POR E. MARGARITA EVE
Durante mucho tiempo evité escribir sobre María Corina Machado y el debate en torno a un eventual Premio Nobel de la Paz. No fue indiferencia ni cálculo político. Fue una decisión consciente de esperar el momento justo, cuando los hechos hablaran con mayor claridad que las opiniones. Hoy, ese momento ha llegado y el silencio ya no es una opción responsable.
Con los años y desde mi camino como defensora de los derechos humanos, he aprendido a valorar y respetar todas las corrientes filosóficas y religiosas. Esa experiencia me ha enseñado que pensar distinto no debe ser motivo de confrontación. Por ello, así como respeto las ideas de los demás, también pido que se respete mi punto de vista.
La supuesta captura de Nicolás Maduro, más allá de su confirmación jurídica o política, se convirtió en un hecho de enorme peso simbólico. Para millones de venezolanos representa la ruptura de una impunidad prolongada. No es solo un episodio coyuntural, sino un quiebre emocional en una sociedad marcada por el abuso sistemático del poder.

En ese escenario emerge con mayor fuerza la figura de María Corina Machado. Una dirigente que durante años fue marginada, atacada y descalificada por sostener una postura firme frente al autoritarismo. Se le llamó radical, extremista e incluso terrorista. La historia demuestra que estas etiquetas suelen preceder a los reconocimientos.
La historia universal ofrece ejemplos elocuentes de esta distorsión. Nelson Mandela fue catalogado como terrorista antes de convertirse en símbolo mundial de reconciliación y paz. El tiempo, casi siempre, termina corrigiendo los juicios que el poder impone cuando se siente amenazado.
El debate sobre el eventual Premio Nobel de la Paz ha generado incomodidad en distintos sectores. Resulta paradójico que quienes normalizaron la violencia del poder cuestionen hoy a quien la enfrentó desde la resistencia cívica. La paz no es silencio impuesto ni resignación forzada. La paz auténtica exige justicia, verdad y responsabilidad.
Incluso la sabiduría bíblica reconoce que la historia no avanza siempre desde la calma. Eclesiastés lo expresa con claridad al afirmar: “Hay tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz” (Ecl. 3:8). No como apología del conflicto, sino como constatación de que hay momentos en los que evitarlo también implica una responsabilidad moral.
Soy una mujer de paz y siempre la promoveré como principio y como horizonte. Creo profundamente en el diálogo, la convivencia y la dignidad humana como bases de toda sociedad justa, pero también tengo claro que existen momentos en los que la paz debe ser defendida, porque renunciar a hacerlo equivale a ceder ante la injusticia y la opresión.
María Corina Machado no encaja en el molde cómodo del pacifismo retórico. Su discurso ha sido firme porque la realidad venezolana no admitía ambigüedades. No se dialoga en igualdad con quien persigue, encarcela y reprime. A veces, para preservar la paz, es necesario confrontar al poder con determinación y ética.
Quienes la acusan de promover el caos omiten deliberadamente el origen del colapso venezolano. El país no se derrumbó por la disidencia, sino por un modelo autoritario y corrupto. Resistir ese modelo fue criminalizado. La narrativa oficial buscó convertir la conciencia crítica en delito.
El Apocalipsis no se detiene en los tiempos humanos, sino en el sentido último de la justicia. “Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón” (Ap. 12:7–9). El conflicto aparece allí como consecuencia inevitable del enfrentamiento entre el bien y el mal, no como una elección caprichosa.
Por eso este momento merecía ser esperado. No para exaltar nombres, sino para comprender procesos. La paz no llega sola ni es gratuita. A lo largo de la historia, muchas veces ha sido necesario defenderla, aun cuando el precio haya sido la incomprensión, la crítica o la estigmatización.

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