consecuencia, tiene que estar acompañado de la denuncia, en el ámbito exterior, de la carencia de instituciones democrática en la República Dominicana. Los escollos son múltiples y demandan finas estrategias para enfrentarlos en los diversos escenarios.

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