Cuando la Marcha Verde ascendía en el escenario político del país y sus convocatorias mortificaban y causaban descomposturas fisiológicas a los enquistados en el poder, le expresé a Luis Pérez Casanova que esa protesta no alcanzaría los fines propuestos porque carecía de estrategias objetivas y, por lo tanto, de un cronograma que identificara los tiempos y las acciones, sin el cual es imposible obtener los fines buscados.
Desde luego, la Marcha Verde pudo asimilar los descontentos de un país indignado por la corrupción y un permisivo narcotráfico, cuyo crescendo sin consecuencias penales desbordaba la paciencia y mellaba la decencia. Ese maridaje entre corrupción estatal y narcotráfico se podía observar diariamente a través de las riquezas adquiridas por personeros y narcotraficantes, las cuales exhibían grosera e impunemente en calles y plazas del país.
La Marcha Verde, sin lugar a dudas, fue una explosión de indignación, una fuerza aglutinadora de furias, descontentos, odios y esperanzas; un verdadero frenesí que no pasó de ahí porque sus organizadores —tal vez sorprendidos por el éxito de aquel desborde de indignación popular— no supo cómo proseguir su desarrollo y ese fue el momento en que políticos oportunistas e infiltrados gubernamentales se encargaron de penetrarla y llevarla hacia la disgregación.
Sin embargo, del recuerdo de la Marcha Verde supervive una noción de unión, de hermandad, de un gregarismo que, cuando echa raíces en el tejido social, se convierte en contagio, en eso que los sociólogos han identificado como un concepto viral, como un flujo noticioso altamente contaminante y adhesivo; y ese recuerdo es la protesta masiva, la voz coral, la voz como un ardoroso grito elevado para conducir hacia cambios históricos.
Por eso, la Marcha Verde está reivindicada hoy por una juventud que creíamos dormida y desvinculada de las penurias sociales, que creíamos asfixiada por el reggaeton, el trap, el electropop y los aires musicales urbanos, pero que estaba al acecho del momento para aflorar con un grito que ha hecho eco y repercutido como un aliento de futuro.
Sí, esos popis hijos de papi y mami y esos wawawas habitantes de la periferia, que creíamos ensimismados en sus celulares, en sus chats, en colgar sus fotos en Instagram y WhatsApp, se han levantado y unido sus voces para demandar soluciones.
Y esta vez esas demandas están sustentadas en sólidas estrategias: en vigilias permanentes, en boicots y abucheos a personeros corruptos en sitios públicos, en denuncias constantes a través de las redes sociales con mensajes alusivos a delitos y abusos, en montajes de espectáculos de protestas y en cacerolazos desde el hogar.
Pero sé que esos movimientos son sólo iniciales, ya que las demandas de esos popis y wawawas —de no ser obtenidos sus reclamos— se encaminarán hacia un fortalecimiento de su discurso, con tácticas de brazos caídos, de rechazos comerciales y, posiblemente, a la convocatoria de una huelga general.
A los popis y wawawas tenemos que apoyarlos para convertir en nuestra esa consigna que esgrimen con maravillosa pasión: #Se Van.
JPM

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