Obligatoriedad de un pacto entre PRM y PLD (OPINION)

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El autor es escritor. Reside en Nueva York

El asunto surgió a la luz de las elecciones del año 2020, por lo menos para mí que  seis años después, les escribo desde una ciudad cubierta por un manto blanco que solo deja espacio para la reflexión, junto al acompañante ideal, el apreciado tinto de mi greca, tostado al estilo “habanero expreso”, Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso; como debe ser.

Nueva York, vestida de novia por obra y gracia de una “dichosa” tormenta invernal -que espero sea la última de la temporada- invita a una visita al confesionario, que debe ser de manera pública. De seguro, a los beneficiarios de la sentencia que del sacramento se desprende, les va a resultar un tanto indeseado -aunque ineludible- aceptar sus términos.

Pero será solo al principio, porque una vez las partes conozcan y entiendan los hechos y sus consecuencias, el sentido común se va a imponer; claro, si es cierto que son políticos de profesión.

Amigo lector, le estoy hablando de la obligatoriedad de un pacto político-electoral entre el partido de gobierno, el PRM y el partido de oposición, el PLD. Aunque los dos se van a oponer inicialmente -por aquello del fanatismo de sus militantes y dirigentes- se puede asegurar que ambas agrupaciones tienen motivos más que suficientes para analizar y tratar de implementar la propuesta.

¿Por qué los dos partidos deben pactar?

Porque tienen un enemigo común, que es Leonel Fernández y si su partido gana las elecciones en el 2028, el PLD estará a un paso de desaparecer, debido a que los peledeístas -en buena cantidad- se moverán a la Fuerza del Pueblo, donde militan sus antiguos camaradas; y por su parte, el PRM sería desalojado del poder.

El posicionamiento actual del PLD le augura un modesto tercer lugar y aunque es muy temprano para definirlo, no se ve con claridad un candidato que pueda vencer a la FP y menos aún al PRM que, aun y cuando pasa por un momento un tanto incierto, es el partido de gobierno. Esto significa que si el partido moderno se mantiene cerca del 40% en la intención de voto -como muestran las encuestas- desde el Estado sí puede agregar ese 10% o 12% para ganar en primera vuelta.

Si no lo logra, todavía puede compactar una alianza ganadora en el balotaje, pues  tiene de su parte mayores recursos de negociación. Pero cuidado, la apuesta debe ser “ganar en primera vuelta desde el principio”, porque el efecto emocional del votante en momentos de indefinición tiende a manifestarse contra el gobierno de turno.

¿Qué alcance tendría este pacto?

La propuesta sería tentadora para el PLD -sobre todo- si se pacta públicamente  en el orden congresual y municipal en unas 20 provincias y en 60 municipios por lo menos. Se trata de que los morados aseguren -con este acuerdo- sobre 15 diputados, 5 senadores, 25 alcaldías, y no imagino cuantos regidores, con el respaldo del PRM, que a su vez recibiría el apoyo del PLD en igual número de provincias y municipios.

El soporte de candidaturas de otros partidos de forma “no pública” es una práctica ampliamente conocida y dominada a la perfección por las tres organizaciones mayoritarias. Los partidos saben como hacerlo; solo hay que pensar en la forma que ganó Omar Fernández la senaduría del Distrito Nacional con los votos del PRM. De modo que no hay que hablar y mucho menos escribir sobre el asunto.

¿Qué gana el pueblo dominicano con esta alianza?

El aspecto mas relevante y conveniente para los dominicanos es que desmitifica la falsa creencia de que un partido es bueno -si es el mío- y muy malo si es el tuyo. Esto nos ayudaría a entender que no hay diferencia sustancial entre los partidos del sistema, ni a la luz del discurso de campaña, ni en su accionar cuando llegan a manejar el Gobierno.

Cuando en una comunidad se presenta un candidato con el apoyo de partidos que se entiende son contrarios, el nivel de confrontación baja de inmediato, porque la gente lo percibe como un amigo de todos; y en consecuencia su ejercicio político en el cargo fortalece la imagen de que “el Gobierno es para todos”, no como antes, “que era solo para los de mi partido”.

Los ciudadanos que resultan elegidos representan a todos los votantes, incluidos los que no votaron por ellos, porque ese es el espíritu de la democracia: “gobernar para el pueblo, no para un grupo”.

Este ejercicio de pluralidad hay que verlo en el contexto de la práctica política operante y en lo que parece ser la tendencia que en cada elección va imponiendo el votante común. Hoy día, el abstencionismo sostenido es la prueba inequívoca de que el ciudadano no está conforme con el sistema partidario actual. Cada vez el número de ausentes en las urnas es mayor. Y por ello los gobiernos resultantes serán de minorías.

La edad de los gobernantes en el mundo actual

La tendencia es hacia la gerontocracia, o sea, ser gobernados por ancianos. Solo en cincuenta años, la edad promedio de los gobernantes del mundo se elevó a casi una década -de 53 años en 1960 a 62 años en 2010- y se mantiene subiendo.

Pero con ello también han aumentado las grandes preocupaciones del mundo: cambio climático, agresión al medio ambiente, posible guerra nuclear, inseguridad alimentaria, reparto del mundo por parte de la potencias, desigualdad y pobreza; y además, una serie de daños colaterales que se desprenden de estas dificultades.

Solo como punto de referencia noten esta realidad: Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping, Lula Da Silva, Friedrich Merz, Narendra Modi, Prabowo Subianto, Bola Tinubu, Mohammed Shahabuddin, Asif Ali Zardari, Taye Atske Selassie y Abdel Fattah el-Sisi, son un grupito de viejos que no llegan a 15, con más de 70 años de edad c/u, gobiernan un puñado de países de los más ricos y de los más pobres del mundo, no alcanzan el 8% de las Naciones Unidas y tienen el 60% de la población del globo terráqueo.

Con ese panorama, ¿Ud. cree que tiene sentido ser gobernados por viejos?

Daniel Stockemer, profesor de Ciencias Políticas en Ottawa University nos grafica el problema: “la edad media de los líderes duplica la de la población mundial y ello evidencia un desfase estructural entre gobernantes y gobernados”.

En realidad esto no nos dice que los gobernantes ancianos traen más problemas y dificultades a la gente, pero sí sugiere que el papel ideal de nosotros -los que ya hemos acumulado siete décadas- no es estar al mando del Poder Ejecutivo sino al  lado, asesorando a los cincuentones que deben ser los que gobiernen.

Yo sé que este razonamiento no tiene el rigor científico que mi generación siempre demandó. Los babyboomers nacimos, crecimos y moriremos exigiendo que nos rindan cuentas; y ese papel no lo vamos a abandonar porque estemos cerca de la tumba sino, por el contrario, “encaminar y empoderar a la juventud es la única labor honrosa que podemos concebir, para despedirnos de la vida con dignidad”.

Para pausar esta conversación, solo quiero llamar la atención sobre el escenario nacional, que fue mi punto de entrada al tema. La motivación inicial de mi postura es sin duda un asunto de simple conveniencia política partidaria, aun y cuando yo no milito orgánicamente desde hace más de 20 años en partido alguno.

Pero fíjese usted amigo lector, como las piezas van encajando en este laberinto y empujándonos a conclusiones que de plantearlas inicialmente, hubieran resultado contaminantes. Si Luis Abinader apenas se acerca a los sesenta años, su sucesor debe ser alguien de su misma generación, la Generación X, no importa de cual de los tres partidos mayoritarios sea.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

jpm-am
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