Lo grandioso de Toronto
Visitar Ontario y, particularmente, Toronto siempre constituye una experiencia grata. Y no es por su importancia como gran ciudad cosmopolita, tampoco por sus calles amplias y limpias, ni siquiera por su famosa Torre CN, con su restaurante giratorio como corona, ni por sus impresionantes rascacielos en todo el centro de la ciudad, tampoco por el gran acuario al lado de la Torre CN, ni por la posibilidad de disfrutar de un partido de beisbol de los Azulejos de Toronto en la misma área.
El deseo de regresar a Toronto no lo da recordar su gran parque zoológico, ni sus múltiples museos ni aun la posibilidad de visitar las Cataratas del Niágara, el encanto de Toronto lo da el trato amable de sus habitantes. No importa que el visitante no hable inglés, ante una solicitud de ayuda todo el que escucha quiere colaborar auxiliándose del francés, o del poco español que hablen, o aún de señas o del lenguaje mímico.
Toronto es la ciudad de la amabilidad. Nadie lo piensa dos veces si para dar una indicación con precisión se hace necesario caminar una cuadra. Y lo más importante es que lo hacen con agrado y sin buscar ningún tipo de gratificación. No se ve allí caras malhumoradas ni trato vejatorio en el aeropuerto. Todo habitante de Toronto parece empeñado en que los visitantes se marchen con deseos de regresar.
Caminar por horas las calles de Toronto no produce cansancio sino agrado. La gente camina sosegada, jamás como los hormigueros humanos que se observan en Nueva York en la calle 42, la 8va Avenida y toda esa área, tampoco con la prisa con que se desplazan los transeúntes en la ciudad de México. Toronto se presta a la contemplación.

Su ubicación a lo largo de la orilla noroeste del lago Ontario la favorece, tanto por los hermosos atardeceres, como por la agradable humedad durante el verano que hace más tolerable el calor. Esto seguramente también contribuye al verdor intenso de sus muchas áreas verdes, sobre todo en el gigantesco óvalo que va de Queen’s Park hasta el High Park de 400 acres de extensión.
No le resto méritos a la belleza de otras ciudades, como Montreal, que por ser mucho más pequeña puede recorrerse caminando en un solo día y que en algunas áreas, como en la Calle de los artistas tiene un aspecto más pueblerino y coloquial. Sin embargo, la gente es menos amistosa que en Montreal y con menos interés en comprender a quien no habla francés.
Y en cuanto a los precios, que no deja de ser importante, así como se afirma que en Nueva York hay precios para todos los bolsillos, no puede decirse lo mismo de Washington. Y en cuanto a Toronto, digamos que es menos cara que Washington, pero menos que Nueva York.
Y una cosa curiosa, en el pueblo de las Cataratas del Niágara los hoteles y todo resulta más económicos que en Toronto. Y ver el atardecer o las Cataratas del Niágara iluminadas desde lo alto de una habitación de hotel después de las 9 de la noche es un espectáculo que no tiene precio.
A lo que aun no me animo ni recomiendo es visitar a Toronto en invierno. Pero como para todo hay gusto, si usted desea hacerlo le deseo grato frío y buen provecho.
JPM

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