A finales del siglo XIX, la Común San José de Ocoa sufrió en carne propia la crisis económica que vivió el país durante los últimos años del Presidente Ulises Hereaux. Dicha crisis se agravó con la prolongada sequia que afectó la villa de Ocoa en el año 1891, provocando la escases de los principales productos agrícolas.
En el año 1893 la población ocoeña estaba formada por 3,909 habitantes, de los cuales 3,085 (79%) vivía en la zona rural y los restantes 824 (21%) en la zona urbana.

Ante esa situación, el ayuntamiento local de esa época, encabezado por Dionisio Cabral Tejeda, Presidente; Matías Martínez, Vicepresidente; Manuel Rodríguez, Regidor; Antonio Figari, Síndico, y Miguel López, Secretario, se vio obligado a adoptar medidas tendentes a paliar la gravedad de la crisis.
Una de las primeras medidas fue solicitar la colaboración de la población ocoeña, especialmente de los comerciantes de la plaza, así como de los productores agrícolas y ganaderos.
Los primeros ocoeños que correspondieron al llamado de las autoridades municipales fueron Wenceslao Figuereo hijo, Jefe Comunal, Francisco Sánchez, Marcial Grau, Matías Martínez y Tomás Pimentel, quienes donaron sendas reses para sacrificio; Simón Díaz y Manuel de Jesús Cabral, sendos cerdos; Manuel de Jesús Cabral, todo el maíz necesario para el consumo; Miguel Mascaró, un quintal de azúcar; Juan M. Lavigne, un quintal de arroz; Ricardo Caro, Pedro T. Guerrero y Socorro Suazo, sendos quintales de habichuelas; y Marcial Grau, 1/2 quintal de estos frijoles.
También prestó una colaboración especial el señor Wenceslao Figuereo hijo, quien ofreció sus postreros para depositar las reses recibidas, y además facilitó los animales que servían para cargar el maíz y los demás frutos donados. Igualmente ofrecieron animales de carga los señores Francisco Sánchez, Andrés Pimentel, Ezequiel Pimentel, Ricardo Caro y Medardo Mordán.
Otra de las medidas adoptadas por el Ayuntamiento, fue prohibir la extracción de víveres de los campos, así como la salida fuera de Ocoa de más del 50% de la producción de habichuelas. Asimismo acordaron exonerar a los carniceros sobre el pago de los arbitrios correspondientes, cuando se tratara de animales destinados al consumo, y al mismo tiempo indemnizaron a los rematantes del provento de la matanza de los animales.
Con esta reseña quiero hacerle un reconocimiento a todos los ocoeños señalados anteriormente, por sus gestos solidarios con nuestros compueblanos de aquellos tiempos.
Fuente: libro “Un Siglo de Vida Ocoeña”, de J. Agustín Concepción.
jpm


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