Ramoncito Suárez vive en Orlando. Es uno de mis grandes amigos. Estuvo en la Marina de los Estados Unidos y creo, también, que impartió clases de historia por allá. Pero lo que nunca podrá olvidar fue el día en que me lanzó el S.O.S:
–Salomón Sanz explota a los jockeys del Hipódromo Perla Antillana y ellos quieren formar un sindicato.
¡Otra gran oportunidad para enfrentar a los enemigos de la clase trabajadora! A los golpeados. A los ofendidos. Y humillados.
Me añadió que su hermano, “Chiquitín”, uno de los jockeys, era el más decidido a dar el paso al frente.
De modo, que llamamos de inmediato a los jockeys, jovencitos de entre diez y siete y veinte y dos años y, al encontrarnos, me explicaron que les pagaban sumas irrisorias por las carreras, no tenían seguro médico y, en sentido general, estaban desamparados.
Se mostraron firmes. Aguerridos. Y determinados a “poner en su puesto al dictador Salomón Sanz”. No le permitirían más abusos. Más golpeos. Ni desconsideraciones.
E hicimos la convocatoria para un día de esa semana, a fin de darle forma al sindicato.
Llegado el día de gloria los jovencitos, que hacían el deleite de los fanáticos al montar sus briosos caballos, lucían alegres, relucientes y llenos de entusiasmo.
Ya me había asegurado la presencia de un representante de la Secretaría de Trabajo. Y comencé a explicar los pasos que seguiríamos.
Todo era aprobación y aplausos hasta que, de repente, se hizo un silencio sepulcral.
E hizo su entrada, de la manera más inesperada, el odiado jefe administrativo del hipódromo: Salomón Sanz. El esbirro trujillista. El que había jugado polo con Ramfis Trujillo. La ley, batuta y constitución del Hipódromo.
Y, al acercarse, me señaló preguntándome:
–¿Y usted quién es? ¿Qué hace aquí?
Creo que tartamudeé al responder, con una vocecita aguda, disminuida y pobre:
–Estamos… formando un sindicato…
Ramoncito Suárez no se atrevió a decir nada.
Y en el silencio, que se podía cortar con un cuchillo, volvió a predominar la voz del señor Sanz:
–Aquí sólo mando yo. Y no hay sindicato. Ni lo habrá mientras yo esté aquí.
En ese momento, a despecho de su arrogancia, saqué fuerzas para refutarle de esta manera:
–Usted no manda por ellos. Si quieren formar un sindicato nadie podrá oponerse.
–Pregúntele a ellos –me dijo–. Y verá que ninguno está con usted.
“¡Ajá”, pensé´, “este amigo ha caído en su propia trampa”. Y, del modo más enérgico, grité:
–¡Levanten la mano los que quieren el sindicato!
Y…¿qué creen ustedes que pasó?
¡Ninguno levantó la mano!
Unos bajaron la cabeza. Otros miraron hacia arriba. Y la mayoría se cubrió la cara de la vergüenza.
Salí, con Ramoncito Suárez, derrotado. Humillado. Vencido.
Y el domingo siguiente los jockeys a los que le correspondía, se montaron en sus respectivos caballos con más fe. Con más entusiasmo. Con más amor.
Creo que ese mismo domingo me consolé en “El Satélite”, viendo “El jinete sin cabeza”, con Luís Aguilar.
Créanme todo esto que les cuento.
Yo estaba allí
(Relato inédito del libro “Antesala del infierno: yo estaba allí”, a salir próximamente).
JPM

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