OPINIÓN: La diáspora y la desconsideración de los partidos

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Cada cuatro años, los partidos políticos dominicanos descubren la diáspora. Le dedican giras, discursos y abrazos. La bautizan “octava provincia”, “reserva moral de la nación” y “columna vertebral de la economía”. Pero cuando se apagan las luces de la campaña, vuelve el olvido. Para el sistema político, la diáspora es útil para tres cosas: remesas, fotos y aplausos. Para todo lo demás, resulta incómoda.

EL PESO QUE NADIE QUIERE MEDIR

Hablemos de números, porque son los únicos que no admiten retórica. Más de 2.5 millones de dominicanos viven fuera del país, según estimaciones conservadoras. En 2025, enviaron $10,856 millones en remesas. Eso es más que toda la inversión extranjera directa y que los ingresos por turismo juntos. Sostienen a 1 de cada 3 hogares dominicanos. Financian educación, salud, viviendas y negocios. En muchas provincias, las remesas son la única política social que funciona.

A cambio, el Estado les ofrece 7 diputados de ultramar de un total de 190 curules. Eso es 3.6% de representación para una comunidad que aporta cerca del 15% del PIB. No eligen senadores. No votan por alcaldes ni directores distritales. No inciden en el presupuesto de sus comunidades de origen. Su voto presidencial depende de un registro electoral que parece diseñado para desincentivar.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

LA RUTA DE OBSTÁCULOS PARA VOTAR

Inscribirse para votar fuera requiere tiempo, paciencia y suerte. Las jornadas de la JCE son esporádicas. Los consulados están saturados y con sistemas que colapsan. El día de las elecciones hay que recorrer kilómetros, hacer filas de horas y, a veces, encontrar que el centro de votación cambió sin aviso. En 2024 votaron apenas 22% de los empadronados en el exterior. No es apatía. Es diseño.

Mientras tanto, los partidos gastan millones en vuelos a Nueva York, Lawrence, Madrid y San Juan. Juramentan dirigentes en hoteles de lujo. Cobran $500 dólares por un plato de comida en cenas proselitistas. Prometen ministerios de la diáspora, leyes de retorno, ventanillas únicas y hasta “curules plenas”. Ganan. Y la agenda de la diáspora vuelve al cajón hasta la próxima campaña.

¿POR QUÉ LA DESCONSIDERACIÓN?

La respuesta es simple: la diáspora no es funcional al clientelismo. No vive de una nómina pública. No espera una fundita ni una tarjeta. No teme que le quiten un empleo si vota distinto. Tiene más información, compara sistemas y exige resultados. Ese perfil de votante asusta a una clase política acostumbrada a la lealtad comprada.

Por eso el diputado de ultramar no tiene presupuesto ni incidencia real. Es una figura decorativa. Por eso las seccionales de los partidos en el exterior son estructuras de campaña, no escuelas de formación ni espacios de propuesta. Por eso, cuando un dominicano exitoso en el exterior quiere aspirar en República Dominicana, aparece el artículo 22 de la Constitución y el requisito de residencia para bloquearlo. La nacionalidad es buena para enviar dólares, pero no para ejercer derechos plenos.

EL AGRAVIO COMPARADO

Otros países entendieron hace tiempo que su diáspora es un activo estratégico. Colombia tiene curules especiales con presupuesto real. México permite voto electrónico y candidaturas migrantes. El Salvador eligió presidente con el voto decisivo del exterior. República Dominicana sigue atrapada en un modelo consular del siglo XIX: recaudar por pasaportes, actas y poderes, y dar poco a cambio.

Un pasaporte dominicano en Nueva York cuesta 135 dólares y tarda meses. El mismo servicio en Santo Domingo cuesta RD$5,650 y sale en una semana. Legalizar un poder puede costar $200 dólares más que el acto notarial. Las citas en línea son una lotería. El trato, con excepciones honrosas, sigue siendo burocrático y distante. Esa es la desconsideración diaria, la que no sale en los discursos.

NO PEDIMOS DÁDIVAS, RECLAMAMOS DERECHOS

La diáspora no está pidiendo ministerios ni privilegios. Está pidiendo coherencia institucional. Cuatro puntos concretos:

1. Representación real: Aumentar los diputados de ultramar y crear la figura del senador de la diáspora. Si se aporta al PIB, se participa en el poder. La fórmula debe ser proporcional a la población y al aporte económico.

2. Voto accesible: Registro automático con el pasaporte o la cédula. Voto electrónico o por correo certificado. Más recintos de votación. Votar no puede ser un acto de resistencia.

3. Servicios consulares dignos: Digitalización total, transparencia en tarifas, entrega a tiempo. El consulado debe ser una extensión del Estado, no un peaje.

4. Participación política plena: Eliminar barreras de residencia para aspirar. Permitir primarias en el exterior con padrón auditado. Abrir el financiamiento público a las seccionales del exterior para formación y propuestas, no solo para actos.

EL COSTO DE IGNORARLA

Los partidos creen que la diáspora no castiga. Se equivocan. La desconexión ya está generando tres fenómenos:

Primero, abstención creciente. El dominicano en el exterior siente que su voto no cambia nada y deja de participar. Segundo, voto de castigo. En 2020 y 2024, segmentos de la diáspora votaron contra el oficialismo no por ideología, sino por maltrato consular. Tercero, liderazgo alternativo. Ya hay figuras comunitarias en EE.UU. y Europa que construyen capital político fuera de los partidos tradicionales. Cuando ese liderazgo decida competir en RD, el sistema no sabrá cómo reaccionar.

La desconsideración tiene fecha de vencimiento. Una comunidad que sostiene la economía, que financia campañas y que conoce otros modelos de gestión, tarde o temprano exigirá su lugar en la mesa. Los partidos tienen dos opciones: abrir la puerta ahora y negociar reglas justas, o esperar a que la puerta se caiga y entren sin pedir permiso.

La diáspora no quiere ser la “octava provincia” en los discursos y la última en los derechos. Quiere ser dominicana sin asteriscos. Y tiene los recursos, los votos y la paciencia agotada para lograrlo.

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