El desmantelamiento de una banda delincuencial encabezada por un joven con herramientas para proporcionarse una vida acomodada sin la necesidad de convertirse en un asaltante, deja abiertas interrogantes sobre las que debemos reflexionar.
Cuando buscamos explicación a fenómenos como el de Mara Salvatrucha y Barrio 18, en Centroamérica, pensamos de inmediato en la falta de oportunidad y en las culpas de sociedades que tienen a miles de sus jóvenes sin oportunidades para estudiar y trabajar, que es básicamente la procedencia de la mayoría de los jóvenes que elevan los índices de inseguridad en la región.
Pero John Percival Matos no provino de las filas de los ninis, hijo de un general retirado y de una madre con residencia estadounidense, militar y piloto, con manejo de otro idioma, preparado para percibir ingresos que les permitieran una vida llevadera, y con condiciones y relaciones para emprender.
¿Qué lo convirtió en el delincuente más buscado y lo ha conducido a la tumba en la flor de su juventud?
Algo que está afectando a muchos jóvenes de clase media: un ambicioso desborde en las expectativas de vida, en una etapa en la que el trabajo pierde valor y el beneficio de las riquezas que genera la humanidad privilegia cada vez más al capital y al talento, no tanto así al capital humano.
Amén de que un trabajo de clase media hoy no proporciona ingresos para una vida de clase media, el enfoque no está en reproducirse como personas de ese segmento, sino que aspiran a capacidad de consumo de supermillonarios, pero sin esperar que con el paso del tiempo y la dedicación a cualquier tarea la vida les premie, sino inmediato.
Se sabe también que la misma asesina del padre Canales, relatada por César Nicolás Penson, la justicia dominicana, tiene responsabilidad en los asaltos y asesinatos del grupo de Percival Matos y en la propia muerte de éste, porque de haber estado cumpliendo pena y rehabilitándose después del primer delito cometido: el robo de un avión, nada de lo otro hubiese ocurrido.
Al fatídico resultado también confluye un evidente trastorno de la personalidad afectiva, alguna suerte de psicopatía que insensibiliza frente al dolor del prójimo y con tal de satisfacer un propósito inmediato obnubila la compasión.
Lo extraño es que Percival no solo se dedicó a delinquir, sino que se ocupaba de que no hubiera confusión y que el hilo conductor de las investigaciones condujera a él, como si disfrutara tanto de la publicidad como del producto del atraco.
Experimentaba una rebeldía frente a algo o frente a alguien, que aparentemente quiso expresarla de ese modo, que no creo que fuera con la sociedad.
No se trata de un hecho aislado, que pueda atribuirse exclusivamente a malas crianzas de los padres, porque familias muy correctas las ha habido que han generado hijos con semejantes trastornos antisociales.
Esa tragedia debe convocar a la sociedad y a las familias a mirarse en ese espejo roto y a buscar formas para hacer entender a sus jóvenes, que se puede vivir bien y progresar sin pretender acumular grandes fortunas, que la escalera se sube peldaño a peldaño, que el camino rápido, el de las drogas o de otras expresiones de la criminalidad, es el de la cárcel o el cementerio.

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