CONCEPCIÓN DE LA VEGA REAL.- Mientras viajo en el país, conozco de la grandeza de la República Dominicana. Gallarda, enhiesta a pesar de sus hojarascas secas que al pisarlas crujen como el chicharrón mejor elaborado de la Villa Mella otrora.
En República Dominicana, en quietud divina de égloga y ensueño, una ciudad, El Santo Cerro, La Vega Antigua, llamada asi por que fue la capital de la religiosidad de toda la República durante el largo periodo español llamado dominación española. Merced a un terremoto iconoclasta, es ahora relicario de ruinas, osario de templos y conventos. Todo suavizado y vespertino de leyendas inéditas.
Un recuerdo enclavado en el centro del país presta amparo enorme a la que duerme hechizada a sus pies. Allí las almas se diluyen en azul, como el cielo, y la tradición colma de margaritas el pecho venerable. Arboles prisioneros asoman curiosidad murmurante sobre altos muros. Un despedazado esplendor, que fulgiera más alto que el pico Turquino y el pico Duarte, yace entre evocaciones piadosas. Todo el firmamento se entra por una cúpula hendida; por los claustros vacios y las naves desamparadas pisan calladamente la luna, como una monja solitaria. Y entre embrujo de inmensa poesía recojo, como el dueño de los pinceles de Juan de Segovia.
Amo el deshabitado monasterio,
en donde no se escucha más ruido
que el del agua, que corre en el misterio
del huerto, entre cipreses escondido.
Amo la angustia de las desoladas
celdas y de las lóbregas capillas;
la vejez de las tapias, exornadas
por el amor de azules campanillas.
En las amables tardes otoñales,
llenas del suave olor de los rosales,
entre la paz que baja de los cielos,
pienso que son mis versos solamente
un tranquilo rumor de agua corriente
sobre el lecho de vedes terciopelos.
El doctor Marcos Antonio Ramos al leer las hebras de mi corazón me escribió estas sensibles palabras que las atesoro en lo más profundo de mi fortaleza y las comparto con ustedes: «Daniel Efrain Raimundo es un escritor emotivo. Siente lo que vive y vive lo que siente. Su pluma hace estremecer a cualquier corazón y también hace que nuestras lágrimas broten.
La emoción es sincera y la técnica, frescura y plenitud perfecta. El Santo Cerro es un estado de alma del poeta y escritor, que se impregna de temblor de ángelus, y de dulces vuelos de campana. Lo he visto llorar como a un niño ante el drama humano. Creo que su hijo Marconi tiene el ADN de su padre con esos sentimientos tan grandes.»
»Encontramos la misma compenetración de las cosas convertidas en manantial interior, dentro de un panismo que absorbe la naturaleza para devolverla en poesía, en asimilación sanguínea, en sustancia propia; la encontramos, decimos, en las magnificas estrofas de Daniel Efrain Raimundo, en las que, de regreso de los claustros coloniales, se empapa de fulgurantes visiones tropicales.
Su actitud ante los paisajes estupendos no es perenne exaltación, como en Chocano, por ejemplo, sino de serenidad, llena de afectuosa comprensión, que acaso estén anunciando en él un futuro Amado Nervo o más bien un Francis James.»
»Daniel Efraín Raimundo es un amante de soledades profundas. Es un hombre con un saco de sentimientos encima. Desdeña exterioridad de selvas y cascadas, crepúsculos violentos y ríos escandalosos, para anotar la sencilla humildad de los seres y de las cosas corrientes, que le dejan temblor de paz en el alma.
Por tal sendero campesino va lento desfile de burritos pardos; de los burritos que son tan suaves por tanto sufrir, y tan amados porque uno de ellos llevó en sus lomos a Jesús, cuando palmas ingenuas estremecían salutaciones en Jerusalén. Por eso ha escrito inspirado en un misionero llamado Alfonso Guevara:
Los burritos suben la montaña
trabajosamente por sendas agrestes…
La mansa alegría matinal los baña
de invisibles rocíos celestes.
Son fuertes y dulces. Sus graves pupilas
saben del prodigio de sacras leyendas,
porque con pisadas lentas y tranquilas
cruzaron la arena de bíblicas sendas.
Ellos desconocen el mal y la vana
inquietud que agosta las almas inciertas:
viven su existencia matinal, hermana
de las vidas claras cual sendas abiertas;
Porque está el sentido de su mundo intenso
en la humildades del monte y del río,
en la cuotidiana virtud de su pienso
y el abrigo que da el caserío.
Bajo la mañana, los burritos mansos
van llevando a cuesta su carga florida,
mientras en sus ojos, lucidos remansos,
tiene claridades inmensas la vida.
«Por último mi amado hermano, poeta de tan ilustres lises mentales, vive en ese bostezo provinciano y te salvas a sí mismo, te desase del ambiente, te libera, merced a una enérgica voluntad de vivir, de ser tú mismo, de levantar tu columna por sobre las cosas que te rodean. Lo mismo que Rigoberto Bienvenido Nouel, lo mismo Hilarión Cabrisas, lo mismo que José Jacinto Milanés, lo mismo que Luis Mario.
Solo porque tus fuentes son tan abundantes y preclaras, no las ha extinguido el borriquerismo en que vives. Las musas agradecidas estarán y te premiarán con dádiva de sonrisa todo lo que has hecho a favor de la expansión de la cultura, porque eres uno de los predilectos de Apolo, autor de Las trompetas de Jericó. Sigo creyendo con certeza que eres un pastor de almas.»
Tony Ramos
El Guajiro de Colón, Matanzas.
jpm