Los dominicanos en el mundo
En el 1978, cuando estudiaba en la Universidad de la Florida, en Gainesville, un grupo de amigos hicimos un viaje en carro hasta New Orleans. En la noche fuimos a un restaurante francés y resultó que el maestre era nada menos que un dominicano. Conversamos más de lo que comimos ya que la historia de este hombre es para escribir un libro. Un día después, mientras navegábamos por el Río Misisipi, un señor que supervisaba la cubierta se nos acercó y nos preguntó ¿ustedes son dominicanos? Efectivamente, otro compatriota que preguntaba de todo sobre el país ya que tenía como cinco años ausente. En el 1977, de visita en Roma para una reunión en la FAO, nos encontrábamos conversando en el gran comedor del edificio con gente de diferentes países. Se me acercó una señora que limpiaba las mesas y me preguntó si era dominicano. De nuevo, otra compatriota que tenía diez años en Italia. Pero ahí no termina todo. También me encontré con traductores y técnicos dominicanos que trabajaban en la FAO. En unas de esas visitas a Roma, me fui a Venecia y específicamente a una de sus islas llamada Murano, que fabrica los famosos adornos de cristal. Gran sorpresa, porque en el muelle había un pintoresco personaje que ayudaba al anclaje de los botes y a la salida y entrada de los pasajeros, que resultó ser dominicano. El tipo se volvió loco de alegría y nos contó que tenía 15 años en Italia. Hablaba cuatro idiomas perfectamente. En Madrid, comprando en el Corte Inglés, me encontré con una joven que trabajaba en el área de perfumería, hija de una vieja amiga. La reconocimos de inmediato y a través de ella a otros cuatro empleados dominicanos en los alrededores de la tienda. Los descuentos no se hicieron esperar. En un almacén de ropa en Buenos Aires, un empleado dominicano había adquirido la habilidad de comunicarse en porteño. Cuando nos escuchó hablar preguntó ¿ustedes son dominicanos? Nos saludó con un grito cambiando el tono de voz en un santiamén. Eso fue genial. En una corta visita a Los Ángeles, California, mientras me trasladaba a Taiwán, invitado por el gobierno de ese país, visitábamos los alrededores del Teatro Chino. ¿Adivinen quién estaba en la boletaría? Obviamente un compatriota de El Seybo que dijo “ustedes son dominicanos” y ahí comenzaron los abrazos. En Alemania, en visita oficial, un asesor internacional que trabajaba en la GTZ, colaborando con el sector agrícola del país en los años 70, me invitó a cenar a su casa. Sorpresa. Su esposa era dominicana y tenía tres bellos hijos trigueños que hablaban alemán sin acento. En Chile, a principios de los 70, mientras estudiaba en el CIENES, me encontré con muchos dominicanos, desde el Capitán Constitucionalista Mario Peña Taveras hasta el amigo Juan Andrés Blanco, asesinado por la dictadura de Pinochet. En El Salvador y Nicaragua, trabajando con el BID, conocí a varios dominicanos, uno de ellos ex guerrillero del FMLN. Otra historia increíble que me reservo. En Holanda, mi encuentro con algunos dominicanos estuvo matizado por la tristeza. No hablamos de Nueva York, Boston o Miami. Tampoco de Venezuela, Panamá y Puerto Rico. Ahí todo huele a dominicano. Gracias a ellos y sus remesas este país sobrevive. Gracias a ellos nos conocen un poco alrededor del mundo. Gracias a ellos tenemos una mano amiga en los rincones más apartados del globo. Porque un encuentro con dominicanos en el exterior es una experiencia inolvidable, donde intimidas y conoces historias jamás contadas, aunque a veces son un poco tristes.

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