Fue una relación inestable. Desiderio era incapaz de tolerar la falsedad y Trujillo solo quería la tolerancia y los aplausos de lo que él hiciera. En 1931 Arias huyó a las montañas y fue perseguido por la dictadura. El 21 de junio cayó mal herido ya que una bala le hirió la espina dorsal, y mientras yacía caído, el Teniente Ludovino Fernández, conocido por su salvajismo, le cercenó la cabeza de un machetazo.
Dado que aquella noche se celebraba un baile en Mao, la cabeza le fue entregada, como un trofeo, a Trujillo, quien se mostró disgustado y ordenó que la juntaran a su cuerpo, lo cual nunca se hizo y buscaron otra.
En 1965, ya muerto Trujillo, Rufino Martínez escribiría: “Todos estaban convencidos de que Arias, olvidados de las promesas que hizo el Dictador, si pisaba la tierra de Santiago o de Mao, lo asesinarían. El pueblo lo sabía y también Arias ya entregado a sus cultivos de tabaco, lo cual ponía en impaciencia la dictadura. Triunfó el crimen y fracasó el pueblo.
Dentro del capitolio se desató la alegría del festín. Afuera desfilaba el pueblo cabizbajo y lloroso al contemplar el cadáver mutilado de un hombre trabajador y honesto, mientras se escuchaba la voz irónica y fatídica de Jacinto B. Peynado Secretario de Interior y Policía: “Es un día de júbilo. Viva el Presidente Trujillo”.
Este testimonio de Rufino Martínez es importante ya que él lo escribió en agosto de 1931, a los dos meses de muerto Desiderio Arias y solo lo pudo publicar 34 años después.
En aquella acción de asesinato, nos dice J. Agustín Concepción que por los cerros de Gurabo unos 500 hombres, valientes y leales, apoyaban a Desiderio, entre quienes se encontraban Victoriano Almánzar, Francisco Morillo, Salomón Haddad y Máximo Ares García.
Desiderio les dijo: “Salgan como puedan, estamos perdidos”. Cuentan que mientras se dirigían a los ranchos de tabaco, cuando estaban llegando, comenzaron a escuchar los ladridos de una perra, lo cual atrajo la atención de los militares. Tatis Moción estaba encaramado en una mata de limones agrios y oyó decir a sus perseguidores: “Corran que aquí están los gavilleros”.
Desiderio Arias salió corriendo y al brincar la empalizada le dieron un balazo. Herido ya, mencionó a su esposa y haló su revólver y disparó varios tiros. A los 15 minutos llegó Salomón Haddad con 400 hombres y estuvo peleando por varias horas contra los guardias de Trujillo.
Ludovino Fernández además de ordenar contarle la cabeza a Desiderio, se le llevó una bolsa con $2,500 pesos que cargaba un hombre de bozos grandes los que apoyaban a Desiderio y también lo mandó a matar. Todo esto viene en el libro de Bernardo Vega: “Desiderio Arias y Trujillo se escriben».
Así fue caminando la dictadura de Trujillo y aunque hoy no se mata por esos motivos, pero sí se hace la vida imposible a los contrarios. Otros partidos los apoyan y recogen y no porque piensen o actúen de la misma forma, sino para recoger más.
JPM

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