POR EDWIN PINEDA CARRASCO
Hay sociedades que cambian cuando cambian sus leyes, gobiernos o instituciones. Pero existen cambios más silenciosos: aquellos que ocurren cuando las personas comienzan a acostumbrarse a lo que antes consideraban inaceptable. República Dominicana debe hacerse una pregunta incómoda: ¿en qué momento comenzamos a normalizar la violencia, el abuso, el engaño, la corrupción, la falta de respeto y el incumplimiento de las reglas?
Desde la sociología podemos mirar este fenómeno con mayor profundidad. Émile Durkheim desarrolló el concepto de anomia para explicar situaciones en las que las normas sociales pierden fuerza y dejan de orientar adecuadamente la conducta. Robert K. Merton amplió posteriormente este concepto al estudiar la tensión entre las metas que una sociedad presenta como deseables y los medios legítimos disponibles para alcanzarlas. Cuando las reglas existen formalmente, pero pierden autoridad en la práctica, aumenta la desorientación social.
La delincuencia es uno de los ejemplos más dolorosos. Cuando ocurre un delito, no existe solamente un delincuente y una víctima. Detrás hay familias afectadas, comunidades atemorizadas, policías, fiscales, abogados, jueces y un sistema penitenciario que debe responder. La violencia genera consecuencias humanas, sociales y económicas que termina pagando toda la sociedad. Pero también debemos preguntarnos qué ocurre antes de que ese delito suceda.
¿Qué estamos enseñando a nuestros niños y jóvenes?
¿Qué oportunidades tienen? ¿Qué modelos de éxito les estamos presentando? Si un joven observa que el dinero, la fama o el poder pueden obtenerse rápidamente sin importar demasiado el camino utilizado, mientras el estudio y el trabajo parecen avanzar lentamente, estamos creando una contradicción social que no podemos ignorar. Pierre Bourdieu mostró cómo las condiciones sociales, culturales y económicas pueden reproducirse de una generación a otra.
La familia tiene una responsabilidad fundamental. Cuando los padres justifican una mala conducta de sus hijos, utilizan sus relaciones para evitar consecuencias o confunden autoridad con permisividad, están transmitiendo valores. La educación comienza mucho antes de entrar a un aula. Un niño aprende de lo que escucha, pero también de aquello que observa que los adultos toleran. La escuela tampoco está fuera de esta realidad: copiar un examen, presentar como propio el trabajo de otro o buscar ventajas mediante el engaño también construye cultura.
Erving Goffman estudió cómo las personas construyen su comportamiento y su imagen frente a los demás en la vida cotidiana. Su trabajo nos recuerda que las normas sociales no funcionan solamente mediante leyes, sino también mediante la aprobación, el rechazo, la vergüenza y el reconocimiento. Cuando una conducta que antes generaba rechazo comienza a recibir aplausos, seguidores o prestigio, la sociedad está modificando silenciosamente sus propios límites.
Las redes sociales han acelerado este fenómeno. Hoy una persona puede alcanzar miles de seguidores por generar controversia, insultar o exhibir comportamientos que antes habrían provocado rechazo. Zygmunt Bauman, al hablar de la modernidad líquida, describió una sociedad marcada por relaciones cambiantes y referentes menos estables. Sin defender la censura, debemos reconocer que aquello que compartimos, comentamos y premiamos con nuestra atención termina formando parte de nuestra cultura.
Y entonces aparece la política. No sería justo afirmar que todos los políticos son iguales ni que todos actúan con las mismas intenciones. Pero sí debemos preguntarnos por qué determinadas promesas, prácticas y comportamientos terminan repitiéndose durante generaciones. Cuando la ciudadanía se acostumbra a promesas incumplidas, a la confrontación permanente o a medir la política solamente por simpatías personales, la calidad de la conversación pública también se deteriora.
La responsabilidad, sin embargo, no está únicamente arriba. También está abajo, en el medio y dentro de nosotros. Una sociedad participa de su propia cultura cuando premia determinados comportamientos, cuando convierte la influencia en una forma de privilegio o cuando deja de exigir resultados. No podemos reclamar instituciones diferentes mientras seguimos justificando las mismas prácticas que las debilitan. Cuando quien cumple las reglas comienza a sentirse ingenuo frente a quien las viola, algo fundamental se ha roto.
Por eso la justicia y la seguridad no pueden reducirse solamente a perseguir delitos después de que ocurren. También debemos hablar de prevención, educación, oportunidades, empleo, familia, salud institucional y formación ciudadana. República Dominicana no está condenada a vivir así, pero tampoco cambiará simplemente porque aprobemos una nueva ley o cambiemos de gobierno. El cambio social exige modificar comportamientos, expectativas y valores.
República Dominicana necesita mirarse al espejo, no para buscar culpables, sino para asumir responsabilidades. El cambio comienza en la casa que educa, en la escuela que forma, en el ciudadano que exige, en el funcionario que cumple, en el padre que corrige, en el joven que decide prepararse y en cada persona que se niega a convertir lo incorrecto en costumbre. Recuperar el respeto por las normas, defender la educación, rechazar la violencia y valorar el trabajo honesto son tareas de todos.
La pregunta ya no debería ser solamente qué está pasando con República Dominicana, sino qué vamos a hacer nosotros para cambiarlo. El país que heredarán nuestros hijos no se construirá únicamente en los despachos del poder: también se construye cada día en nuestros hogares, escuelas, barrios, trabajos, redes sociales y comunidades.
Lo inaceptable se vuelve normal cuando dejamos de cuestionarlo, y vuelve a ser inaceptable cuando una sociedad decide levantarse, organizarse y actuar.
jpm-am

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