Sabemos que este 2020, que agoniza, fue un año de crisis sanitaria global -Covid-19, aun sin despejar, del todo, si natural o artificial- y elecciones hemisféricas que destrabaron varias crisis políticas y un multilateralismo en ascuas cuyo epicentro ni si quiera Alexis de Tocqueville hubiese podido imaginar ni mucho menos el discurso desnudez (critica-establimehnts, 72-77 millones de votos Trump-Biden y, de nuevo-2016, teoría de la conspiración; ¿o manipulación mediática?), post noviembre-3, de Donald J. Trump más próximo, en parte, a Sander, Chomsky o James Petras.
Y aunque 2021 se proyecta como el año de lo que nos espera por la crisis sanitaria que es social, económica y de constricción -hambruna cuasi globa-, no deja ser un año donde la humanidad -o ¡el sálvese quien pueda!- nos podría traer o recrear a Thomas Robert Malthus –su teoría-preocupación sobre crecimiento geométrico-demográfico- mientras caminamos, indiferentes y hambrientos, sobre cadáveres y naciones atrapadas no ya por guerras, amenazas nucleares -aunque no descartable, en cambio, bolsones de fanatismos-militarismo-, sino por falta de altruismo al seguir orientando, vía los centros hegemónicos del poder global, avances científicos-tecnológicos al supremo interés de guerras y mercados (geopolítica y comercio) y no del hombre. Es una paradoja que ya el historiador Yuval Noah Harari ha puesto sobre el tapete resaltando el antepasado asesino y de sobrevivencia de nuestra civilización actual: somos, por naturaleza, caníbales -aunque ya en un sentido laxo-, y no es que seamos malos, es, simplemente, nuestro registro o chip biológico-histórico-cultural.
Creer o no, es cuestión de fe y atisbo optimista (al que me aferro) en estos tiempos y lo que tenemos enfrente, para aminorar y creernos capaces de compasión y altruismo universal que está por verse. Digámoslo de una vez: ¡Estamos en peligro!
Son tiempos duros y de escasos liderazgos globales-altruistas; y donde los locales o patrios pueden, si quisieran, sentar precedentes y emular lo mejor de nuestras tradiciones y prohombres que, en sus momentos, se elevaron por encima de lo pedestre, la simulación o, de lo peor, de líderes de fijaciones inmutables o flemáticas. De esos últimos, mejor no tener y si, por desgracia se tiene, aislarlos, de influencia y poder, sería de mucha utilidad social. ¡Escúchenlo!
En nuestro lar, las cosas están más o menos claras: se gobierna, se hace lo que hay que hacer, aunque nos falte justicia -proba y ciega-; o sencillamente, complacemos a un megalómano o pirotécnico-conceptuoso -sofista-, encendemos fuegos artificiales -con circo y gladiadores- y decretamos que estamos en campaña política-electoral, pues quizá así, yéndonos en pedazos, ignoramos la crisis global; pero eso sí, a nuestro modo, apuramos el 2024; y “el que tenga más saliva que coma más hojaldre”. Pero…, ¿nos merecemos eso?
JPM

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