Durante años, el reguetón ha sido tratado por muchos como un ritmo menor, simple, repetitivo, callejero y hasta peligroso por el contenido de algunas de sus letras. Se le ha acusado de empobrecer el gusto musical, de promover mensajes negativos y de desplazar otros géneros considerados más refinados.
Un estudio publicado en la revista Neuroscience analizó la actividad cerebral de 28 personas sin formación musical mientras escuchaban fragmentos sin voz de música clásica, reguetón, electrónica y folclórica dentro de una resonancia magnética funcional. El resultado fue sorprendente: el reguetón produjo mayor actividad en áreas auditivas y también en regiones motoras, especialmente cuando se comparó con la música clásica.
Esto no significa que el reguetón sea “mejor” que Bach, Mozart o Beethoven. Sería absurdo reducir la grandeza de la música clásica a una competencia de activación cerebral. Lo que sí significa es que el reguetón tiene una capacidad muy poderosa para despertar el cuerpo, preparar el movimiento y provocar una respuesta inmediata en el cerebro. La investigación concluyó que, entre los géneros estudiados, el reguetón fue el que más activó la red auditivo-motora.

La explicación más interesante está en la predicción. El cerebro humano vive tratando de anticipar lo que viene. Si puede predecir, se prepara. Si reconoce un patrón, se engancha. El ritmo del reguetón, con su golpe constante, repetitivo y reconocible, le da al cerebro una especie de mapa inmediato: sabe lo que viene, lo espera, lo acompaña y muchas veces lo convierte en movimiento. Por eso una persona puede estar sentada, escuchar unos segundos de dembow y empezar a mover el pie, la cabeza o los hombros casi sin darse cuenta.
Ahí está la fuerza y también la responsabilidad.
Porque una cosa es defender el poder musical del reguetón, y otra muy distinta es defender cualquier letra. No se puede negar que muchas canciones del género han caído en vulgaridad, violencia simbólica, cosificación de la mujer o mensajes que no aportan nada positivo a la juventud. Pero tampoco se puede negar que otros exponentes han utilizado ese mismo ritmo para transmitir alegría, superación, identidad, fiesta, barrio, esperanza y orgullo cultural.
El problema no está necesariamente en el ritmo. El problema puede estar en el mensaje que se monta sobre ese ritmo.
Y si ahora sabemos que ese género tiene una potencia especial para activar zonas del cerebro vinculadas al sonido y al movimiento, entonces los artistas, productores, compositores, disqueras y plataformas deben tomarlo más en serio. El reguetón no es solo entretenimiento. Es una herramienta de influencia emocional, corporal y cultural. Puede levantar una fiesta, puede unir generaciones, puede mover multitudes, pero también puede normalizar conductas si se usa sin conciencia.
Por eso, desde esta reflexión, como presidente de la fundación «Todo es Posible» hago una invitación directa a los creadores de música urbana en República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, América Latina y el mundo: si el reguetón activa tanto el cerebro, activémoslo para bien. Usemos esa fuerza para poner a bailar, sí, pero también para inspirar, educar, elevar, motivar y construir.
El reguetón no está condenado a ser vulgar. El reguetón puede ser alegría, energía, identidad y mensaje. La ciencia acaba de recordarnos algo que la calle ya sabía: ese ritmo tiene poder. Ahora falta que quienes lo crean decidan si usarán ese poder para apagar conciencias o para despertarlas.

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