Quienes se emborrachan en el ejercicio del poder llegan a pensar que por tolerantes, los pueblos carecen de sentimiento y de memoria. Por eso actúan de espalda a los gobernados en franco desprecio por sus opiniones y aspiraciones. Es así como se le desarrolla a ciertos gobernantes el síndrome del faraón, por sus prácticas absolutistas.
En 1999, el pueblo venezolano escogió democráticamente al coronel Hugo Chávez como presidente y en principio pareció que fuera ese el hombre más indicado. Gobernó hasta 2013, cuando falleció. Afectado por el delirio faraónico, Chávez entregó el gobierno a una encarnación de la torpeza y la pedantería llamada Nicolás Maduro.
Los extravíos de Maduro hicieron que los venezolanos sintieran el chavismo más arriba del moño, o mejor del cabello, pues el tal Diosdado también ha dado sus tirones de cabello. Y ese pueblo, carente hasta de papel de baño, encontró en las elecciones del pasado domingo la oportunidad de expresarle a sus gobernantes que está harto de intolerancia y estrecheces.
No ha bastado el control de todas las instituciones del Estado, incluido el Tribunal Electoral, para que el chavismo fuera derrotado por el voto popular. La oposición, representada en la Mesa de la Unidad Democrática, obtuvo el 67.07 por ciento de los votos para ganar 112 de los 167 diputados que componen el congreso unicameral.
Al disponer de dos tercios de la Asamblea Nacional, la MUD tiene una grandiosa responsabilidad con el futuro inmediato de Venezuela. Esa mayoría calificada le permitirá introducir reformas en la Constitución, la magistratura o el sistema electoral y deberá cesar la concentración de los poderes en un reducido grupo de falsos revolucionarios.
La primera ganancia del proceso electoral consiste en un nuevo aliento para el pueblo venezolano, al menos la atmósfera política tiene que refrescarse. Maduro, o In Maduro, ha intoxicado de intransigencia a su pueblo, encima de las limitaciones para la gente conseguir artículos de primera necesidad. Falta hasta el vino que se consagra en la misa.
Cuando fue conductor de autobús, Maduro se hizo un largo historial de colisiones. Como gobernante, se tornó en un carrito chocón que procuró disgustar a todos los sectores, sin excluir los medios de comunicación de comunicación. Claro, para ser justo, hay que decir que el comandante Chávez ya había iniciado esas confrontaciones.
La altanería y el sectarismo pueden favorecer momentáneamente, pero no todo el tiempo. Suerte para el chavismo que la derrota ha sido por la vía más civilizada y democrática: el voto. El pueblo venezolano ha dado una sabia lección, a sus gobernantes y al mundo. Ese comportamiento merece ser imitado por otros pueblos. Así sea.


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