A grandes males grandes remedios

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Duarte y los trinitarios concibieron un país en esencia libre, democrático, digno, feliz. Y creían que la justicia era premisa de la felicidad: “sed justo lo primero si queréis ser felices”. Pero perdieron la batalla ante los hateros y madereros de la época, cuya base social y económica los colocaba en mejores condiciones para influenciar a una población de la que los pequeños agricultores y jornaleros eran un segmento considerable. Así las cosas, el sueño de Duarte y sus compañeros yace con él en su tumba. Desde esa época hasta hoy, las clases dominantes en alianza con los políticos del sistema le han impuesto a las grandes mayorías salarios insuficientes hasta para cubrir las necesidades básicas, una educación que les reproduce su pobreza, un servicio de salud que deja morir a sus niños hasta por falta de oxígeno en un hospital, un servicio de seguridad ciudadana al que mucha gente le tiene tanto miedo como a los delincuentes, y un rosario más de cosas desagradables y deprimentes. Es penoso que han llegado al poder políticos salidos de las entrañas mismas del pueblo, o que no necesariamente formaban parte de las clases dominantes. Pero al final, al medio al principio, que es lo mismo, terminaron sacando las garras y comiéndose a caperucita. Y se comieran a la vecina, si la hubiera. Los “compañeros”, y hasta “camaradas”, que prometieron perfumadas y multicolores rosas, terminaron entregando cualquier fétida y descolorida flor. Por esos malos gobiernos que ha tenido el país hasta la fecha, con pocas excepciones, como la de Bosch en 1963, es que hoy día tenemos una educación que compite con las peores de Latinoamérica; un índice de mortalidad infantil y materna que es una vergüenza; una economía híper inflada por el lavado de activos; una agropecuaria que ha arrinconado a los campesinos en los cinturones de miserias de las grandes ciudades; niveles de delincuencia y prostitución alarmantes y vergonzosos; el narcotráfico arropándolo todo, o casi todo; la corrupción gubernamental convirtiendo en multimillonarios de la noche a la maña a los funcionarios y a sus allegados; una juventud alienada en extremo, y una cuasi clase media sumida en la nostalgia, una parte, y plegada a los partidos del sistema, la otra. Y así no puede ser, ya dijo nuestro Poeta Nacional. Cualquiera diría que con este tétrico cuadro hay que levar ancla, y buscar otros mares, acatando el mandato de la canción de Joan Manuel Serrat de seguir el camino del pueblo hebrero a la espera de que mañana nos sonría la fortuna. Pero no. “Es muy largo el camino para volver atrás”, “La constancia es el triunfo”, “En mi país somos duros y el futuro lo dirá”. Y así, Mujica es Presidente de Uruguay después de pasar 13 años en la cárcel; y Mandela fue Presidente de Sudáfrica habiendo estado 27 años encerrado. Hay que dar la batalla aquí, y desde ya, y confiar en la victoria, que es posible si nos imbuirnos de fe y coraje, y salimos de la cueva, y dejamos atrás la miopía, el sectarismo, el vanguardismo y otros males afines que caben en la misma canasta. Necesitamos construir una gran alianza entre todos los sectores que crean en la necesidad de refundar el país como única forma de evitar que dentro de algunos años nos estemos matando unos con otros por el predominio de la corrupción, la delincuencia/narcotráfico, el alto costo de la vida, la impunidad, el desempleo, la pérdida de la esperanza, y otros males similares. Eso sí, debemos poner las cosas bien claras: A grandes males, grandes remedios. La fiebre en 40 que tiene el país por la aguda infección que padece no se bajará con simples paños tibios, ni con un par de aspirinas, sino con inyecciones intravenosas del mejor de los antibióticos. De no ser así, se nos puede morir el paciente. Ya en el poder, hay que cortarle de una vez la cabeza al monstruo. Reorientar el gasto público priorizando los servicios básicos, la generación de empleos, la infraestructura de apoyo a la inversión, la generación de electricidad limpia, el mejoramiento vial, el mejoramiento ambiental, la investigación y la cultura, principalmente deportes, literatura y música. Se suprimirían algunos ministerios de figureos y se fusionarían otros. Igualmente, se aplicaría una rigurosa gestión financiera que elimine todo lo “no estrictamente necesario” en el Gobierno Central, el Congreso, los Ayuntamientos y las entidades autónomas, sea en gastos de personal, equipamiento, suministros y otros. En la misma línea, no habría “nominillas”, “ayudas” a los compañeritos o compatriotas, ni salarios de lujo para ningún servidor público, llámese legislador, concejal, Gobernador o lo que sea. En cuanto a las Relaciones Internacionales, habría embajadas y servicio consular donde sea estrictamente necesario, y por demás, se aceptarían las renuncias de los que consideren que trabajan demasiado. Los que tengan personal del Estado a sus servicios lo devolverá “por propia voluntad”, y, caramba, se me olvidaba, quienes hayan tomado “prestado” bienes del Estado los podrán reintegrar en su totalidad más apenas el máximo interés anual acumulado que pagan los bancos comerciales. Y si no, pau pau. Y para no correr el riesgo de que los nuevos se contaminen, sería imprescindible la absoluta transparencia de la gestión pública a todos sus niveles y la más amplia participación ciudadana en la elaboración, ejecución, supervisión y evaluación de los planes, programas y proyectos públicos. Y si usted considera que en este país no se puede hacer lo que planteo, que soy muy radical, entonces que sigan las cosas como están, y ya veremos a donde pararemos dentro de algunos años. .

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