Los huérfanos que RD sigue ignorando (OPINION)

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo

POR E. MARGARITA EVE

¿Qué ocurre después del feminicidio? El asesinato de Rosmery Sosa, de 30 años, en el sector Gualey del Distrito Nacional, obliga a mirar más allá del crimen. A esta fecha, al menos seis feminicidios han sido registrados en el país, dejando una realidad persistente: niños huérfanos que sobreviven en silencio a una violencia que no eligieron.

Cuando una mujer es asesinada, la tragedia no termina con su muerte. Comienza en la vida de sus hijos, que de un día para otro pierden a su madre y, en muchos casos, también a su padre, ya sea porque queda encarcelado por el crimen o porque se suicida tras cometerlo.

Estos niños quedan suspendidos en una historia marcada por la pérdida, el miedo y la confusión. No existen mecanismos suficientes para acompañarlos desde el primer momento. Son infancias que empiezan a construirse sobre una ausencia violenta, difícil de explicar y aún más difícil de sanar.

La mayoría no accede a programas de protección ni a planes de atención prioritaria. Terminan bajo el cuidado de tías, abuelas o abuelos, muchas veces personas envejecientes, enfermas o con limitados recursos económicos, que asumen la crianza sin acompañamiento institucional ni respaldo sostenido.

¿Quién acompaña el duelo de un niño huérfano por feminicidio? Sin atención en salud mental, el dolor se manifiesta como ansiedad constante, rabia contenida, miedo persistente o conductas agresivas. No es rebeldía: es trauma acumulado sin tratamiento ni contención.

Crecer sabiendo que la persona que debía protegerlos fue quien mató a su madre deja marcas profundas. Esa verdad impacta la identidad, la capacidad de confiar y la forma de relacionarse con el mundo. Es una carga emocional que acompaña a muchos de estos niños hasta la adultez.

El entorno escolar suele ser el primer espacio donde el impacto se hace visible. Bajo rendimiento académico, aislamiento o episodios de violencia son frecuentes. Sin embargo, en lugar de apoyo, muchos reciben etiquetas, sanciones o exclusión, profundizando su sensación de abandono.

Organismos internacionales advierten que el feminicidio no solo elimina vidas, sino que produce generaciones de niños emocionalmente vulnerables. Cada huérfano sin atención adecuada representa una herida social que, si no se atiende, se traduce en exclusión, pobreza y nuevas violencias.

En América Latina y el Caribe miles de niños quedan huérfanos cada año por la violencia de género. Aunque existen marcos legales, la respuesta estatal sigue siendo tardía, fragmentada y limitada al corto plazo, sin seguimiento real durante el crecimiento de estos menores.

La respuesta institucional se concentra casi exclusivamente en el proceso penal contra el agresor. Mientras tanto, los hijos de las víctimas quedan fuera de las políticas públicas, dependiendo de la solidaridad familiar y de esfuerzos aislados que no garantizan estabilidad ni futuro.

Especialistas advierten que la falta de intervención temprana aumenta el riesgo de fracaso escolar, problemas de conducta y reproducción de ciclos de violencia. No es un destino inevitable, sino el resultado directo del abandono y de la ausencia de políticas integrales de protección.

El feminicidio de Rosmery Sosa no termina con su nombre en una estadística. Continúa cada día en la vida de sus hijos y de tantos otros niños invisibles. Mientras el país no mire de frente esta realidad, la violencia no habrá terminado: solo seguirá cambiando de rostro.

emargaritaeve@gmail.com

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