Una guerra irresponsable
Por JOSE ALEJANDRO MONTESINO
La historia demuestra que las grandes guerras rara vez comienzan pensando en sus consecuencias. Empiezan con decisiones precipitadas, cálculos geopolíticos y demostraciones de fuerza que, con frecuencia, ignoran el sufrimiento que terminarán causando a millones de personas que no tienen ninguna responsabilidad en los conflictos.
La reciente ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán representa precisamente ese tipo de decisión peligrosa. Más que una acción defensiva o un intento de estabilizar la región, lo que el mundo presencia es un nuevo episodio de confrontación militar en el Medio Oriente que amenaza con incendiar una de las zonas más sensibles del planeta.
Las potencias que poseen mayor capacidad militar parecen olvidar que en el siglo XXI ninguna guerra queda confinada al territorio donde comienza. En un mundo globalizado, las consecuencias económicas, sociales y políticas se expanden con rapidez hacia todos los continentes.
El problema fundamental es que las guerras modernas ya no se limitan al campo de batalla. Sus efectos golpean directamente a la economía mundial: el petróleo, el comercio, el transporte y los mercados financieros reaccionan de inmediato ante cualquier escalada militar.
Cuando las tensiones crecen en el Golfo Pérsico —una de las regiones energéticas más importantes del planeta— el precio del petróleo se dispara, generando una cadena de aumentos que termina afectando a millones de personas en países que nada tienen que ver con el conflicto.
Los países pequeños y dependientes, como la República Dominicana, suelen ser los más perjudicados por estas crisis internacionales. Nuestro país importa gran parte del combustible que consume, lo que significa que cualquier aumento en el precio del petróleo se traduce inevitablemente en gasolina más cara, transporte más costoso y alimentos más difíciles de pagar.
En otras palabras, una decisión militar tomada a miles de kilómetros puede terminar golpeando directamente el bolsillo de una familia dominicana.
Pero el impacto no se limita al combustible. El turismo, uno de los pilares de nuestra economía, también puede verse afectado. Cuando el mundo entra en una etapa de tensión geopolítica, los viajes internacionales se reducen, las aerolíneas aumentan los precios y los flujos turísticos disminuyen. Para una economía como la dominicana, esto puede significar menos ingresos, menos empleos y mayor presión social.
Lo más preocupante es que las grandes potencias parecen actuar con una peligrosa mezcla de arrogancia y cálculo estratégico, como si el planeta fuese un tablero de ajedrez donde cada movimiento se mide únicamente en términos de poder militar. Sin embargo, la historia demuestra que los conflictos en el Medio Oriente rara vez terminan como se planifican.
Las guerras se expanden, se prolongan y generan consecuencias imprevistas.
Lo que comienza como una operación militar limitada puede transformarse rápidamente en un conflicto regional o incluso en una confrontación de mayor escala si otros actores internacionales se ven arrastrados a la disputa.
En ese escenario, el mundo podría enfrentarse a una crisis económica global similar o incluso más severa que las experimentadas en las últimas décadas.
La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿vale la pena poner en riesgo la estabilidad mundial para imponer estrategias de poder en una región ya marcada por décadas de conflictos?
La humanidad debería haber aprendido una lección básica después de tantas guerras: la fuerza militar rara vez resuelve los problemas políticos que la originan.
La diplomacia, el diálogo y el respeto al derecho internacional son los únicos caminos capaces de evitar que los conflictos regionales se conviertan en tragedias globales.
Si las grandes potencias continúan privilegiando la confrontación sobre la negociación, el resultado será un mundo cada vez más inestable, más peligroso y más injusto.
Y como suele ocurrir en la historia, quienes pagarán el precio más alto no serán los poderosos que toman las decisiones, sino los pueblos del mundo que sufrirán sus consecuencias.
En tiempos como estos, la paz no es solo un ideal moral.
Es una necesidad urgente para la supervivencia económica y social del planeta.
jpm-am

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