Minimizar o subestimar a nuestros adversarios o contendores, sin importar el escenario de que se trate, a la postre resulta ser una actitud arriesgada y peligrosa que bien pudiera premiarnos con una amarga y dolorosa derrota o cuando menos tomarnos un cafecito a las puertas del fracaso.
Y es que, subestimar en ningún modo es prudente, porque quien lo hace necesariamente reduce su capacidad de esfuerzo, trabajo y dedicación en aras de lo que quiere o pretende obviando quizás, las coyunturas que pudieran estar favoreciéndoles, basado en su convencimiento o percepciones del momento que le otorga algunas ventajas sobre su opositor
En la actividad política, por ejemplo, que las debilidades y fallos de los contrarios se utilicen y formen parte de las estrategias de campaña para sacarle todo el provecho posible,, resulta ser algo natural y hasta conveniente si se quiere.
No obstante, ignorar o hacerse de la vista gorda ante las virtudes y fortalezas adversas, por sentirse poseedor de mejores condiciones y cualidades que las de su oponente es como creerse para sí su propio cuento, y solo entenderán su realidad quizás, cuando en los próximos comicios le pasen el rolo.
JPM/of-am

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