Liberación inconclusa: la deuda social de la patria

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El AUTOR es abogado y político. Reside en Santo Domingo.

Cada 27 de febrero, República Dominicana se mira en el espejo de su origen y celebra la proclamación de su Independencia. Se honra la memoria de Duarte, Sánchez y Mella, y se exalta el valor de todos aquellos patriotas que ofrecieron sus vidas soñando con una Nación libre.

Pero el objetivo y la intención de ellos, no tan solo se limitaba a la separación de Haití, sino además, liberarnos de tantas dificultades, de tanto maltrato, de tanta injusticia, de tantas dificultades económicas y precariedades que padecen los pobres.

Esta conmemoración debe conducirnos a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿hemos alcanzado la verdadera libertad que ellos añoraron, o seguimos arrastrando formas nuevas de dependencia que limitan la dignidad de nuestro pueblo?

La independencia política fue un acto heroico que abrió el camino de nuestra soberanía, pero no agotó el sentido intrínseco e integral de la liberación nacional.

La realidad que vivimos revela una tensión persistente entre ese ideal fundacional y las condiciones de vida de amplios sectores de la población.

La precariedad económica, la desigualdad, la falta de oportunidades, la vulnerabilidad de los más pobres y la sensación de abandono institucional constituyen formas silenciosas de opresión que cuestionan el alcance real de nuestra independencia.

Cuando el acceso a derechos básicos depende del nivel de ingresos o del lugar que se ocupa en la estructura social, la libertad se vuelve parcial, fragmentada, incompleta.

No se trata de negar los avances alcanzados ni de desconocer los esfuerzos colectivos que han impulsado el desarrollo nacional. Se trata, más bien, de reconocer que la independencia no es un hecho terminado, sino un proceso histórico que exige renovación permanente.

Una Nación no es plenamente libre cuando una parte de su pueblo vive en condiciones que limitan su capacidad de elegir, de prosperar y de vivir con dignidad. La soberanía política sin justicia social es una libertad formal que no logra encarnar plenamente en la vida cotidiana.

La memoria patriótica pierde profundidad cuando se limita a la exaltación simbólica y no se traduce en compromiso con la transformación social. Honrar el legado de los fundadores implica asumir la responsabilidad de continuar su obra en las circunstancias que nos depara el presente.

Significa comprender que la Patria no solo se defiende en los momentos extraordinarios de la historia, sino también en la lucha diaria por reducir la desigualdad, por garantizar oportunidades reales y por proteger la dignidad de quienes más lo necesitan.

Tarea pendiente

La liberación inconclusa de la que hoy hablamos no es un fracaso definitivo, sino una tarea pendiente. Es el recordatorio de que la independencia no debe ser únicamente celebrada, sino también profundizada.

Que el patriotismo auténtico no consiste en repetir consignas, sino en trabajar por una sociedad más justa. Que la verdadera liberación se mide por la capacidad de un país para ofrecer a todos sus ciudadanos las condiciones necesarias para vivir con dignidad.

En este aniversario de nuestra gesta patria, la pregunta fundamental no es solo qué ocurrió en el pasado, sino qué estamos dispuestos a construir en el presente y para el futuro.

La independencia no es solo un hecho histórico, es una tarea viva. Se renueva cada vez que una comunidad se organiza, cada vez que alguien elige la honestidad sobre la ventaja fácil, cada vez que el esfuerzo cotidiano de la población vence al desaliento.

Porque la Patria que soñaron los fundadores no fue concebida como un logro inmóvil, sino como un horizonte en permanente construcción. Y mientras la justicia siga siendo una promesa para muchos, nuestra independencia seguirá siendo, en su dimensión más humana, una obra por completar.

jpm
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